Como prometí, hoy ya tengo 48 años. Puedo mentir en muchas cosas, pero justo en esa no.
Puedo hablar de viernes, cuando aún era un jovenzuelo de 47 años que iba a la lonja a jugar a juegos de mesa. Por la tarde un par de partidas al Carnival of Sins, luego una al Arquitectos del reino del Oeste (que me gusta pero se me da fatal) y cerramos con un Phoenix New Horizon. No había jugado nunca, pero es el tipo de juego que se me suele dar muy bien, lo que se acaba notando en la puntuación final.
Luego un rato de charleta rolera hasta las tantas y a casa a dormir.
El sábado, ya con un año recién cumplido, me voy un rato al gimnasio y pintxopote a mediodía, llegando a casa ya comido. Horneo la masa galletera que había dejado preparada del día anterior (quiero llevar mañana a la oficina) y tiro para Miribilla, donde Bilbao Basket me regala un partido estrepitosamente malo, con derrota incluida, como pasa cada vez que el partido coincide con mi cumpleaños. Para quitar el mal sabor de boca nos vamos de cena al San Telmo Pastificio y nos damos un paseo antes de ir a dormir, para bajar un poco la comida.
Domingo por la mañana, quedo con Ane (y nuestras respectivas parejas), para entregarle los libros del club del libro y de paso ponernos al día. Nos quedamos tomando algo cuando se marchan y a casa.
Comer, sobremesa con el Witcher 3 y por la tarde a la feria del libro de Barakaldo, de donde me traigo Apocalipsis en Bilbao, Esperanza City y un libro para mi madre, pero no voy a decir cuál por si me lee, que así se queda con la intriga de saber cuál es.
Y así ha ido la cosa.
