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jueves, 12 de junio de 2025

Calambrazos forales

Mi silla de oficina.

He de dejar claro, adelantándome al posible chiste, que no obtuve mi plaza por enchufe, que lo mío me costó. Eso no me sirve, no obstante, para evitar sufrir un pequeño inconveniente de mi oficina, que es la electricidad estática que hace que cuando voy a interactuar con el pomo metálico de la puerta me dé un calambrazo. Solo me pasa cuando llevo calzado de suela de goma, pero gran parte de mi calzado es así, de modo que había que buscar otras soluciones.

Un consejo que me dieron era tocar de vez en cuándo la torre del ordenador, que hace toma de tierra y así libero electricidad. Buena idea si no fuera porque usamos portátiles que no tienen torre. Leí también que era buena idea pisar algo metálico, pero tampoco veo nada que encaje, así que como solución cutre, hasta encontrar otra mejor (y que no implique renovar toda mi flota de zapatillas) es dar un golpecito con el nudillo al pomo, que dé un chispazo indoloro y así poder abrir tranquilamente.

Síganme para más consejos de supervivencia en la oficina.

viernes, 15 de marzo de 2024

Autor citado

Esta es la tesis.

Una de mis aficiones, ya lo sabe cualquiera que me conozca, son los juegos de rol, y dentro de estos el rol en vivo, que me hace viajar mucho por toda España, en jornadas y demás.  Aunque llevo un par de años de secano, me precio de ser un autor bastante prolífico en este estilo, y como es una afición muy de nicho, podría decir que tengo cierto nombre. Y esto no es que lo diga yo por presumir (que también), sino que lo dice la tesis doctoral "Intermedialidad y transmedialidad en los mundos narrativos de los juegos de rol en vivo" de la doctora Alba Torrebejano, por la Universidad de Granada, publicada hoy mismo, y en la que se cita a varios autores, entre los que tengo el orgullo de estar yo. 

La verdad es que, aunque no me pilla de sorpresa (Alba ya había contactado conmigo previamente) me ha hecho muchísima ilusión, ya que es un importante reconocimiento a cosas a las que he dedicado muchísimo trabajo y esfuerzo, tanto en crear como en dirigir.

Así que mis agradecimientos van en primer lugar para la propia Alba, y también, de forma necesaria, para todas aquellas personas con las que he tenido el placer de cocrear alguna partida de rol en vivo. Daría nombres, pero prefiero no hacerlo, por no dejarme a nadie fuera.

Cosas como esta revitalizan mis ganas de seguir creando partidas y de hacer cosas nuevas y originales.

lunes, 8 de mayo de 2023

Genealogarcía

Las pruebas documentales.

La señora de la foto, que data de 1940, es Carolina Velasco Sierra, madre del padre de mi padre. O sea, mi bisabuela, y está sacada en Villalmanzo (Burgos), de donde eran ella y mi abuelo paterno. Y el texto que viene detrás, obra de un primo de mi padre, y que permite trazar una cierta genealogía y remontarse un par de generaciones atrás en el tiempo (más o menos finales del S. XVIII), dice así:

Carolina 1888-1943 (57 años) 

Véase calle. Así eran las calles de Villalmanzo 1940. Piedras, barro y andar con almadreñas y casi zancos en invierno. Fachadas de adobe C/ Poniente 21.

Foto de mi abuela Carolina Velasco Sierra, hija de Adrián y Valentina, nieta de Pascual y Olalla (paternos) y maternos Santiago Sierra Francés y Gabriela Martínez Marcos. Sus bisabuelos: Pedro Sierra, Gregoria Francés, Pastor Velasco Serrano y Francisca Pajares Arauzo. Sus tatarabuelos Francisco Velasco Sierra y Josefa Serrano Ruiz, también Julián Abab y Fernanda Saiz Obregón. 

Rezo por todos ellos, que estén en el cielo. Mi abuela fue una santa, ¡te quiero!

Julio Ortega 15 de julio de 2018.

Así pues, de aquí puedo saber algo acerca de los tatarabuelos de mi bisabuela, término para el que ya no hay ni palabra (lo más que he encontrado es "tastatarabuelo", que incluiría a la quinta de Pascual, Olalla, Santiago y Gabriela, abuelos a la sazón de mi señora bisabuela.

Y ahora todos ellos tienen su pequeño espacio en este blog.

lunes, 1 de agosto de 2022

Mi primer libro

El mítico oso Pancete.

Esa portada, que si la reconoces es porque ya vas teniendo una edad, corresponde a un libro que no descarto que sea el que más veces me he leído en mi vida, pero que sin duda es el primero que tengo constancia de haber leído. Cuenta la historia de Borja, un niño de mi edad (o sea, que ahora el tal Borja sería ya un señor de cuarentaytantos), su familia, sus amigos y su inseparable oso de peluche, con quien vive imaginarias y apasionantes aventuras, pero no sigo contando más por no hacer spoiler.

No sé muy bien por qué, hoy se me ha despertado una neurona que solo era capaz de repetir "Pancete", y me ha recordado a aquel plantígrado peluchil, e indagando un poco he encontrado esto, que me ha despertado innumerables recuerdos y ha sido bastante bonito, con la regresión a la infancia que conlleva. Seguro que le pasará a más gente de mi quinta al ver esa portada. 

martes, 12 de julio de 2022

20 años licenciado

Como dijo Gardel, eso no es nada.

No recuerdo el día exacto, puede que fuera hoy, mañana o hace tres semanas. Pero el caso es que se cumplen nada menos que 20 años desde que terminara la carrera de Derecho, esa que me permitió ser abogado y posteriormente ex-abogado (de lo que en 2 semanas habrán pasado ya dos semanas).

La carrera, ya lo he comentado más de una vez por aquí, me costó. Sobre todo hasta que hacia 4º ya me la empecé a tomar un poco en serio y estudiar en condiciones (si bien no siempre iba por la vía legal), pero al ir arrastrando asignaturas me planté en 5º con nada menos que 27. Y si bien pude sacar un montón, ese año no llegué a terminar la carrera, y estuve un año con 5 asignaturas (3 y 2) a la par que estudiaba euskera.

Realmente de las 5, la única difícil era Procesal Penal, un hueso duro de roer y un profesor que se jactaba de no hacer concesiones (su frase de presentación el primer día de clase fue "si alguien repite curso por mi asignatura, no le voy a aprobar"), pero con mucho estudio la saqué adelante.

Más guerra me dio la asignatura Filosofía del Derecho, que se me atragantó terriblemente y no conseguí aprobar. Por suerte esta profesora (las leyes la tengan en un altar) fue bastante comprensiva, y cuando le dije que era el último examen que me quedaba para aprobar la carrera, y que además había suspendido por poco (creo que fue un 4) me dejó evitar septiembre haciendo un trabajo sobre El Banquete, de Platón, no demasiado exigente (un claro caso de "te apruebo por la jeta, pero cubriendo un poco las apariencias", vaya).

Sin embargo, aún quedaba un único escollo: el examen de licenciatura. No sé cómo va ahora, con el tema de los TFG y tal, pero entonces, para que el título fuera válido había que enfrentarse a un examen en el que nos podían preguntar cosas de TODA la carrera, en una suerte de selectividad postuniversitaria, con la salvedad de que aquel examen, y lo sabíamos todos, era un paripé hecho para cubrir las apariencias, y aunque nunca faltaban las leyendas urbanas de ese alumno que suspende cada año (ya tiene que ser torpe el pobre), la realidad es que si a las 13:00 entregábamos el examen, a las 19:00 ya estaban las notas puestas y, para sorpresa de Pikachu, todos con el título en la mano. 

Y luego recuerdo que nos fuimos de fiesta, nuestra última fiesta universitaria, ya como oficialmente ex-universitarios. 

martes, 15 de marzo de 2022

El Gatokupa

Agazapado y al acecho.

Una de las anécdotas más simpáticas del fin de semana en Madrid la protagoniza el felino que habitaba el apartamento en el que me alojé. 

Me habían avisado ya de que había un gato en el balcón, así que como soy alérgico, tenía que tener cuidado. Pero para airear un poco el cuarto, abría las ventanas. No de par en par, pero sí un poco, lo justo para que no pudiera colarse el felino.

Pero como es de esperar, no se pueden poner puertas al campo ni límites a un gato, y cuando estaba echando una mediosiesta y jugando a la Switch, vi cómo atraído por el ruido de la consola, y con todo el morro del mundo, el gato intentaba colarse, sin cortarse ni un pelo. 

¿Tiene usted un momento para hablar de nuestra señora Bastet?

Vale, la historia en sí no es gran cosa, y menos así contada. Pero como el gato era muy bonito y simpático, aproveché para para tomar pruebas y dejar constancia gráfica de sus fechorías.

Atraído por el ruido de la consola. 

Sorprendido en uno de sus intentos.

Finalmente se salió con la suya.

jueves, 9 de diciembre de 2021

Confusiones cinéfilas

¿Jokin? Yo me llamo Tipo de Incógnito.

Ayer fui al cine y posiblemente sea la vez que más me habré reído. Pero no fue por la película (sobre ella  hablaré mañana), fue por esto otro que relataré a continuación.

Llego a mi asiento, y cuando estoy dejando la chaqueta me saluda el que está sentado justo detrás. Entre la oscuridad y la mascarilla no le reconozco, así que le digo que no caigo. 

"Soy Fulanito", me dice, y ya le sitúo. Charlamos un rato y le comenta a su acompañante que me sigue en Twitter y que suele leer mis críticas de cine. "No sabía que tenías Twitter", le digo. "Sí, aunque no suelo escribir", me contesta. 

Su acompañante le pregunta de qué nos conocemos, y entonces dice "de XXX" (palabra que no termino de reconocer, pero que no cuadra con de qué nos conocemos). Sigue contando "sí, que coincidimos en la presentación de la película de nosequién" (es verdad que hace un par de semanas fui a una, pero no recordaba haber hablado con nadie, aunque con lo despistado que soy, a saber), y sigue aportando datos que desde luego en mi ficha de personaje no vienen "sí, porque la película tal [inserte película que no he visto en mi vida] del ciclo de nosequién [director cuyo nombre no he oído nunca], en tal sitio [donde no he estado nunca]... 

Entonces se me ilumina la bombilla: 

-Espera, que creo que nos estamos confundiendo mutuamente de persona, ¿verdad? 
-¿Ah, pero tú no eres nosequién, el crítico de cine de El Correo? 
-No, yo me llamo Jokin. Y la cosa es que tengo un amigo que se llama igual que tú y la voz se parece bastante.

Y ahí saltó el descojono en la sala. Descojono mío, descojono del chaval, que no sabía muy bien dónde meterse, descojono de su acompañante y descojono de toda la gente que estaba alrededor.

Luego la película (El amor en su lugar) me gustó, pero desde luego lo que mejor recordaré de ayer fue la divertida anécdota.

lunes, 15 de febrero de 2021

Anda ya

Tony Aguilar, presentador del programa en aquella época. 

Prácticamente desde que tengo uso de razón siempre he tenido radiodespertador y estoy muy acostumbrado a despertarme escuchando la radio. Pero aunque suelo despertarme escuchando el Hoy por Hoy de la SER (eso de escuchando es un decir, que con lo zombi que estoy ni me entero de lo que me cuentan), cuando era más joven era un fiel oyente de los 40 principales (que ahora se llama Los 40, a secas). 

Era el ya lejano septiembre de 1995, cuando empezaba yo el COU y que empezó a correr un show matinal en mi emisora de referencia que se llamaba "Anda ya". Era un programa fresco, dinámico, que mezclaba música y humor y que a mis 17 años me encantaba.

Pero el tiempo fue avanzando. Terminé el instituto, fui a la universidad y no recuerdo si esto fue antes o después de acabar la carrera (diría que poco después de terminar, aunque me bailan fechas), pero me pilló una época en la que me noté que me despertaba todas las mañanas de mala hostia y entonces me di cuenta de que era porque lo que me hacía gracia con 17 años, con ventipico ya no tanta. Podría ser porque el programa había ido mutando hasta ser un espacio de radiobasura con chistes sin gracia y demasiado foco en las bromas telefónicas (esto concretamente no me hacía gracia ni de niño) o simplemente que me había ido haciendo mayor y cambiado mis gustos. Pero cambié el dial de la radio, puse la primera que pillé y pasé a levantarme de mejor humor por las mañanas.

Seguramente hoy es el día en el que preferiría despertarme con un enjambre de alacranes silvestres correteando por mi cama untados en crack, pero a pesar de esa relación amor-odio, sería injusto no dedicar un pequeño recuerdo a ese programa. El programa, por cierto, y si no me equivoco, sigue en antena 25 años después.

lunes, 14 de diciembre de 2020

Mascotas

No se conservan fotos de la real, así que he tirado de Internet.

Lo que para mucha gente que me conoce podría ser una revelación sorprendente es que hubo un tiempo en el que tuve gato. Concretamente una gata negra, llamada Misi, que nos regalaron cuando yo tenía en torno a 6 años (curso arriba, curso abajo), de la que tengo pocos recuerdos, pues estuvo poco tiempo en casa (mi alergia galopante estoy seguro de que no ayudaba). Mi madre dice que un año, mi padre que unos meses.

Entre los recuerdos que tengo es el flash de cuando llegó a casa, una especie de pelotilla negra con ojos, y que un día tuvimos la idea de bombero de sacarla a pasear, como quien saca al perro. Tengo también el recuerdo de que le encantaba saltar para cazar moscas, pero de lo que más me acuerdo era de que cuando se la teníamos que dejar a mi abuela, le hacía todo tipo de travesuras, y sobre todo recuerdo a la señora quejándose de que había dejado el jamón york en la encimera y el gato se lo había robado. 

En cualquier caso, no tengo el recuerdo de que me resultara especialmente traumático separarme de ella cuando hubo que regalarla, por lo que tampoco debí de encariñarme demasiado. 

Precaución: toca historia triste.

Con el animal del que hablé ahora sí que me encariñé muchísimo es el protagonista de la historia que viene a continuación, siendo yo algo mayor (12-13 años, podría ser): un hamster que compré en un puesto de mascotas de la Plaza Nueva y al que bauticé como "Pepe". Era un bicho monísimo, y la verdad es que le cogí muchísimo cariño desde el principio, un amor a primera vista. Estaba ilusionadísimo con él, y me encantaba verlo corretear.

Pero llegaron unas vacaciones y se lo dejé a una compañera de clase para que me lo cuidara, con tan mala suerte de que el pobre Pepe murió (creo que sufrió una caída, pero no recuerdo bien la historia), y en su lugar me regaló otro hamster, que fue bautizado como Evaristo, y al que también le cogí muchísimo afecto.

Y la parte trágica de la historia vino un día de invierno que llegamos a casa y vimos que Evaristo se había escapado de la jaula, con tan mala suerte que se puso a trepar por el cubo de fregar y se cayó en el agua, agua fría, y cuando llegamos lo vimos al pobre flotando en el agua, aterido pero aún vivo. Recuerdo al pobre Evaristo tiritando mientras lo envolvíamos con la toalla y mis padres intentaban hacer que entrara en calor con el secador de pelo, pero no hubo manera y el pobre Evaristo no pasó de esa noche. Ahí sí que recuerdo que la llorera fue gorda.

Alegres y coloridos.

Por dar un contrapunto un poco más alegre, y aunque estos no eran estrictamente mis mascotas, recuerdo que siendo yo niño solía haber a veces periquitos en casa, pues a mi padre le gustaban, y siendo yo un poco más mayor, una vez le regalé a mi padre una pareja de periquitos, en teoría macho y hembra, descubriendo al llegar a casa que eran ambos machos (no soy quién para juzgarlos). La verdad es que apenas me acuerdo de ellos, y no recuerdo cuánto tiempo estuvieron en casa, así que supongo que en algún momento mi padre los acabaría llevando a un zoológico que tenían montado en el aula de ciencias naturales del colegio en el que era profesor. Por si algún alumno del Colegio Zabala de Bilbao lee esto y le suena lo del zoo, mi padre era (bueno y sigue siendo), Chema.

jueves, 12 de noviembre de 2020

Los vecinos ruidosos

No eran tan silenciosos como en la foto.

La historia tiene ya un par de años, pues si la hubiera contado entonces es bastante posible que, escrita desde el calentón, esta entrada tuviera muchas más palabrotas, ya que va sobre gente poco considerada con el descanso ajeno ylas normas más elementales de convivencia.

En la casa en la que vivía antes las paredes eran de papel, lo que unido a que tengo bastante buen oído, por las noches era fácil que oyra cualquier ruido de la casa de al lado, hasta el punto de que les oía si roncaban (eso también me pasa ahora, por desgracia) o incluso el sonidito del teléfono si les llegaba un mensaje.

De eso no tienen la culpa, pero sí de poner la tele a alto volumen y de hablar de viva voz pasadas las 10 de la noche. Que a las 22 no era muy problemático, pero a la 1 empezaba a incordiar.

A veces golpeaba la pared y bajaban el tono, pero era cansino andar siempre así, por lo que un día coincidí con el vecino, le pedí amablemente que tuvieran más cuidado, y así fue... al principio. No mucho después, volvieron a las andadas. 1 de la mañana y a viva voz.

Golpeé la pared y oí gritar al otro lado "¡como vuelvas a golpear la pared, te pongo la tele a tope!".

Monté en cólera, salí al rellano y les toqué el timbre, para ver si eran tan amables de repetirme eso en persona. Pero nada, cuchicheos al otro lado y silencio.

Total, que un par de días después me crucé con el vecino en el rellano y la conversación fue tal que así:

-¿Oye, la otra noche qué? ¿La tele a tope?
-No era la tele, estábamos hablando.
-Sí, a gritos y a la 1.
-¿Es que no puedo hablar en mi propia casa?
-Hombre, no si eso hace que yo no pueda dormir en la mía.
-Pues mi mujer trabaja en fiscalía, y muchas veces tiene que atender llamadas telefónicas a cualquier hora.
-Por mí como si es churrera, pero que no se ponga a hacerlo a voz en grito al lado de la pared que da a mi cuarto.
-Mira, lo que tienes que hacer es llamar a la policía. Ahora bien, como sepa que has llamado a la policía y resulta que el volumen es el permitido, pienso poner la tele a tope.

La conversación que vino a continuación voy a moldearla para que no parezca tan grosera y malsonante como fue en realidad.

-Estimado vecino, no se moleste si le digo que creo que su actitud es la equivocada.
-Bueno, no creo que deba ser usted tan crítico conmigo.
-¿Y cuáles serían las consecuencias de que yo siguiera siendo crítico, caballero? Insisto en que usted se equivoca en su actitud.
-Le comprendo.
-Tenga usted un buen día.
-Igualmente.

Total, que un par de días después (era verano), coincidí con él otra vez en el rellano, que iba con las maletas (deduje que de vacaciones) y ambos nos asesinamos con la mirada, por lo que la opción de saludarnos quedó descartada de mutuo acuerdo. Pero mira, se iba de vacaciones, eso me dejaría unos días de tranquilidad, aunque ya me veía a su vuelta llamando a la policía.

¿Y cómo acabó la historia? Dos o tres días más tarde, no más, había alguien de la inmobiliaria enseñando el piso (entiendo que estaban de alquiler). Uno podría pensar que la discusión fue la causa de aquello, pero calculando los tiempos, más probable parece que para entonces ya supieran que se iban a ir, lo que hace que aquella discusión de rellano fuera todavía más absurda.

martes, 3 de noviembre de 2020

Una de privatizaciones y externalizaciones

Gracioso y cierto.

La imagen, que vi el otro día, me trajo a la memoria un hilillo que escribí en Twitter al respecto, sobre las privatizaciones y su supuesta mejora de eficiencia, junto con su supuesto ahorro. Este es un ensayo completamente subjetivo en el que me limitaré a relatar cómo lo vi yo desde dentro.

Como de sobra es sabido en este blog, llevo desde 2007 trabajando en la Diputación de Bizkaia, que hasta 2012 llevaba la RGI, y en 2010 la acumulación era tal que se decidió externalizar parte del trabajo, el de grabar expedientes nuevos, a una empresa subcontratada (¡ahorro y eficiencia, bien!), aunque la cosa estaba lejos de ser tan bonita como lo pintan algunos. Los trabajadores de la empresa subcontradada (sub-sub-subcontradada, en realidad), estoy seguro de que eran igual de voluntariosos que nosotros, y que lo hacían todo lo mejor posible (a pesar de que cobrarían mucho menos que nosotros), PERO. 

No solo estaban menos formados (ellos tuvieron que aprender en dos semanas lo que nosotros llevábamos años haciendo), sino que tenían menos medios (nosotros teníamos acceso a los expedientes históricos y otros datos, ellos no), por lo que tardaban mucho más en hacer lo mismo. Cada vez que hacía falta mover un papel de sitio, había que hacer un albarán de mensajería y todo el ritual que acompaña a sacar documentos de un edificio público con datos personales de un edificio público. 

O sea, lo que para nosotros era "necesito el padrón que entregó en 2007, me levanto, subo al archivo y lo cojo" para ellos era "tengo que hacer la solicitud, rellenar el albarán y sacrificar una cabra para que busquen y me manden ese padrón". Que sí, que esto último lo he exagerado un poco (¡ni un hilo sin su chiste de cabras!), pero es verdad que "tiempo invertido en andar 10 metros y coger tú mismo un papel" es mayor que "tiempo invertido en pedir un papel a una persona que está en otro edificio". 

Además de esto, cuando nos mandaban los expedientes ya grabados, los teníamos que revisar. Y aquí a lo mejor mi memoria exagera, pero recuerdo que muchos teníamos que andarlos corrigiendo, porque llegaban con errores (y aunque no, había que revisarlos igual). 

La realidad es que externalizar no sirvió para que se hiciera el trabajo mejor y más rápido (todo lo contrario, a veces nos daba más trabajo que hacerlo nosotros) y estoy bastante seguro de que tampoco un ahorro, pues aunque los trabajadores sub-sub-subcontrado cobraran menos que nosotros entre medias habría muchos jefes que tendrían que meterse dinero en el bolsillo, y creo que no hay que explicar mucho sobre cómo meter intermediarios encarece un producto o servicio. 

Moraleja: cada vez que alguien dice que privatizar o externalizar es la panacea, me da la risa.

miércoles, 28 de octubre de 2020

Saga Breath of Fire

El 2 fue el primero que jugué.

Más que una reseña al uso, que requeriría acordarme de los juegos mejor de lo que me acuerdo, esto es una visión a una de las sagas emblemáticas de un género que en su día me gustó mucho, que es el JRPG.

La descubrí, allá por primero de carrera, con el Breath of Fire II. Ya para entonces era bastante aficionado al juego, y JRPG que veía, JRPG que caía (era pobre para comprarlos, así que me surtía del club de intercambio de juegos del ya extinto Centro Mail), y me encontré con uno que me gustó bastante, y el II no suponía un problema, pues al igual que pasa con los Final Fantasy, cada uno es una historia distinta. Aunque quizás sería más comparable a lo que pasa con los Zelda, pues en todos nos cuenta diferentes historias de un mismo personaje; Rýu, el huérfano de pelo azul que descubre que pertenece a una estirpe de dragones y por el camino conoce a Nina, una princesa alada. Eso y algunos elementos más, como personajes zoomórficos, con capacidades únicas, y creo que a partir del III, la posibilidad de ir montando una aldea personalizada.

El II me gustó bastante, pero donde esta saga tocó techo fue en el III, ya para Playstation, pues de gran longitud y con una historia maravillosa, se convertiría en uno de mis juegos favoritos del género, compartiendo pedestal con otros grandes como Final Fantasy VI, Secret of Mana o Chrono Trigger.

Luego llegó el IV, para la Playstation II, que sin ser tan bueno como el III (el listón era muy alto) me gustó bastante, y tenía cosas simpáticas, como la posibilidad de lanzar ejércitos de hadas contra el enemigo, y años después, vía emulador, empecé a jugar el I, aunque no recuerdo bien por qué, no lo llegué a terminar.

Y esto viene a que en la eshop de la Nintendo Switch he visto que están los BOF I y II, y el recuerdo hizo que me haya apetecido escribir sobre ellos. 

viernes, 27 de marzo de 2020

Judo

Mi sensei.

Debo confesar que no me gustan nada las artes marciales, y que soy muy fan de la máxima de que la mejor manera de ganar una pelea es no tenerla. Pero hubo un lejano tiempo, a finales de los 80, en el que un par de veces a la semana (creo) iba a un gimnasio de Santutxu, donde estaba el Judo Club Gaspar, y donde el entrañable Víctor Gaspar nos enseñaba ese arte marcial.

No mentiré, era (yo) un completo y absoluto desastre. Mi nula coordinación y mi incapacidad de aprenderme las llaves hacía que se me diera fatal, y como no sentía que aprendiera, iba con una absoluta falta de motivación, siendo el único aliciente los puntos que nos daban al terminar la clase, con los que conseguíamos las barritas verticales en el cinturón y al alcanzar la tercera nos podíamos examinar para subir de cinturón (lo que viene siendo un sistema de PX, vaya). Blanco, amarillo, naranja y no sé si llegué al verde o me quedé en el naranja-verde. Me suena que al verde sí llegué, pero más creo que me lo regalaron por pena, porque en el tatami era un despropósito. De hecho, llegué a ir a un par de torneos, más empujado por la presión de grupo que otra cosa, y en ambos fui eliminado a las primeras de cambio (al menos regalaban gominolas a los participantes).

Tengo tan borrado el recuerdo de aquello que ni siquiera sabría precisar cuánto tiempo estuve. Me suena que fueron dos cursos, pero ni siquiera recuerdo cuándo dejé de ir. Solo que cada vez iba con más desgana, por pura obligación. Para más inri, tampoco terminé de encajar demasiado bien con los compañeros, así que no es un recuerdo que eche demasiado de menos.

Por quedarme con algo positivo, me quedo con el profesor, Gaspar, que puede que no supiera enseñarme judo, pero sí muchas lecciones de la sabiduría que atesoraba, pues era un hombre al que daba gusto escuchar.

miércoles, 19 de febrero de 2020

Un año en registro

Mi día a día.

El tiempo pasa deprisa y ya hace un año que cambié de trabajo para venir al registro de la Diputación, donde estoy casi todo el rato de cara al público. Eso tiene de bueno, de cara a este blog, que son más las situaciones desconcertantes y graciosas de contar, pues el trato directo con la gente es lo que tiene.

Como tampoco es plan ponerme a contar todas y cada una de las batallitas que han ido surgiendo este año, como la del que atendí, que tenía varios insectos recorriéndole la ropa o el que quería falsificar la firma de su hija ante mis naricesvoy a hacer más o menos una casuística con las más típicas, que muchas se repiten.

La escape room

La oficina en la que trabajo tiene 6 mesas numeradas y una máquina que da botones. Entras, una pantalla táctil te pregunta si tienes cita previa o no, marcas la opción adecuada y te da un tícket con el número. Esperas y , cuando la pantalla te dice a qué mesa tiene que ir, vas a esa mesa.

¿Parece fácil, verdad?

Pues esto son extractos de conversaciones reales:

-Tiene que ir a la mesa 6. 
-¿Esta? 
-No, la del fondo, la que tiene el número 6. Esa es la 4... y no hay nadie atendiendo.

-Hola.
-Hola, tienes que ir a la mesa 5.
-Vale. -No, aquí no, a la mesa 5.
-Vale, mesa 5.
-Esta es la mesa 2...

-Hola, ¿para coger número a qué botón le doy? 
-Tienes que dar al izq... (presiona el botón derecho antes de que le responda).

Algo que se repite mucho es que si la pantalla dice cualquier número que no sea el 2, vienen teledirigidos a mi mesa, como moscas a la miel. Pero si en la pantalla sale el 2, se irán a la otra punta de la oficina. Evidentemente, mi mesa es la 2.

Alergia a la palabra escrita

Existe un miedo atávico al lenguaje administrativo, que entiendo que en ocasiones puede ser complejo, pero no siempre lo es, y la realidad es que este miedo lleva a que a veces la gente ni siquiera intenta entenderlo, y nos lleva a situaciones como esta, repetida y verídica:

-Hola, vengo porque no entiendo esta carta que me han mandado.
-Ni siquiera ha abierto usted el sobre.

O esta otra:

-Hola, traigo esta documentación que me han requerido. 
-Pero esto que me traes no tiene nada que ver con lo que pone la carta. Vamos, que si quieres yo te lo cojo, pero si te requieren una documentación y traes otra que no tiene nada que ver, te van a denegar. 
-¿Y qué es lo que me piden? 
-Lo tienes aquí, en la carta que me has traído, justo donde pone “Documentación requerida:” (en negrita y bien visible). 
-¿Me lo puedes apuntar? 
-...

Otra que también nos pasa muchas veces es "Hola, esta carta dice que venga aquí", y tener que subrayar con fosforito la dirección que viene en la carta, que evidentemente no es "aquí".

Y como muestra de gente que no se lee los papeles

-Hola, estuve el otro día aquí, y te traigo los papeles que me dijiste mue me faltaban. ¿Te acuerdas, no? 
-No, que por aquí pasa mucha gente, pero traiga. Mmm... aquí estoy viendo que te falta la fotocopia del DNI. 
-Toma 
-Eso es el original, hace falta copia. Viene en la hoja que le di, lo primero de todo. 
-Pues no me dijiste nada. 
-También lo pone en esa otra hoja de papel, donde escrito con mi letra pone "fotocopia del DNI" y la palabra fotocopia subrayada.

Con esa confieso que disfruté.

Aquí no es

En la oficina en la que trabajo hacemos muchas cosas, por supuesto, pues somos un registro general, que recoge escritos dirigidos a todas las administraciones, y eso lleva a veces a confusiones lógicas, pues evidentemente el usuario no tiene por qué ver tan evidente que aunque los papeles los haya entregado en esta oficina, para preguntar por los trámites tenga que dirigirse al departamento corrspondiente. Nada puedo achacar aquí a los usuarios, pero explicar lo mismo tantas y tantas veces al cabo del día es agotador, y por eso mi lado pasivo-agresivo me pide hacerme una camiseta que ponga:

SOMOS
-El registro de entrada de documentos
-Un punto de información general

NO SOMOS
-Acción Social
-Hacienda
-Adivinos
Sería muy poco profesional llevar esto al trabajo, pero a veces se echa en falta.

El mentalista

A pesar de lo que decía, una labor importante de este trabajo es intuir lo que quieren los usuarios y adelantarse a sus preguntas para poder ayudarles, pues con el tiempo acabas aprendiendo a intuir sus intenciones y saber a qué vienen antes de que lo digan (lo que es útil, porque a veces vienen tan perdidos los pobres, que no se saben expresar), pero otras nos encontramos con cosas como esta:

-Hola, vengo a por un certificado de prestaciones. 
-Claro, ¿me permite su DNI? 
-Sí, toma. -Aquí tiene el certificado. 
-Ah, pero el mío no, el de mi madre. 

La culpa es mía por no haberle leído el pensamiento, supongo. Otras veces la dioficultad está en que el usuario comprenda su propia pregunta, como en esta otra ocasión:

-Hola, quiero un certificado de empadronamiento de mi madre. 
-Ah, pero eso tienes que ir al Ayuntamiento, que esto es la Diputación. Si vive en Bilbao, tienes una oficina municipal aquí al lado. 
-Perdona, que no me he explicado bien. Es que mi madre está cobrando una ayuda, y le piden un papel donde ponga que vive en Bilbao. 
-O sea, un certificado de empadronamiento. Para eso tienes que ir al ayuntamiento, que…

A veces, aunque no nos gusta, pues duplica el trabajo, nos toca mandar al usuario de vuelta a casa, el clásico "vuelva usted mañana", pero ya me contarán cómo procede uno ante esto:

-Hola, vengo a traer un escrito, pero no lo tengo.

Discutidores profesionales y otros petardos

Hay quien no termina de tener claro que "mostrador de información" es un sitio al que vas y recibes la información, y tampoco tiene claro que poner la cabeza loca al empleado que está ahí no lleva a nada, y por eso persisten en tener la razón aunque sea en una discusión que están teniendo ellos solos consigo mismos. Son los que, pese a que les explicas que los papeles están mal, y que su solicitud va a ser rechazada, pero que si quieren la pueden entregar, tratan de convencerte de que están bien. Toman la  la frase "esta solicitud está errónea/incompleta, yo solo so el registro y te la recojo si quieres, pero es mi deber informarte de que así te la pueden desestimar, pero yo solo te informo, la decisión de qué presentar es tuya" como una invitación a debatir durante horas sobre la idoneidad de su solicitud y se toman como un desafío convencerme de que está bien?

Además de los discutidores y tocapelotas (tenemos alguno que merecería una entrada para él solo) están los desconsiderados a los que no les importa que se forme cola si ellos no la tienen que sufrir  "Hola, vengo a entregar un escrito, pero lo tengo sin hacer, así que me voy a poner a rellenarlo aquí mientras se monta una cola de narices porque no se me ha ocurrido traerlo hecho de casa", pero tampoco puedo decir que me haya encontrado con grandes jetas.

Sí nos pasa muchas veces que viene gente simplemente a sentirse escuchada, aunque con estos no me importa tener paciencia, pues muchas veces es gente mayor a la que tal vez desde un punto de vista meramente administrativo no se le puede hacer mucho más que informarle sobre el trámite en cuestión, pero nunca hay que olvidar que antes que trabajadores somos humanos.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

El batasuni y el euskera

El otro protagonista de esta historia

Esta es una historia que se remonta a los años en los que salía de fiesta los fines de semana, cuiando estaba yo en una popular tienda de bocadillos del Casco Viejo de Bilbao (para quienes lo conocieran, el Dorreko Labea), que se caracterizaba por dos cosas: unos bocadillos embadurnados en mahonesa, que a las 3 de la mañana eran ambrosía de los cielos y un ambiente y decoración muy propios de la izquierda abertzale (algo bastante habitual en el Casco Viejo de Bilbao). 

Yo, que tengo la suerte de ser bilingüe, cuando iba a esa bocatería pedía indistintamente en euskera o en castellano. Ese día me dio por pedir en castellano, y el amigo que estaba conmigo me preguntó cómo es que a veces pedía en euskera y otras en castellano, a lo que le respondí que según me diera usaba un idioma u otro, que para algo sabía dos. 

Entonces hizo su aparición un niñato, con su uniforme de izquierda abertzale y la actitud chulesca propia de la postadolescencia (yo tendría unos 25 y él unos 17-18) y me dice, arrogante, “Euskalherrian euskaraz egin behar da, eta kitto” (en Euskalherria hay que hablar euskera y punto), a lo que le respondí “beno, hori zure iritzia da, baina ni ez nago ados. Gizarte elebiduna gara eta bi hizkuntza dauzkagu, beraz bi hizkuntza erabil ditzakegu”. 

Se quedó mirando con la misma cara de vaca contemplando trenes que tendrá el lector no vascoparlante, así que salté al castellano, “y como veo que no has entendido ni media palabra de lo que te he dicho, te lo traduzco al castellano: somos una sociedad bilingüe y tú parece que no, pero yo sé dos idiomas, así que utilizaré cada vez el que prefiera. Venga, agur”. 

El niñato se fue de ahí con el rabo entre las piernas mientras sus amigos se reían de él. Nunca me ha sabido más rico un bocadillo.

sábado, 23 de noviembre de 2019

El camping

Ese puente lo empezó mi padre.

Ayer, aprovechando que tenía el día libre, acompañé a mi padre a Medina, a llevar la tele vieja (y a podar un ciruelo, aunque por circunstancias atmosféricas no fue posible) y al ir aprovechamos para visitar un lugar icónico de mi infancia, el camping La isla, de Villalázara (Burgos), donde solía ir los fines de semana de mi infancia tardía (de los 11 a los 16 más o menos) y que llevaba sin visitar más de 25 años.

Empezamos a ir porque mi sistema respiratorio, que siempre ha sido un poco infame, aconsejaba un poco de aire puro, en una época en la que de forma casi literal me daba alergia Bilbao (tal cual, era volver y ponerme malo, claro que el aire del Bilbao de los 80 era de todo menos saludable), y recuerdo que al principio lo cogía con ilusión y ganas, pero ya los últimos años mis padres me llevaban a rastras, y el buen tiempo era síntoma de "mierda, toca la temporada de perder los fines de semana en el camping, cuando lo que me apetece es quedarme en Bilbao con mis amigos", y era horrible sufrir aquellos atascos que se organizaban para volver los domingos por la tarde. 

Pero si quitamos esa parte de la adolescencia en la que lo último que quiere uno es pasar tiempo con sus padres, aquella época tuvo sus cosas bonitas, hice amigos (aunque no conservo contacto de nadie de aquella época) e incluso hubo momentos de guion de comedia romántica barata cuando el azar tuvo a bien hacer que un verano coincidiera en el camping con una chica de la escuela que me gustaba mucho, aunque a diferencia de las películas, no pasó absolutamente nada. 

Pues lo dicho, ayer pude visitar otra vez el camping (mucho más pequeño de lo que era en mi cabeza), ver el río en el que nos solíamos bañar, y salvo lo de las dimensiones, pues la verdad es que estaba casi todo más o menos igual que cuando lo vi. Así que fue bonito.

miércoles, 16 de octubre de 2019

Una de chinches (continuación)

La zona rodeada de brillo es barniz comido.

Había empezado a contar por aquí mi nada divertida odisea con los chinches, que por suerte se solucionó. Y se solucionó gracias a que contraté a una empresa de desinfecciones, pero eso también tuvo su lado malo.

La primera vez que hablé con ellos fue cuando recibí la visita de la empleada a quien expuse el problema y me explicó el procedimiento (gasearlos como si no hubiera mañana, varias veces) y los precios. Firmé, porque en ese momento habría firmado hasta la entrega de mi primogénito nonato a Amazon, y concerté la primera visita. 

Moví los muebles y busqué alojamiento en el exilio para el día del gaseo, pues había que pasar 24 horas fuera de casa para evitar morir envenenado.

Vinieron, fumigaron y cuando volví, pensando que la pesadilla había terminado, volví a ver uno de esos incómodos visitantes. Sudores fríos, cabreo (dentro de que sabía, pues me habían advertido de ello, que podía pasar) y vuelta a llamar. "Oigan, que sigue habiendo chinches".

Volvieron a fumigar, con otra noche fuera y resto del ritual. Y cuando volví, me encontré con unas manchas indelebles en el parquet... y que seguía habiendo chinches. Llamé otra vez, para dar parte del suelo... y de los chinches. 

Mandaron un operario supuestamente a arreglar, pero lo único que dejó fue una nota diciendo que no había podido arreglarlo. La fiesta viene cuando (por Whatsapp, tóquese usted los pies) me intentaron reclamar el pago de sus servicios. Antes de haberme solucionado el problema. 

No lo cuento, lo muestro.


Primer acercamiento. Con una "exquisita" ortografía (¿mayúsculas y tildes para qué?), e ignorando mi "hola, sigue habiendo chinches y además me habéis jodido el suelo" me piden que les pague un trabajo aún sin realizar.


Aquí obvia el problema principal, me explica lo que ya sé y pasa a la bordería condescendiente.


Tras mi respuesta puede verse que hay un lapso de tres meses. Lo que sucedió fue que vinieron una tercera vez, y aunque parece que terminaron de matar los chinches (aún me pareció ver alguno moribundo, pero creo que eso fue producto de mi paranoia), también terminaron de matar el suelo. Les llamé de inmediato y lo único que supe es que mandaron a un operario, que se limitó a mirar el suelo y decir que estaba el barniz quemado.

De la empresa nunca más se supo, hasta que meses después y haciendo la mejor performance que he visto jamás de persona sueca, me escriben en esos términos para pedir dinero.


Y, como se ve, un par de meses después, como quien no quiere la cosa, volvieron a escribir exactamente el mismo mensaje y por el mismo medio, quedándose ahí la conversación tras mi respuesta. Desconozco si volvieron a insistir por Whatsapp porque bloqueé el número. No me parecía nada serio.

Volvieron a la carga algún tiempo después, por correo (pero ordinario, que certificado cuesta dinero), instándome a que pagara, bajo amenaza de llevarme a la vía judicial. Estupendo, yo encantado. Si hubieran interpuesto esa demanda que, oh sorpresa, jamás llegaron a interponer (supongo que no sabían dónde vivía, o algo) les habría aportado la factura del suelo en una bonita reconvención (el "y y tú más" del Derecho Procesal) y a ver quién reía más.

Pero eso no sucedió, no volví a saber nada más de ellos y al final, pues con el dinero que me ahorré de la desinfección arreglé el suelo y aquí paz y después gloria.

lunes, 14 de octubre de 2019

Una de chinches

Una de las peores plagas que se puede tener en casa.

Que nadie se alarme: NO TENGO CHINCHES EN CASA.

Pero los tuve en el pasado. No en mi casa actual, sino en una anterior, y son una experiencia horrible de la que no hablé en su momento porque, francamente, no me apetecía. Pero hoy en el trabajo ha salido el tema de conversación y me ha venido todo aquello a la cabeza, así que aquí viene la batallita.

De esto haría algo más de tres años. Llevaba una racha de insomnio, en la que me despertaba a las 4-5 de la madrugada con ataques de ansiedad, y también por aquella época, aunque no lo relacioné, me salían de vez en cuándo picaduras en los dedos, como siguiendo la línea de la vena.

Así estuve un tiempo que no sabría determinar (debió de ser entre Semana Santa y junio, por las Ómicron de 2016 o el viaje a Amsterdam) y un día haciendo el cuarto vi algo que correteaba entre las sábanas. Le di caza y llevé el cadáver a una droguería que tenía enfrente de casa, especializada en plagas. 

La autopsia fue clara en su pronóstico: eso era un chinche. Me dio un bote de insecticida bastante potente con el que proceder a gasear el dormitorio. Lo hice, apliqué el producto, cerré puertas y ventanas y... se abrió la caja de Pandora.

Aquello despertó a un montón de chinches, que tuvieron a bien salir de sus madrigueras esa noche. No recuerdo del todo bien el curso de los acontecimientos, pero sí la repugnante sensación de volver a despertar a las 5 de la madrugada, encender la luz y ver a uno de esos asquerosos bichos corriendo por la almohada.

A la mañana siguiente llamé sin dilación a una empresa de desinfección. También tiré muchísima ropa y muebles (el cabecero de mimbre era una auténtica granja de huevos y heces de chinche), y la ropa que no tiré la tuve que llevar a lavar a la lavandería con agua muy caliente. Compré también una funda para el colchón, de modo que no pudieran esconderse ahí y adquirí el hábito de seguir gaseando todos los días. Entendí el porqué de la expresión de "morir como chinches".

En plena fiebre del Pokemon Go, yo me dedicaba a cazar otro tipo de bichos.

Todas las mañanas me dedicaba a cazar 3-4 chinches que se paseaban por el techo y las molduras de las paredes. Algunos recién alimentados eran como gotitas de sangre con patas, más o menos del tamaño de un grano de arroz.

Era insostenible pero afortunadamente me moví rápido a la hora de llamar a la empresa de desinfecciones. Pero eso tuvo también unas consecuencias negativas, de las que ya hablaré en otro momento. Sin embargo, para tranquilidad del público que me lee, aquello de los chinches ya pasó, y aunque fue una auténtica pesadilla y no se la deseo a nadie, es algo que forma del pasado. Aunque es verdad que durante muchas semanas sentía escalofríos cada vez que me despertaba de madrugada y sentía la más mínima cosquilla.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

El 11 ese

Una de esas imágenes que se quedan para siempre en la retina.

El que probablemente sea el atentado terrorista más famoso de la historia cumple hoy su mayoría de edad, y es inevitable recordar qué estaba haciendo yo ese día (señores de la CIA, por si me leen: no tuve nada que ver).

Estaba yo por aquel entonces en la universidad, preparando los exámenes de septiembre (lógicamente), y fue un verano que tuve muchos. De hecho, fue un septiembre en el que fui capaz de levantar 11 de las 16 asignaturas que me habían quedado (pueden parecer muchas, pero empecé el curso con 27), y no estoy muy seguro, pero pudiera ser que estuviera estudiando para la asignatura Gestión de Recursos Humanos, aunque es irrelevante.

Había ido, como solía hacer siempre, a estudiar a la biblioteca de la universidad, y como era habitual había dejado los apuntes allí para no perder el sitio. Llegué a casa y estaba mi padre en la cocina, viendo en las noticias, de Telecinco, cómo algo había impactado contra una de las torres gemelas, pero no se sabía qué era. En la confusión recuerdo ver un avión chocarse contra una torre y lo que pensábamos que era la repetición resultó que era el famoso impacto en directo. Flipando, claro.

Mi padre se fue a trabajar y yo seguí pegado a la tele, mientras Angels Barceló lo iba narrando. Todavía ninguno éramos conscientes del alcance de aquello. No recuerdo el orden de los sucesos, pero sí la sensación de apocalipsis viendo cómo una torre se derrumbaba, luego la otra, comunicaban que un avión se había estrellado en Camp David, otro contra el Pentágono, una furgoneta bomba en Washington... la sensación era "va a estallar la puta tercera guerra mundial y lo estamos viendo en directo".

La tarde seguía avanzando, y parece que el festival de explosiones se calmaba, y fui a la universidad a recoger mis cosas (como para seguir estudiando ese día). Recuerdo hablar con un amigo, Carlos, que al día siguiente tenía que volar a Estados Unidos, pues se iba a vivir allí, que estaba acojonado y luego recuerdo ir a casa de mi amigo Iñigo. La imagen de ver TODOS los índices bursátiles cayendo en picado era verdaderamente descorazonadora. La pregunta ese día, y al siguiente, era ¿y qué va a pasar ahora? Lo que vino después más o menos ya nos lo sabemos, y es que es indiscutible que ese día el mundo cambió para siempre.

Lo que no faltó, y es algo que se veía venir desde el minuto uno, fue el aluvión de conspiranoicos creyéndose en posesión de "la verdad", ansiosos de autoconvencerse de sus teorías de autoatentados y trabajos internos, que primero lanzaron sus teorías y luego ya, si eso, se dedicaron a buscar espurios datos que les dieran, al menos en apariencia, la razón.

Si alguien quiere conocer mi opinión, y no es ya lo suficientemente obvia, las teorías de la conspiración me parecen, y me lo parecieron desde el primer momento, una verdadera gilipollez.

jueves, 11 de julio de 2019

Ley de Murphy con DNI y aviones

Sigue dando menos miedo que la foto de mi DNI

Hay días en los que las cosas salen torcidas, y hoy ha sido un poco así. Si contamos con que el día empieza a las 0:00, ya la cosa empezaba potente, con un ruido de televisión de algún vecino que no me dejaba dormir. Estaba tan alto que desde mi cuarto lo oía como si estuviera en el salón y desde el salón entendía lo que decía la tele.

Pude descubrir que era de la señora de arriba, que se quedó dormida encima del mando de la tele, tan profundamente que ni el sonido ni yo aporreando el timbre durante media hora pudimos despertarla.

Caí por puro agotamiento, y hoy era un zombi, pero tenía que levantarme para ir a renovar el DNI. Llego puntual a la cita, pero hay cola y esta no avanza. Nos comunican que por una caída en el sistema informático a nivel nacional, no los pueden emitir. Como he ido en ayunas voy al bar, y veo en el periódico que la huelga del aeropuerto de Loiu afecta con paro total al día en que tengo que volar a Málaga para las TdN.

Vuelvo a comisaría y el sistema sigue caído. Agotado el tiempo de licencia, voy a mi oficina, donde... sistema informático caído. Por suerte viene poca gente, eso sí, y cuando al salir voy a hacerme el DNI, me dan la pequeña alegría de que al ser cambio de domicilio me ahorro las tasas (¡yuhu, 12 euros!).

Y cuando parecía que el día iba a mejor, voy al piso a ponerme a probar los electrodomésticos que me vinieron incluidos (por fin con la cocina adecentada podía) y la lavadora bien... pero el fregaplatos empieza a perder agua como si no hubiera mañana. Abro, compruebo un poco los filtros, intento trastear y finalmente, al cuerno, me compraré uno nuevo, que seguro que me sale mejor que arreglar un electrodoméstico de 26 años y de una marca (Fagor) que ya ni existe.

Mañana será mejor.