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sábado, 28 de diciembre de 2019

Vuelve la toga

Es metafórico, claro. A veces vamos solo con traje.

La estabilidad laboral del funcionario está muy bien, pero llega un momento en el que uno se aburre de la monotonía y toca cambiar de aires. Y no soy alguien hecho para conformarse con un horario de oficina y un previsible sueldo que permanece prácticamente invariable mes a mes, siempre el mismo día.

No estudié una carrera para esto, y mis ambiciones son otras, y aunque reconozco que estos años de administrativo han estado bien, ya es hora de abrir las alas y expandir nuevos horizontes que me permitan cumplir con mis verdaderas aficiones. Este lunes fui al Colegio de abogados, rellené los papeles y ayer me colegié de nuevo: vuelvo a ser abogado.

Me daba un poco de miedo que haber estado tanto tiempo fuera del circuito me hiciera estar oxidado, pero cojo los libros con más ganas que nunca y la motivación de saber "joder, esto es lo que quiero hacer". Además no estoy solo en esta aventura, pues antes de lanzarme a lo loco eché currículum a varios grandes despachos y uno de ellos, de momento no puedo decir cuál, me hizo una oferta ilusionante y el día 2 empiezo ya a darlo todo. De hecho, esa misma semana ya tengo señaladas tres vistas, por lo que me pasaré la nochevieja estudiando. Pero no pasa nada, pues estaré haciendo algo que realmente me apasiona.

El proceso selectivo fue duro, pero mi experiencia estos años en la Administración, y sobre todo mi cuenta de Twitter, con más de 20.000 mensajes, convenció a los asociados del despacho de que soy lo que necesitan.

Así que, pediré la excedencia en Diputación, me compraré un par de trajes nuevos y... ¡a disfrutar de esta nueva y emocionante aventura!

martes, 26 de junio de 2018

¡Pues haber estudiado!

Si tienes estas cartas de mano es justo que ganes la partida de mus, pero acepta que has tenido suerte.

Una reflexión que me viene sobre el mundo del trabajo, sobre un par de hilos interesantes que he visto en Twitter, que razonaban muy bien cómo al final los mejores trabajos acaban reservados a quienes se los pueden permitir, perpetuando muchas veces las desigualdades, es esta en la que voy a hablar de mi libro.

Tengo un muy buen trabajo (en la Administración), con un buen horario, un buen ambiente y un sueldo más que digno. Más alto que la media de mi entorno, incluso. Y nadie me ha regalado nada, PERO. 

Mis padres, sin ser ricos, siempre me han podido pagar los estudios, y no sé lo que es no poder pagar una factura o no poder ir de vacaciones. Sin grandes lujos pero con lo necesario siempre cubierto. 

Eso ya me dejaba de salida en ventaja. 

Nunca fui un mal estudiante, pero cuando se me atragantaba alguna asignatura, si había que ir a la academia, se iba. No era problema de dinero. 

Pude ir a la universidad (privada, además), y me fui sacando la carrera con la tranquilidad de que mi única preocupación era aprobar los exámenes, no si iba a poder pagarme la matrícula. Acabé la carrera y el mérito mío, nadie me lo va a negar, pero por ejemplo nunca tuve que quitarme tiempo de estudio para trabajar y poder vivir.

Terminada la carrera pude hacer un máster (no como Pablo Casado), y no tenía que andar haciendo números. Siempre tenía la certeza de que si quería estudiar ahí estaban mis padres para poner el dinero necesario.

Luego fue la aventura de la abogacía (aquí mis divertidas peripecias). Un desastre que me fue mal a todos los niveles, y estoy seguro de que nadie me dirá que no lo pasé muy mal. Terrible, de verdad, pero cuando llegaba a casa nunca me faltaba comida en el plato. 

Incluso pude opositar. Es verdad que para poder pagarme la academia me apunté (realmente porque quise) a una ETT y me dejaba los huevos currando. No miento, me lo curré mucho, pero es más cómodo currartelo cuando sabes que no es por necesidad. Que además, la casa y el sustento los tenía garantizados.

Llegó la primera oposición. No saque plaza (no tenía puntos), pero como podía dedicarme casi al 100% a ello, saqué una nota altísima, y seguro que quedé por delante de gente que se lo curró tanto como yo pero no tenía la suerte de poder dedicarle tanto tiempo. Porque con la ETT trabajé muy duro, pero también podía permitirme el lujo de decir "en diciembre no me llaméis, que tengo que estudiar". No todos podían. 

De aquella oposición, la interinidad. Es decir, buen sueldo, buen horario, estabilidad... Me pude independizar (cuando quise, no por necesidad) y cuando llegó la siguiente oposición otra vez a estudiar. Estudié como no he estudiado en mi vida: dedicaba cada minuto en que no estaba trabajando al temario, e incluso gaste vacaciones en estudiar. Sí, hasta me podía permitir dedicar a estudiar tiempo que otros no pueden permitirse. Sin cargas familiares, sin problemas de dinero en el banco y con el colchón de, en caso de desastre, saber que mis padres me cubrirían si venían mal dadas. 

Terminó la oposición y saqué la plaza (¡yuhu!). Nadie podrá decirme que no la merecí o que no me lo curré lo bastante, pero jamás seré tan ciego como para no ver que otros que se lo curraron tanto como yo no tuvieron la misma suerte. Por eso nunca me daré por ofendido si me dicen que mi mano de cartas inicial era mucho mejor que la de otros, porque es la pura verdad.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Memorias de un ex-demandante de empleo [XXIV]

¿Y la Europea?

Me pasa un poco parecido a lo que me pasó con esta otra entrada, que no tenía muy claro si meterlo en las memorias de ex-abogado o en las de ex-demandante de empleo, pues de entre los muchos trabajos que tuve para salir al paso, este tenía contenido jurídico y sí requería una cierta especialización. Pero como las memorias de ex-abogado ya las di por cerradas, lo meteré como parte de mi odisea de búsqueda de trabajo.

Base de datos

Se pierde un poco mi memoria cómo conseguí este trabajo (me suena vagamente que por medio del máster), y tampoco me acuerdo bien de cuándo empecé ni de cuándo terminé. 

El cliente, pues aquí trabajaba de freelancer (diría autónomo, pero técnicamente no estaba dado de alta) era una editorial jurídica llamada "Europea del Derecho", sobre la que no he encontrado referencias, por lo que podría ser que ya no existiera. El trabajo consistía en elaborar bases de datos jurispridenciales, para lo cuál había que leer sentencias, muchas sentencias, toneladas de aburridas y monótons sentencias, y de cada una de ellas hacer el resumen y sacar las palabras clave, a fin de que fueran fáciles de localizar por el motor de su base de datos.

Esto iba de la siguiente manera: iba a la editorial, me daban un DVD con unas cuántas sentencias y yo tenía el tiempo que quisiera para pasarlas a la base de datos. Sin plazos ni prisas, cuanto antes las terminara antes cobraba, y básicamente las pagaban, como quien dice, a peso. Cuando terminaba, les emitía factura, con su IVA y su IRPF. No pagaban mucho, pero me servía para mis gastos, por lo que deduzco que lo dejé cuando empecé a trabajar la segunda vez en la BBK. Además, todo hay que decirlo, el trabajo era cómodo, que podía hacerlo en pijama y sin salir de casa.

El dinero me vino muy bien, pero también es cierto que de las sentencias se podían sacar cosas, aunque sea de cultura general, y sobre todo de terminología jurídica. Y saberme los nombres de los magistrados de la Audiencia Provincial de Pontevedra, que me los acabé conociendo casi mejor que a mi propia familia.

martes, 2 de diciembre de 2014

6469

Hubo fotos ese día, pero se jodió el carrete.

Hoy se cumplen 10 años de uno de los puntos clave en mi breve y afortunadamente pretérita como abogado, que fue el día en el que me colegié en el Ilustre Colegio de Abogados del Señorío de Vizcaya.

Con el máster prácticamente recién terminado, y por entonces en el despacho del infame "Pedro", yo tenía muy claro que me quería colegiar, que quería dedicarme profesionalmente a la abogacía. Caprichos de juventud, ya se sabe. Igual que desde la perspectiva del tiempo puedo saber en qué quedó todo aquello. Pero entonces no tenía una bola de cristal, así que con ilusión y un traje nuevo me fui al Colegio a recitar el juramento, de memoria me suena que era algo parecido a "prometo por mi conciencia y honor cumplir fielmente con mis obligaciones como abogado, así como el respeto al ordenamiento y las normas, y en especial las deontológicas". Recuerdo estar nervioso como un flan, y que para sorpresa de los presentes, vocalicé perfectamente y sin trabarme.

Ya era un nuevo miembro del Colegio, un abogado en ejercicio, el número 6.469 (era una época en la que se colegiaban abogados como churros) y 1400 euros más pobre. 

Al menos salí ganando en una cosa. A pesar de que soy totalmente enemigo de los paraguas, me compré uno para poder ir con el traje y no mojarme, y cuando después del juramento nos fuimos al lunch que acompañaba a la ceremonia le pedí a mi madre que fuera al paragüero a recogerlo. Se confundió y me trajo otro... que era mejor y más grande que el mío.

De todo se saca algo positivo, oye.

lunes, 31 de agosto de 2009

Memorias de un ex-abogado (XXIII)

La gente ve una corbata y se acojona

No es que retome la sección, pero siempre pasa, cuando se cuenta algo, que nos dejamos cosas en el tintero, y ayer, charlando con un ex-cliente, vino a mi memoria otra anécdota, donde se ve que con buenas maneras, y un poco de audacia, se pueden llevar los asuntos a buen puerto, sin necesidad de tomar medidas drásticas.

Capítulo XXIII: El electrista díscolo

Era verano de 2005, poco antes de mi verdadera crisis vocacional, y como era agosto estaba yo de "vacaciones", lo que significa que no tocaría mis expedientes durante ese mes, coincidiendo con las vacaciones judiciales, pero la de abogado, o al menos la de abogado pobre es una profesión de 24 horas al día, 365 días al año, y recibí la llamada de uno de mis clientes, para exponerme un asunto de Derecho Laboral.

La historia no tenía mayor misterio, en una discusión con su jefe, en pleno calentón, se había despedido del trabajo, y ahora necesitaba convencer a su jefe para que le firmara que había sido un despido, y poder así cobrar el paro.

En fin, lo normal habría sido mandarle a paseo, pero no estaba la coyuntura como para decir que no a nada, y me reuní con mi cliente y con mi traje a las tempranas 8 de la mañana, que en agosto son dolorosas, y nos desplazamos hasta el pabellón industrial donde había estado trabajando.

Allí estaba el jefe, que nada más verme soltó un bufido, y cuando a la pregunta de quién coño era yo, mi cliente respondió "mi abogado", estuvo cerca de salir corriendo, y doy gracias a que no tuviera una escopeta en la oficina, pues nada me garantiza que no me hubiera disparado allí mismo.

Costó hacerle saber que solo queríamos hablar, y que aquello no era ninguna encerrona, que solo era una charla informal. Claro, él arguía, no sin cierta razón, que lo suyo habría sido avisar, para que él hubiera podido avisar al suyo. Pero bueno, por suerte era un tipo bastante razonable, y poner un bozal a mi cliente sirvió bastante.

No le faltaba razón al decir que si mi cliente era mayor para decir "me voy" tenía que ser también mayor para afrontar las consecuencias, y además, él ya había presentado en la Seguridad Social el parte de baja voluntaria, y tenía, como es lógico, miedo a las conscecuencias que para él pudiera tener modificar el parte.

Algo de mano izquierda, y me temo que de táctica mafiosa, sirvió para llegar a un acuerdo. "Tienes toda la razón del mundo, pero entiende que me debo a mi cliente, y que si no llegamos a un acuerdo, tendríamos que tomar otro tipo de medidas, y decir que ese despido ha sido improcedente". Mafioso y de farol, lo admito, y no es algo que me haga mucha gracia, la verdad, pero era lo único que teníamos a mano, y bien cierto es que, aunque no tenía obligación de hacerlo, lo que le pedíamos no le suponía no le suponía ningún perjuicio.

Afortunadamente, contábamos con la buena fe del hombre. En el sentido de que aunque no soportaba a mi cliente, tampoco le deseaba ningún mal, y que él realmente sí estaba por la labor de hacerle ese favor, pero como es lógico, lo que no iba a hacer era exponerse a las consecuencias de andar firmando una cosa y luego desdecirse, pero por suerte, fui lo bastante convincente y decirle "mira, entiendo perfectamente que no tienes por qué fiarte de mí, pero como sé que en cuanto salgamos por esta puerta vas a llamar a tu abogado para saber cuánto de lo que te hemos dicho es verdad, te agradecería que le preguntaras si lo que te proponemos tiene para ti alguna consecuencia negativa o no. Y si quieres, se lo comentas, si te dice que no hay pegas, quedamos otro día, firmas que el despido ha sido improcedente, mi cliente firma que le has pagado la indemnización, aunque no te la va a pedir, así él cobra el paro y tan amigos".

La verdad es que funcionó, y mi cliente pudo cobrar el paro (aunque por poco tiempo, la verdad, ya que encontró trabajo enseguida, que si una cosa tiene es que es un currante) y no hubo mayores consecuencias. Desde luego fue bastante mejor que haber ido por la vía judicial, donde me temo que nos habríamos pegado una talegada de impresión.

Pero bueno, con una pareja de cuatros también a veces se ganan manos de Poker (y de mus)

lunes, 1 de diciembre de 2008

Memorias de un ex-demandante de empleo. [X]

Y si te portas bien te ofrecemos un trabajo de mileurista: mil euros anuales brutos.

Esta entrada, la verdad, no sabía muy bien si catalogarla en las memorias de ex-abogado o, como he hecho, en las de ex-demandante de empleo, pero como quiera que aquella categoría ya la di por finiquitada, la decisión era fácil.

Y el porqué de la cuestión es debido a la temática, ya que esta entrada se titula:

Despachando despachos.

Había abandonado el despacho de Pedro y todavía quería (animalico) ejercer el noble arte de la abogacía, y una de las vías de búsqueda fue bombardear con mi CV los despachos de abogados de la zona, atender a todos los anuncios en prensa, del tablón de anuncios del Colegio de Bizkaia, y bueno, como es sabido, no acabé trabajando en ninguno. Fueron unos cuántos, la mayoría de los cuales ni respondieron, unos respondieron más o menos pronto, otros respondieron muchos meses más tarde, y a todos les une una nota común: me dijeron que no o les dije que no yo a ellos.

Destacando, podría hablar del despacho 2.0. ¿Por qué lo llamo así? Pues hombre, me citaron para la entrevista y me soltaron el rollo de que eran un despacho recién abierto, que necesitaban a alguien que les echara una mano en los temas (en romano paladino: queremos a alguien que meta más horas que un tonto en el despacho), y que no anduviera anteponiendo temas personales al trabajo (eso sí lo dijeron tal cual) y la frase que lo mató, que ellos en principio no iban a pagar, que su filosofía era no pagar durante los 3 primeros meses hasta ver la valía de la persona. Mi inevitable respuesta fue "me parece muy bien, mi filosofía es no trabajar durante esos 3 primeros meses". Acababa de salir de un despacho donde me intentaron hacer lo mismo, no pensaba saltar de la sartén al fuego. No quería otro "Pedro".

Era la tónica general: "ven, trabaja, pero de cobrar nada", que me hizo optar por la vía propia, pero bueno, cierto es que hubo despachos que me dieron a mí calabazas. Algunos por viejuno "es que buscamos a alguien recién salido de la carrera y tú tienes ya demasiada experiencia para el perfil que buscamos y creemos que poco podríamos aportarte" (Traducción simultánea: Lo que queremos es un pipiolo que nos ponga cafés y haga fotocopias, no un osado que pretenda esquilmar nuestras arcas y vivir de esto). En otros, que sí tenían buena pinta, pues no me cogieron porque simplemente había candidatos mejores, o no les gusté, que también pasa.

Entre los que rechacé, hubo uno que sacó mi parte idealista, más o menos, cuando me convocaron para el proceso de selección de un sindicato, no diré cual, y me especificaron que uno de los requisitos era compartir la ideológía del partido político de ellos, que motivó que rechazara siquiera la entrevista. Por una cuestión muy sencilla; en primer lugar, no me hacía demasiada gracia un trabajo tan politizado, en una actividad, como la abogacía, en la que la autonomía del profesional es clave, hay cosas que no encajan muy bien, y por otro lado, una cuestión de supervivencia laboral; admito que no comparto gran parte del ideario del citado sindicato, y con algunas de sus ideas clave choco frontalmente y, seamos sensatos. Es difícil ocultar eso mucho tiempo, y teniendo en cuenta que "callar" y "ocultar reacciones" no están entre mis mayores virtudes, pues como que no habría durado ni cuatro días allí.

Otra oferta (y cuando digo oferta me refiero a que me llamaran para la entrevista) que, en atención al momento en que llegó, me hizo más gracia que ilusión, fue un despacho, más o menos grande, y que por aquel entonces se anunciaba mucho en el periódico, que me llamó en un par de ocasiones, pero en ambas llegaron tarde. Una fue justo cuando acababa de tomar la decisión de dejar la abogacía, que me llamaron para la entrevista, por inercia les dije que sí, para el mismo día decidir que no iba (prefería llamar por teléfono y decir que no que ir hasta ahí para decir lo mismo, y así les ahorraba media hora, y yo me ahorraba la media hora, más la espera más el ir y el volver).

Lo gracioso del tema es que meses más tarde, estando yo ya en plena vorágine opositora, me llamaron de nuevo, y me di el gustazo de no ya rechazar el trabajo, sino de condicionar mi presencia en la entrevista a que me contaran antes las cosas. Decir al que te llama por teléfono "decidme cuánto es el sueldo y según lo que me digáis os digo si voy a la entrevista o no" suele ser un suicidio, pero dadas las circunstancias (tenía claro que por muy buena que fuera la oferta difícilmente iba a aceptar nada a un mes de examinarme) tan a gusto que me quedé.

Así que entre una cosa y otra, despachos que me rechazaron o despachos que rechacé, acabé poniéndome por mi cuenta y no trabajando en ninguno de ellos. Lo cual, a toro pasado, fue lo mejor que me pudo pasar.

miércoles, 4 de junio de 2008

Memorias de un ex-abogado (XXII)

Como un casa a medio hacer.

Capítulo XXII: Los casos inconclusos

No son graciosos, no son espectaculares, no contienen anécdotas especialmente dignas de mención, o simplemente por razones de secreto profesional no puedo contar nada, pero eran el pan de cada día en la profesión, y una de las cosas que más quemaban.

Individualmente ninguno de ellos era nada especial. Cuando uno ejerce una profesión libneral, asume que cada entrevista, cada llamada, cada cuestión que se nos plantea, puede ser un potencial cliente, o quedar en nada. Pero cada uno es como es, y cada uno los tolera mejor o peor. En mi caso, lo llevaba bastante mal, ya que era una constante incertidumbre, y el no saber si cada nuevo encargo o protoencargo iba a suponer trabajar para nada, era el goteo que al final hace darse cuenta a uno de que ese no es el camino a seguir. No era nada del otro mundo, y antes de empezar lo sabía, pero me sirvió para darme cuenta de que no quería hacer de ello mi vida.

Cuando uno es abogado (o comercial, o fontanero, o tendero) es sana costumbre hacerlo saber, ya que tener clientes es la base del sustento, y por eso se suele dar la tarjeta por doquier. Creo que no dejé a ningún conocido sin mi tarjeta profesional, por algo se llaman de presentación. Y bueno, eso supone que las tarjetas a veces hacen su trabajo, y llegan a conocimiento de quien necesita un abogado.

A veces fue para bien, y me llegaron casos que sí fueron exitosos (los menos) o que al menos me sirvieron para trabajar y ganar algo de dinero, pero la mayoría de las veces eran simples dudas, cuestiones legales, gente que te plantea sus problemas (incluyendo temas tan truculentos como una agresión sexual, o una posible negligencia médica con luctuoso resultado), que dan trabajo y no dan dinero. El más recurrente, el posible cliente que te expone el tema, le dices cuánto podría costarle (o simplemente pedirle más información del asunto) y no vuelve a dar señales de vida. Absolutamente nada que reprochar a nadie, pero quema.

Otro orden de asuntos inconclusos fueron aquellos temas que habiéndolos empezado me vi obligado a derivar por no verme capaz de llevarlos, bien por desconocimiento de la materia, bien por estar ya dejando la profesión, temas que para no llevar al 100% preferí dejar en manos de otros abogados, aunque quede claro que nunca dejé colgado a ningún cliente, y toda derivación que hice fue siempre con el beneplácito de los mismos, y asegurándome de dejarlos en buenas manos, que ya es mejor que lo que habría pasado si hubiese seguido yo con ellos. Puede que lo más cómodo hubiera sido quedarme los asuntos, hacer cualquier chapuza y cobrar la pasta. Aunque, francamente, no habría sido lo más ético.

Al principio de la entrada dije que de éstas no había ninguna especialmente reseñable, pero mentí, pues hay una que recuerdo, que no quedó en nada, pero que es clara prueba de lo jeta que puede llegar a ser la gente. Me sonó un día el teléfono, y era un fulano, que debía de ser amigo de un amigo, a quien en una ocasión yo le había dado mi tarjeta, y el asunto que me exponía era básicamente que tenía que pagar una factura, creo recordar que de Telefónica, y quería saber si tenía alguna fórmula o resquicio para no pagarla. Atónito le pregunté "pero el servicio te lo han prestado satisfactoriamente". Me dijo que sí, pero que si podía librarse prefería no pagar. Lo que no recuerdo es si le colgué el teléfono diréctamente o mandarle (educadamente) al carajo, pero a veces pienso que se habría merecido que le cobrara 500 euros y le embarcara en un absurdo juicio contra la compañía acreedora, por caradura.

Y bueno, con esto concluirían, creo, mis memorias de ex-abogado, en la que he ido narrando los episodios más destacados de una etapa de mi vida que di totalmente por cerrada, pero a la que no puedo negar el mérito de haberme servido para aprender cosas importantes. El libro está cerrado y no me gustó nada, pero es innegable su legado.

Las anécdotas abogadiles, donde hubo violencia, deudas, odios, intrigas y absurdos kafkianos terminan aquí, pero no así mis batallitas, ya que aún queda por contar qué hubo después de la abogacía. Pero como decía Michael Ende, esa es otra historia y tendrá que ser contada en otra ocasión.

jueves, 15 de mayo de 2008

Memorias de un ex-abogado (XXI)

El nuevo cobrador del Frac.

Capítulo XXI: El registro de morosos.

El tema que nos ocupa no es realmente un único caso, ya que viví varios similares, y que probablemente a muchos de los lectores les resultará familiar. Es el caso de las compañías teleoperadoras que, supuestamente, recurren a empresas gestoras de cobros para liquidar deudas.

Previamente debo decir que el perfil de receptor de la carta suele ser un ex-cliente de la operadora, que harto de intentar darse de baja de forma infructuosa (que para darse de baja de ciertos servicios hay que tener mucha paciencia) decidió simplemente dejar de pagar y rechazar los recibos, e incluso en alguna ocasión, alguien que no ha sido en absoluto cliente de dicha compañía.

El procedimiento suele iniciarse cuando el "demandado" recibe una carta amistosa pero amenazante de la gestora de cobros en la que se le informa de que tiene una deuda con determinada empresa (vi muchas de Wanadoo) y que se le ha inscrito en un registro de morosos. También se le indica dónde y cómo tiene que pagar, dando para ello un plazo, generalmente de 10 días a partir de la recepción de la carta, y amenazan con que si no se paga, acudirán a los tribunales, y que las cosas serán peores que si se paga voluntariamente. Todo ello en un lenguaje rimbombante y lleno de tecnicismos legales, a poder ser, que el lector sepa que esta gente sabe lo que se hace. Naturalmente, todo firmado por gente aparentemente importante, con altos cargos en la compañía. Ante todo, que impresione.

La primera reacción del que recibe la carta es posible que sea asustarse. Nunca es agradable recibir amenazas y mucho menos si son amenazas de juicio, ya que la palabra "costas procesales" suele intimidar, y uno ya se ve pagando una millonada en abogados propios y contrarios, y a veces la tentación de "pago esos 200 euros y me olvido" existe. Además, ¿y si por estar en un registro de morosos no me conceden un préstamo el día de mañana?

Pues que nadie se alarme. Esas cartas son faroles como soles, que no van a ninguna parte. Las empresas gestoras de cobros, al menos con las que yo he lidiado (especialmente Gespand Abogados, y Asnef-Equifax) son unas chapuceras de cuidado, y sus cartas deben ser tomadas en la misma consideración que un monólogo del Club de la Comedia.

En primer lugar por las temidas costas. No existen, son mentira. Bueno, no es que no existan, pero por la cuantía que se suele reclamar, inferior casi siempre a 900 euros, el tipo de procedimiento es uno en el que por ley no hay costas, y ellos lo saben, es un farol.

En segundo lugar, porque son una panda de chapuceros. Primero, por mandar una reclamación por escrito por correo ordinario. No tienen la decencia de mandarlo por correo certificado, cuando la medida más elemental a la hora de mandar un requerimiento formal es asegurarte de que el requerido lo recibe y lo puedes demostrar. Eso le quita bastante rigor a su "diez días desde que recibe la carta".
Chapuceros porque gestionan bases de datos, y cada vez que la operadora cambia de manos (algo no muy raro en Internet) vuelven a dar la murga de forma indiscriminada, y chapuceros también porque es imposible contactar con ellos. En la carta venían un par de números de teléfono, a los que intenté, en vano, de llamar, ya que siempre me salía el contestador, y desistí cuando tras escuchar por tercera vez en la grabación "por favor llame de 10:00 a 14:00", y eran las 11 de la mañana.

Así que la única forma de comunicarse con ellos es por escrito, y así lo hice cuando vinieron a dar la matraca a uno de mis clientes, el cual había sido cliente de la operadora, sí, y que harto de que no le funcionara el Internet, y de quejarse sin respuesta, se dio de baja, y le seguían llegando recibos, que como es normal, rechazaba. La carta que les envié no la recuerdo exactamente, pero sí recuerdo que venía a decir, y traduzco del legalés al español llano (que es otra forma de llamar al castellano) algo tal que "A ver, salaos, mi cliente no os debe absolutamente nada, vuestras amenazas nos las pasamos por debajo de la pata, y como tengáis los santos cojones de meter una demanda, el que os va a demandar soy yo, por lo que sí cobrasteis y no disteis. Por cierto, ya estáis quitando a mi cliente de ese registro de chichinabo pero ya, o la tenemos". Y funcionó, porque no volvieron a dar señales de vida.

De todas formas, la experiencia me dice que lo mejor es ignorarles por completo, y aunque de cuando en cuando manden oleadas de cartas, es papel que no llegará a ninguna parte. Además, aunque realmente algún día les diera por cumplir sus vacuas amenazas, lo peor que podría pasar es tener que reclamar lo que exigen, ni un céntimo más.

Y por terminar, en cuanto al registro de morosos, pues sin miedo. Técnicamente un registro de ésos no certifica que A le deba dinero a B, sino que certifica que B dice que A le debe dinero, lo cual es técnicamente cierto, y en consecuencia los bancos se pasan por la epiglotis determinadas "deudas" que ahí aparecen.

Mi consejo: si os llega alguna carta de éstas no os asustéis, no va a pasar nada. Ladran y no muerden. Van de farol y lo saben, y su jugada es pedir a todos que alguno colará. Echad unas risas, y si queréis guardad la carta por si acaso.

jueves, 8 de mayo de 2008

Memorias de un ex-abogado (XX)

Casino no, pero furcias... unas cuántas.

Capítulo XX: El proxeneta.

Nunca una doble X fue un número tan bien traído, en atención a la temática que nos ocupa, en una entrada breve, pero de alto contenido sexual (por eso la publico a estas horas, para que no la lean los niños).

El cliente, en esta ocasión, era el propietario de un inmueble, que tenía alquilado, como vivienda, a un tal Nicanor.

Los problemas empezaron cuando se destapó la verdadera finalidad con que Nicanor había arrendado la vivienda, que no era otra que la de montar un lupanar, en el más literal de los sentidos. Obviamente, aquello era causa de resolución de contrato, ya que "vivienda personal" no es sinónimo de "prostíbulo", aparte de que estar a malas con los copropietarios del inmueble no es plato de gusto, así que comenzó el proceso judicial.

Lo mejor de todo era leer la contestación a la demanda, con una historia rocambolesca, que venía a decir algo así:

"Yo trabajo en Vitoria, con lo cual entre semana apenas paso por casa, y la que se queda es mi mujer (su "mujer" era una chica boliviana de escasos 20 años), que como se siente sola, entre semana suele quedar con sus amigas, que se suelen quedar a dormir en casa, y a veces se llevan a sus novios (que son señores de 50, barrigones y calvos, mito erótico para cualquier veinteañera)".

No explicaba por qué había un datáfono para pasar la Visa en el mostrador, lo cual es una pena, porque habría sido divertido. La pena es que el tal Nicanor no se presentó al juicio (con lo que obviamente se ganó) yá que habría sido tronchante escuchar su versión en directo.

lunes, 21 de abril de 2008

Memorias de un ex-abogado (XIX)

El juez más rápido a este lado del Nervión

Capítulo XIX: El caso de Billy el rápido

Este tema, en el que me tocó trabajar cuando aún era un pasante en el despacho de D. Giuseppe, tiene el honor de ser el primer asunto en el que metí mano siendo abogado colegiado, aunque con el tema ya empezado. Pero vamos al principio, que es la mejor forma de contar las historias.

Érase que se era un cliente de nuestro despacho, que tenía una empresa dedicada al ramo de la construcción, a la que llamaremos "Construcciones SA", y una empresa, "Talleres Pepe S.L.", que no quería pagar a Construcciones SA unos trabajos que se le habían hecho en el taller, unas obras de acondicionamiento de local, de bastante envergadura.

El dueño del taller, un hombre de bastante dinero y amplias facciones faciales, a quien por mor del secreto profesional me referiré como Sr. Jeta, alegaba una serie de circunstancias, a cual más disparatada, y su versión podía resumirse en:

"Talleres Pepe es una empresa con la que no me une ningún vínculo, excepto que el local en el que trabajan es mío y yo se lo alquilo, y las obras de las que me hablan las encargué yo como dueño del local, no como administrador de la empresa." (Nótese que el contrato de alquiler que presentaban era de 50 euros al mes por una lonja de 900 metros en Neguri)

Aunque pueda parecerlo no me he explicado mal. El señor Jeta era, además de dueño del local, administrador único de "Talleres Pepe", y la razón de tan peregrino argumento era que quería ser él el demandado a título personal, para así poder reconvenir y plantear una deuda que él decía que Construcciones SA tenía con él. (Reconvenir, aclaro, es responder a una demanda con otra. Así, una reconvención es que A reclame a B 100 euros por unos daños y B le responda que es A quien le debe 200 por otros daños, con lo que se solventarían ambas cuestiones en un mismo juicio)

Eso no era especialmente propicio para nuestros intereses, con lo que tras una amena lucha de escritos y contraescritos, lanzando artículos y jurisprudencia, en lo que Giuseppe definía como "esgrima procesal", y en la que conseguimos que el demandaod fuera Talleres Pepe y no el Señor Jeta.

Llega la audiencia previa, que es una especie de "pre-juicio" (que no prejuicio) en la que el abogado de la parte demandada (suplente él) se muestra extremadamente inseguro y no consigue articular las frases con coherencia, y cada intento de irse por la tangente es severamente cortado por el juez (un andaluz saleroso, no muy mayor) dejando buenas impresiones para el juicio (buenas para nosotros, claro)

Llega el juicio, y la cosa tiene buena pinta, aunque el juez, con complejo de starplayer, decidido a acaparar el protagonismo de la función, se dedica a interrogar él a los testigos y partes (cosa técnicamente legal pero no muy ortodoxa) y en fin, la cosa va bien, con el abogado de la otra parte soltando tontería tras tontería, con cosas que no tenían nada que ver con el tema que nos asistía (incluso empezó a hablar, y no es coña, de un supuesto atentado con bomba contra Talleres Pepe) y flagrantes contradicciones y absurdos argumentos, siendo el más jocoso lo que soltó cuando se le pilló en evidente renuncio:

Giuseppe: Ustedes me traen como prueba una supuesta contabilidad, en la que en el mismo ejercicio hay asientos en pesetas y en euros, y eso es imposible, ya que en contabilidad hay una norma básica y es que todos los asientos tienen que ir en la misma moneda, ¿no será que esta contabilidad está falseada?
Abogado del Sr. Jeta: Eso no me pregunte, será cosa del informático, que es el que hizo el cierre contable. (Al oír semejante anacoluto toda la sala, juez incluido tuvo que hacer esfuerzos para no retorcerse en su asiento)

Eso, junto con testigos que afirmaban ser amigos del Sr. Jeta para segundos después decir que únicamente tenían una relación profesional, documentos cuando menos oscuros y un amago de alegato surrealista que era rápidamente cortado por el juez, daban la impresión de que iba a ser una victoria fácil.

A la mañana siguiente me llama Giuseppe para informarme de que nos han desestimado y que han dado la razón a la otra parte, en una sentencia de menos de 4 páginas que podría resumirse en "le damos la razón a la otra parte porque sí, en todo".

Interpusimos el recurso contra tan delirante sentencia, pero por desgracia, a quien poco dice poco se le puede rebatir, y tuvimos que mordernos diversas partes de nuestra anatomía cuando la respuesta de la Audiencia Provincial no fue otra que el esperado "si el juez lo dice será por algo, así que a aguantarse" (bueno, lo ponía en términos jurídicos, pero se trata de acercar la narración al lector lego).

Afortunadamente, hay historias que tienen un final feliz. La pretensión de D. Jeta en el juicio había sido que Talleres Pepe no debía nada a Construcciones SA, pero nada se decía en aquella sentencia de que lo debiera D. Jeta (con lo que no se entraba en la excepción de cosa juzgada), y cuando se celebró el correspondiente juicio, un juez sin tanta alma de pistolero dictaminó que "usted, Señor Jeta reconoció haber encargado esas obras, así que ahora, páguelas".

Y pagó ^_^

martes, 11 de marzo de 2008

Memorias de un ex-abogado (XVIII)

Nada que ver con la televisión.

Capítulo XVIII: En la cárcel

Esta entrada, que escribo a petición popular, será la menos gamberra de mis memorias, puesto que la temática sobre la que versa es algo más serio que lo habitual.

Data de los tiempos en los que yo, recién colegiado, compartía despacho con el innnombrable, y uno de los asuntos que tenía entre manos era el de un hombre, llamémosle Federico, que estaba en prisión provisional y a la espera de juicio. El delito creo que da lo mismo.

Pedro me contó que tenía que visitar a su cliente (pues era un cliente suyo) y me propuso acompañarle, y yo, ávido de aprender cosas nuevas en mi recién iniciada carrera profesional, acepté.

Así pues, fui al Colegio de Abogados, con mi flamante nuevo carné de colegiado, para que nos facilitaran los papeles para poder entrar (y sobre todo salir) en el centro penitenciario, y ya con los papeles nos fuimos hacia Basauri.

Ya desde fuera el sitio resultaba bastante gris y deprimente, y una vez dentro, la atmósfera opresiva se deja notar, y aunque no llegas a acceder a los módulos donde están los presos, y pese a lo que salga en algunas películas, las celdas no las visita el abogado sino que hay unas salas habilitadas para eso, donde puedes hablar con el recluso a través de un ventanuco.

Y de la entrevista, en la que yo no intervine, me quedo con el mal cuerpo que me dejó la misma, ver al pobre Federico, la desesperación en sus ojos y el auténtico sufrimiento, que confirmó la idea que yo ya tenía preconcebida de la cárcel, que eso no es precisamente un hotel. Mal cuerpo que dejaba el pensar "si a mí, que me voy a ir de aquí y voy a salir por la puerta en cuanto termine la entrevista me resulta deprimente, no quiero ni imaginar cómo le tiene que sentar a Federico, que sabe que tiene que quedarse".

Lo peor era la duda que generaba la entrevista. Y o sus ojos mentían muy bien, o tengo mis serias dudas de que fuera culpable. La duda, y el no saber qué fue de él, ya que al irme del despacho de Pedro perdí por completo la pista a todos sus asuntos.

Esta entrada no pretende ser ningún alegato anticarcelario, pero sí me gustaría invitar a la reflexión a quien alegremente pide penas de cárcel y habla de lo barato que resulta delinquir.

domingo, 3 de febrero de 2008

Memorias de un ex-abogado (XVIII)

¿Cómorl?

Capítulo XVIII: El pasado llama a la puerta

Este no es un capítulo al uso de mis memorias, ya que no narra nada sucedido durante mi periodo de picapleitos, pero dadas sus posibles connotaciones legales, me ha parecido correcto aplicarle esta etiqueta, ya que es un tema que dará que hablar, que puede acabar en juicio, y en fin, porque prefiero tomarmelo a cachondeo que amargarme al respecto.

Corría el año 2008 (este jueves, para ser exactos) cuando Baldrick y yo firmamos el contrato de alquiler del piso, y nada más firmar la comercial de la inmobiliaria nos comentó nosequé de una factura (será la factura del propio contrato de alquiler, pensé) pero el viernes me volvió a llamar por teléfono, y reiteró lo de la factura. Yo ya me empezaba a oler de qué iba la jugada y como prefería hablar el asunto cara a cara y además me pillaba en el curro y no me apetecía discutir por teléfono le dije que ya lo hablaríamos en otro momento.

De inmediato llamé al casero para preguntarle si los de la inmobiliaria les habían cobrado algo en concepto de gastos, y me dijo que no, de hecho me dijo "los de la inmobiliaria nos dijeron claramente que la comisión la pagaban los inquilinos". A-há, primera noticia que tengo de eso, puesto que en ningún momento antes nos habían dicho nada de que la comisión la tuviéramos que pagar nosotros, no de cuánto es la comisión. Al oir aquello el propio casero me dijo, "no seáis tontos y que no os tomen el pelo, y si hace falta rompemos el contrato que tenemos con papel de la inmobiliaria y lo redactamos en folios normales". Saber que el casero está de nuestro lado, siempre es un alivio.

Siguiendo con el tema, ayer a la mañana me volvió a llamar la de la inmobiliaria, a repetir lo de la factura, a lo que le pregunté "ya, ¿y de cuánto estamos hablando?", a lo que me respondió que 1.000 euros más IVA, con la consiguiente discusión, en la que le terminé colgando el teléfono y cuando me volvió a llamar le dije "o te callas y me escuchas o te vuelvo a cortar", y ahí ya le pude reprender su actitud, dado que el proceder de la inmobiliaria ha sido totalmente impresentable. si pretenden cobrar unos gastos y cobrarnoslos a nosotros, lo veo muy legítimo, pero lo que no pueden pretender es ir a lo zorro y al final del todo decir "ah, no comenté nada pero me tienes que dar 1.000 euros". Así no se hacen las cosas.

Yo entiendo que han hecho un trabajo, lo han hecho bien, y lo justo es que cobren, pero no que me anden con chapuzas y juego bajo. Así que si pretenden que les pague esa cantidad, que se pasen por el Juzgado de 1ª Instancia más próximo y que sea lo que tenga que ser.

Pero le van a tomar el pelo a su tía la del pueblo.

jueves, 10 de enero de 2008

Memorias de un ex-abogado (XVII)

Grabación de las cámaras de seguridad

Capítulo XVII: El señor Isidoro (II)

El otro día comencé a hablar del señor Isidoro y del tema de las humedades en su local, así como adelantaba que no era éste el único asunto en el que me hizo trabajar.

Un día que me reuní con él (una de las múltiples veces) me comentó que una empresa rival se estaba dedicando a hacerle la competencia de forma bastante desleal, en un local que aparentemente no estaba debidamente habilitado, y no tenía la licencia de actividad, y claro, quería tumbar ese negocio rival, y lo que tocaba era ir al Ayuntamiento a lidiar con funcionarios para ver el expediente y hacer las pertinentes averiguaciones.

Del aquello me limitaré a decir que no fueron pocas mis idas y venidas al Ayuntamiento, y no menos mis horas de empollarme leyes, expedientes y redactar toneladas de escritos y recursos.

No recuerdo muy bien la cronología exacta de los hechos, pero sí que Isidoro me comentó que tenía interés en ver el expediente completo, obrante en el Ayuntamiento, dado que él decía entender bastante de planos y obras, y a su juicio el local de marras no era apto de ninguna manera para la actividad en cuestión, y la licencia se podía tumbar sin problema. No fue fácil obtener la copia íntegra del expediente, pero al final, y pese a la tardanza, se consiguió, de eso me acuerdo.

Pero hubo ciertos detalles que comenzaron a deteriorar la relación abogado-cliente. El tiempo transcurría y las cosas estaban quedando un poco paralizadas. No por mi parte, sino por parte de Isidoro, que no me hacía mucho caso a las cosas que le decía (no fueron pocas las veces que le dije que era aconsejable que nos reuniéramos con el dueño del gimnasio y su abogado, pero que buscara él una fecha que le viniera bien, que el cliente era él, y a él le tenía que venir bien, y me decía sí a todo pero luego no hacía nada) y me iba enterando de algunos de sus pufos y agujeros, y las cartas de la comunidad de propietario reclamando deudas se iban sucediendo, algunas ya en forma de demandas. Pero lo que colmó el vaso fue un día que me comentó un nuevo asunto...

Un asunto de algo de unos alquileres, que "antes me lo llevaba otro abogado, y creo que le debía algo, que no le llegué a pagar".

Esto hizo que saltaran todas las alarmas. Tenía muy fresco el incidente con Doña Gregoria, y un cliente moroso era lo último que necesitaba, así que lo primero que hice fue decirle "mira, esto no va a afectar a los otros temas que te llevo, pero en este asunto, hasta que no pagues a tu anterior abogado todo lo que le debes yo no muevo un dedo". Isidoro al principio no decía nada, y por supuesto todo era un "tranquilo, que yo le pago, y realmente es poca cosa, lo que falta por pagar es algún reajuste, algún IVA, pero tranquilo que yo le pago".

Hablé con el citado abogado, llamémosle Alfonso, quien además resulta que había sido compañero de promoción de D. Giuseppe, y con quien tenía bastante buena relación, y el propio Giuseppe me confirmó que Alfonso era de fiar, y éste, Alfonso, me explicó que Isidoro era un pájaro de cuidado, que lo que le debía era una cantidad importante de dinero, y que no era la clase de persona que se había hecho rica pagando facturas, y que pedirle aquella provisión de fondos era lo más sensato que había podido hacer, y que tuviera por seguro que ése era todo el dinero que yo iba a recibir por parte de Isidoro.

Alfonso me comentó que tenía pensado emprender acciones legales contra Isidoro, y me preguntó si yo pensaba intervenir, y obviamente, con todo el Gregoriagate, lo último que yo iba a hacer sería pleitear contra un compañero de profesión. Me limité a estudiar las minutas de Alfonso, y cuando vi que, pese a las protestas de Isidoro, eran las adecuadas, requerir a éste para que las pagara, pues esa era mi obligación como abogado.

Eso terminó de deteriorar las relaciones, quebrándose un elemento principal como es la confianza cliente-abogado (huelga decir que yo no me fiaba ya un pelo de mi cliente) y áunque yo estaba dispuesto a seguir con los temas que ya había empezado, por complicados que fueran, pero la dejadez de Isidoro me vino muy bien para librarme de ellos, ya que la última comunicación que tuve con él fue la carta en la que le mandé el mencionado expediente, pidiendole que una vez estudiado me lo enviara, quedando en que me llamaría él.

No volvió a dar señales de vida, y de esto hace ya 2 años. Y lo último que supe del asunto fue hace un año cuando Alfonso me llamó para informarme que finalmente había decidido demandar a Isidoro, y que por cortesía profesional estaba obligado a avisarme. Y también aprovechó para felicitarme por haberme liado del cliente.

De todas formas, en defensa de Isidoro diré que no es que fuera un mal tipo, simplemente un huevón y un negligente, pasota tanto para pagar las deudas como para cobrarlas.

martes, 8 de enero de 2008

Memorias de un ex-abogado (XVI)

Quiero demandar al perro de vecino por acoso.

Capítulo XVI: El señor Isidoro

El Sr. Isidoro (cuyo nombre obviamente es otro) fue un pintoresco cliente de ésos que me busqué, bastante pintoresco (muy simpático, eso sí), y con el que me alegro bastante de haber tomado ciertas precauciones, como haber pedido el dinero por adelantado.

Empezando desde el principio.

Trabé contacto con Isidoro por medio de una ex-compañera de estudios, que se había pasado al mundo de la banca privada, y el tal Isidoro era cliente suyo en el banco, y un día me comentó que le había hablado de cierto problema que tenía con su comunidad de vecinos, a cuenta de unas humedades que le habían dejado el local del negocio que tenía en el bajo hecha unos zorros.

Por lo visto, el sistema de desagüe del portal no funcionaba como era debido, y ya había dado problemas anteriormente, anteriormente había inundado un gimnasio que había en una lonja anexa y la cosa había ido a juicio, dandole la razón la sentencia al gimnasio. Por lo tanto, el asunto parecía fácil.

Nos reunimos con Isidoro, nos expuso el tema, y haciendo cálculos, le hicimos una previsión de gastos, solo que esta vez sí tuve la precaución de pedirle una provisión de fondos (la pasta por adelantado, dicho en cristiano), y pagó sin rechistar.

Del caso de las humedades en sí, podría narrar las horas buscando jurisprudencia, preparando un borrador de demanda, estudiando el expediente del otro juicio, las conversaciones con el abogado del gimnasio, el dueño del gimnasio, la administradora de la comunidad, el abogado de la comunidad (un tipo simpático pero bastante liante, y con quien el azar me hizo coincidir en un curso del Colegio de Abogados), idas y venidas a su lonja...

La cosa quedó en el aire, ya que, entre otras cosas, Isidoro no se terminaba a animar a lanzar la demanda, dicho sea de paso porque, como me enteré más tarde, él debía unos cuántos meses (como más de 20) a la comunidad en concepto de cuotas, y también andaba en juicios por este concepto, y su intención era compensar la deuda que él tenía con los daños que habían provocado las filtraciones de aguas.

Un asunto bastante normal, rozando lo psicodélico a veces, pero cotidiano en el mundo de la abogacía. Posturas encontradas y alguien que se encabezona (¿de qué me sonará un copropietario que se encabezona contra la comunidad de vecinos?)

La cosa era bien simple. Unas filtraciones habían provocado unos daños en su negocio, y en el pasado en el gimnasio. El gimnasio había llevado a juicio a la comunidad y lo había ganado (aunque andaban en recursos y ejecuciones) y el séñor Isidoro, al olor de las sardinas, quería, legítimamente, que la comunidad se hiciera cargo. Razón tenía, sí pero claro, prefiere tomarse las cosas por su mano e impagar alegremente las cuotas. Y además, al hablar con la comunidad me entero de cosas como que se había tratado el tema en las reuniones y él o pasaba de las reuniones o se negaba a solucionar el tema civilizadamente.

El tema se complicaba, pero la parte graciosa consiste en que no es el único tema que llevé a Isidoro, y tampoco el más frustrante. Pero mañana sigo, que no conviene hacer entradas demasiado largas, y sé lo mucho que gusta a los lectores que les deje en ascuas >:]

martes, 27 de noviembre de 2007

Memorias de un ex-abogado (XV)

El tío Vázquez, creando escuela.

Capítulo XV: El ex-empleado moroso

.Al antagonista de esta historia, al que llamaré Vázquez le conocí cuando siendo él empleado de uno de mis clientes, su madre recurrió a mí por un tema de una herencia, que al final quedó en nada, en una consulta de una mañana por la que yo no vi un solo euro. Nada que objetar hasta aquí, pues no era yo de esos abogados que cobran por preguntar. Me planteó un tema, le di un precio y no le interesó, hasta aquí todo correcto. 

Un tiempo más tarde, mi cliente me llamó porque tenía una cuestión que resolver con el tal Vázquez, quien ya no trabajaba ahí, pero había recurrido a los servicios de mi cliente y tenían, por lo que le entendí, una cuestión respecto al precio. Como casualmente yo estaba en aquel momento cerca del lugar, me acerqué, y cuando llegué presencié la discusión entre mi cliente y Vázquez, en la que él le decía a mi cliente "haz lo que te dé la gana, que yo no te pienso pagar". Cuando me vio aparecer por ahí Vázquez me dijo, de forma bastante grosera "y tú quién eres" y cuando me identifiqué y le dije que solo quería mediar, pareció acordarse, supongo que al oir mi nombre, y dijo "ah, sí, el abogaducho que le quería estafar a mi madre". Eso me tocó bastante las narices, sobre todo porque, aparte de que en ningún momento le pedí ni un duro, simplemente le hice un presupuesto orientativo, sin contar con que me tomé la molestia de indicarle qué procedimiento tenía que seguir caso de querer hacerlo por su cuenta, las maneras totalmente barriobajeras e impertinentes me tocaron el ego. Así que me limité a callarme y cuando se fue, las palabras que le dije a mi cliente se parecieron bastante a "a por él, esto es personal, me voy a encargar de que este tipejo te pague todo lo que te debe y no te preocupes que este tema no te lo cobro. Me ha tocado las narices".

La técnica de los monitorios me había funcionado bastante bien hasta la fecha (casos de Doña Gregoria o aquel Restaurante) con lo que nos pusimos manos a la obra. si contesta nos vemos las caras y si no, a pasar por caja. Vázquez parecía que no nos iba a poner las cosas fáciles, puesto que se tomó la molestia de formular un escrito de oposición, aunque una simple lectura delataba que ese escrito no lo había redactado un abogado, ni tan siquiera alguien con un mínimo conocimiento de leyes, ya que alegaba argumentos bastante endebles y el lenguaje era muy... poco jurídico. Con lo cual, o lo había hecho él o si lo había hecho un abogado sería uno de la talla de mi ex-compañero Pedro, lo menos. Pero bueno, pese a la falta de abogado, con eso ya era suficiente para tener que ir a juicio y, aunque contábamos con ventaja, nunca hay que subestimar el poder del Caos reptante con toga que son algunos jueces, así que había que preparar el tema a conciencia. 

Para cuando llegó el juicio yo ya hacía tiempo que había dejado la profesión, y estaba metido de lleno en las oposiciones, pero a este tema le tenía especiales ganas, y como me había comprometido a llevarlo sin cobrarle no me parecía correcto derivarle el tema a un compañero quien, por supuesto, tendría todo el derecho del mundo a cobrar sus honorarios, así que me lo planteé como una despedida del mundo de la abogacía. Y quería que fuera por la puerta grande. Preparé todo a conciencia; las preguntas, las posibles respuestas, los argumentos, un testigo (el otro empleado del negocio, que fue quien realizó los trabajos impagados), la declaración del cliente... la cosa estaba a priori muy fácil. Todo parece mejorar cuando llegamos al Juzgado (¿habrá cogido un abogado aúltima hora?) y vemos que llega la hora de la vista y Vázquez no aparece. Pero no había lugar para la tranquilidad, ya que el juicio anterior al nuestro se estaba retrasando, con lo que a Vázquez le valía con aparecer antes de que ese juicio terminara. Los minutos avanzaban lentamente y se hacían eternos, pensando que Vázquez aparecería en cualquier momento. 

Pero no, no se dignó en aparecer, así que entramos nosotros solos en la sala (en los juicios civiles cuando una de las partes no se presenta el juicio se celebra igual, solo que la parte que no comparece pierde su opción de declarar e interrogar testigos, es lo que se conoce como Juicio en Rebeldía). Una vez en la sala, antes de comenzar con el juicio propiamente dicho, y para mi estupefacción, la juez nos informa de que Vázquez había ingresado en la cuenta del Juzgado la cantidad reclamada, dinero que podríamos pasar a recoger en cualquier momento. Estupefactos nos dejó aquello, y recuerdo que "Señoría, ojalá fuera siempre así de fácil" serían las últimas palabras que yo diría a un juez siendo abogado.

jueves, 22 de noviembre de 2007

Memorias de un ex-abogado (XIV)


Al menos ésta no se queda dormida en el juicio

Capítulo XIV: El caso del taxista (III)- La Sentencia

No me había dejado con muy buen sabor de boca el juicio, pero como dijo Julio César, "alea jacta est" y ya poco había en mi mano que no fuera esperar a la sentencia.

Y no hubo que esperar mucho. Dicen que la justicia en este país es lenta. Pues a veces es jodidamente rápida, y las malas noticias siempre van rápidas. En efecto, el juicio fue tal que un viernes 4 de noviembre y la sentencia fue publicada con fecha... ¡5 de noviembre!

Y qué sentencia... Sobre el papel no era especialmente desfavorable, ya que venía a decir que la pelea había sido culpa de las dos partes, con lo que condenaba a una semana de arresto domiciliario a cada uno, lo cual era el menor de los problemas. Lo malo es que la sentencia daba como válida la tesis de que las lesiones las había provocado mi cliente y que la moto la había tirado él, dejando una puerta abierta a que la contraparte, que había reservado las acciones civiles metiera la demanda. Y con esa chapuza de sentencia, de 4 miserables páginas, lo tenían a huevo.

La sentencia era un auténtico despropósito, y se notaba que el juez se había dedicado a pensar en las musarañas durante la vista, ya que decía cosas que no tenían nada que ver con lo manifestado en el juicio e incluso decía algunas que contradecían claramente lo sucedido, no ya en el lugar de autos (y nunca mejor dicho) sino en el propio Juzgado. Está claro que el juez y yo no habíamos estado en el mismo juicio.

Habría entendido que el juez hubiera dicho "el acusado miente, los testigos también mienten y su abogado no dice más que tonterías, así que condena al canto". Me habría jodido pero lo habría entendido.

Lo que me parecía menos comprensible es que el juez, al estilo de Homer Simpson, no debió de divertirle el juicio, y como se aburría se inventó su propio juicio, por lo que la sentencia era un ejercicio de literatura creativa, una suerte de fanfic que ponía en boca del acusado cosas que él no había dicho, y soltando perlas como “de forma eufemística admitió haber `interceptado`, artificio lingüístico para justificar el haberla golpeado hasta que cayó al suelo” (que alguien le dé un diccionario a este tipo) También hacía lo propio con los testigos, obviando en la sentencia cosas fundamentales que habían dicho (según la sentencia la testigo vio que el taxista conducía con una mano mientras agarraba con la otra el pelo de la motera, cuando lo que ella dijo fue que iba con ambas manos al volante) y lo más sangrante, afirmar que alegué, “de forma velada”, la atenuante de legítima defensa, cosa que me dejó a cuadros, ya que en ningún momento dijimos nada ni remotamente parecido. (Mayormente porque negué una y otra vez que él la hubiera golpeado)

Si a eso le sumamos que en la sentencia dejaba muchas cosas sin aclarar, pero dandolas por hechas, nos dejaba con el culo judicialmente al aire, y básicamente la cosa quedaba así: habría un juicio posterior en el que ellos podrían decir "me debe dinero porque me ha provocado unas lesiones y me ha jodido la moto, tengo esta sentencia que así lo dice. La parte dolorosa es que la sentencia no explicaba la relación causa-efecto, ni quería entrar en ello, ya que "eso es materia de otro juicio" y el segundo juicio no admitiría discusiones al respecto, dado que "ya hay una sentencia que explica eso" Así que la negligencia de aquel juez, para quien mi juicio solo era uno de los 5-6 que tenía esa mañana, nos derrumbó por completo.

La sentencia fue recurrida, pero al no tener forma de demostrar que el juez se había fumado el juicio, nos la desestimaron, con una bonita resolución cortapegada por la Audiencia Provincial, que como era de prever, plantó su cortapega de desestimación genérica sin hacer ni puñetero caso a mi recurso de 10 folios, y eso que tardaron (como es habitual) más de un año en resolver.

La última noticia que tuve del tema fue cuando el abogado de la otra parte, un tipo simpático pero que había visto demasiados capítulos de Matlock, me llamó (año y pico después) para decir que pensaban pedir el oro y el moro, con unas peticiones totalmente desorbitadas, aunque para aquel entonces yo ya me había desvinculado del mundo de la abogacía y había dejado el asunto en manos de otro compañero.

Huelga decir que cosas como ésta fueron las que me hicieron perder la ilusión por la abogacía.

martes, 20 de noviembre de 2007

Memorias de un ex-abogado (XIII)

Ay, torito, qué guapo me he puesto para el juicio. Sin limón ni nada.

Capítulo XIII: El caso del taxista (II) - El juicio

Lo había dejado en vísperas del juicio, y el día antes del mismo vi que no iba a bailar solo, sino que la contraparte había decidido presentarse también con abogado, solo que había esperado al último día para notificarlo (todo legal) pero bueno, en esta profesión era consciente de que me iba a tocar muchas veces enfrentarme a otros letrados, y alguna tenía que ser la primera (aunque tenía la experiencia del asunto aquel del ordenador, donde la otra parte también había acudido con asistencia letrada)

Round 1, fight!

Comenzaba el tema con la previa manifestación de la otra parte de que iba a reservarse las acciones civiles para el futuro (dicho en castellano: hoy discutimos la pelea, el tema de la indemnización lo dejamos para otro juicio) la cosa trraería tela.

También digno de mención que intentara aportar como prueba una bolsa con pelo, que supuestamente era el que el taxista le había arrancado a la motera, y que el juez desestimó de forma tajante (sólo le faltó decirle al otro abogado que se metiera esa bolsa por.. los pliegues de la toga.

Luego vinieron las declaraciones de las partes. Primero declaraba la denunciante: una macarra de Otxarkoaga que daba terror al miedo y que tenía pinta de desayunar clones de Chuck Norris, quien declaró, con su aire chulesco, toda la ristra de mentiras que había planteado en su denuncia, aunque el juez la miraba con cara de no estarse creyendo ni la mitad.

Tras ella declaró mi cliente, quien ignorando las indicaciones que yo le había dado, entró totalmente en el juego del otro abogado y llegó a soltar perlas del estilo "igual sí la amenacé un poco para que dejara de pegarme" O_o "

-Señoría, pido la venia para golpear a mi defendido con la banqueta- tuve ganas de decir en ese momento.

Tras él tocaban los testigos. El testigo de la motorista macarra no supuso ningún problema, ya que su testimonio era menos creíble que el guión de "Al salir de Clase" y saber que podía caerle una buena si se demostraba que mentía en un juicio le hizo ser bastante poco hablador.

Luego llegaron mis testigos...

Todas y cada una de las veces que hablé con ellos me dijeron y recalcaron que habían visto claramente cómo era la motera la que había agredido al taxista y que éste no había hecho nada, y yo les había dicho "en el juicio quiero que digáis exactamente eso que me acabáis de decir a mí", e incluso el día anterior al juicio quedé con ellos para repasar lo sucedido.

Pero nada, puede ser que fuera el miedo escénico, puede ser que les entrara la vena creativa, o que se pensaran que aquello era una partida de rol en vivo, pero el caso es que se empezaron a salir del guión y a decir cosas que no tenían nada que ver con lo que me habían dicho a mí, añadiendo detalles irrelevantes a la trama y omitiendo cosas fundamentales, mientras yo miraba estupefacto. Para más añadidura, cada vez que yo intentaba preguntar a los testigos si la moto la había tirado el taxista o la motorista, el juez me cortaba, diciendo que como las acciones civiles se habían reservado para futuro, eso era irrelevante.

Pasado el trámite de los testigos (que si lo sé me los dejo en casa) tocaban las concluisones, el speech final, y aquí debo admitir que el otro abogado, más experimentado que yo, anduvo bastante hábil, y aunque soltó alguna que otra tontería, lo hizo sin duda mejor que yo.

Cuando me tocó el turno, yo estaba que apenas era capaz de mantener la compostura, y curiosamente, yo que no soy una persona de dicción especialmente comprensible (y probablemente tendría bastantes papeletas para protagonizar una película sobre la vida de Antonio Ozores) cuando me pongo nervioso vocalizo bastante bien, y se me entendía perfectamente lo que decía (soy raro hasta para eso)

Pero ni mi perfecta dicción (y lo digo sin un ápice de ironía), ni lo estudiado de mi discurso parecían interesar al juez, que cuando yo empecé a hablar estaba mirando al techo, pasando de todo. Naturalmente aquello me descolocó bastante, y me desmontó totalmente, y si a ello le sumamos que cada vez que yo hablaba de la moto el juez, al más puro estilo juancarlista, me cortaba, aquello me terminó de matar, y el discurso que tantas veces había ensayado acabó convertido en un churro.

Y como esto se está alargando demasiado, dejo la sentencia para una entrada futura, que también tiene su miga.

viernes, 16 de noviembre de 2007

Memorias de un ex-abogado (XII)

¡Abogadoo, abogadooo, sé que estás ahí!!

Capítulo XII: El caso del taxista

Recuerdo este caso como una de las experiencias más desagradables de mi efímera carrera, puesto que para todo hay una primera vez, y siempre hay una primera derrota.

Mi cliente en este caso era un taxista, que había tenido una trifulca con una motera buscabroncas y ésta le había denunciado, ya que le culpaba de que le había destrozado la moto y le había provocado lesiones importantes. Y todo esto el día de su cumpleaños.

Me reuní con el cliente, para que me contara lo sucedido, y así lo hizo, y también me dijo que tenía los datos los dos ocupantes del taxi en el momento de la pelea, que se habían ofrecido a asistir como testigos al juicio.

Manos a la obra, era mi primer asunto ante los tribunales y quería hacer bien las cosas, así que interpuse la correspondiente denuncia contra la motera y a reunirme con los testigos, quienes me confirmaron que, efectivamente, la motera fue quien inició la pelea y que el taxista lo único que hizo fue defenderse, que le insultó y empezó a soltar manotazos a través de la ventanilla, y que luego se puso más furiosa, dejó caer la moto al suelo y cargó contra él casco en ristre, obligándola a salir del taxi y a reducirla, agarrándola de las muñecas y sentándola en el suelo. Esto fue ni más ni menos lo que me dijeron los testigos, así que me limité a decirles que en el juicio dijeran eso.

Otro paso importante era presentarme en el Juzgado, para poder ver el expediente, donde había un par de cosas bastante interesantes. Además de la denuncia de la motera, con un relato de los hechos radicalmente opuesto a lo que contaban los testigos, podía ver que ella aportaba un testigo.

El testigo decía que bajaba en el autobús, el 03, y que al pararse el autobús vio la "agresión" en la marquesina de enfrente, y que cuando al día siguiente vio el anuncio que la motera había puesto en el periódico pidiendo testigos, llamó para ofrecerse.

El testigo suponía un elemento en mi contra, algo que había que combatir, así que ahí comenzaba la labor de investigación, y mi siguiente paso fue la hemeroteca, donde fui para comprobar si ese anuncio había sido realmente publicado, y vi que sí, pero con una redacción bastante curiosa, ya que el anuncio pedía testigos de "un atropello", algo que poco tenía que ver, no ya con lo que había pasado, sino con lo defendido por las partes. Mi otro paso fue acercarme al lugar de los hechos, pues siempre viene bien hacerse una composición de lugar, y para mi sorpresa ver que la marquesina desde donde supuestamente el testigo había visto la pelea servía de parada a muchos autobuses... pero no para el 03.

Pero bueno, para estar completamente seguro, y como buen abogado del método Stanislavsky, tomé el 03 para hacer el recorrido completo, y vi que, aunque sí pasaba por esa calle, no efectuaba ninguna parada ahí, y que desde el autobús, especialmente en marcha, es imposible ver nada, sobre todo porque hay una bonita mediana de metro y medio que taparía todo cuanto hubiera podido suceder. Que el testigo era falso lo suponía de antes, pero ahora estaba seguro de ello.

Llegaba el día de la declaración judicial del testigo (todavía en las diligencias previas, el juicio se hace más tarde) y ahí iba yo con las garras bien afiladas. El chaval, que tenía toda la pinta de ser el novio/amigo/pagafantas de la motera, y me miró con horror cuando al preguntar quién era yo le dije friamente "el abogado de la otra parte" (a veces dar miedo mola ^_^) El dicente declaró que cuando el autobús se paró vio la pelea, que reconoció a la chica, ya que la conocía devista del barrio y que cuando vio el número de teléfono en el periódico le resultó familiar el número y decidió llamar. El juez se quedó un poco estupefacto, ya que él decía que solo la conocía de vista, y le vino a preguntar algo así como "¿me pretende hacer creer que solo la conoce de vista pero que es capaz de ver su número de teléfono y reconocerlo?" Podía ser muchas cosas, pero desde luego lo que no resultaba era creíble.

Todo estaba listo para el juicio. Tenía unos testigos a mi favor, la parte contraria tenía un testigo falso, y era fácilmente demostrable que era falso. La motera tenía el parte de lesiones y la factura de reparación de la moto, cierto es, pero nosotros nos personábamos con abogado y ella no, y lo que es más importante, nosotros teníamos razón.

Pero cuando las cosas se tuercen se tuercen, pero mejor continúo otro día, que si no me va a quedar una entrada demasiado larga.

lunes, 8 de octubre de 2007

Memorias de un ex-abogado (XI) / Cruce de Blogs: Accidentes de moto

El problema de aparcamiento, cada vez peor.

Es la de hoy una entrada un tanto atípica, ya que en principio no iba a ser un capítulo de mis memorias, pero cuando al hacer el crossblogs de hoy salió como tema "Accidentes de moto", pensando en qué poner me vino a la memoria cierto asunto que me tocó llevar una vez, que no es uno de mis casos más sonados pero que viene muy al hilo, y que he titulado, en un alarde de originalidad e imaginación:

Capítulo XI: El accidente de moto

Corría el año 2005, junio, y mi vocación abogadil estaba en un momento crítico. Había abandonado un par de meses atrás el infame despacho de Barroeta Aldamar y mi carrera en solitario solo daba tumbos, aunque todavía no era consciente de lo desastroso de mi situación y la capacidad de engañarme a mí mismo creyendo que era abogado aún funcionaba.

En estas estaba cuando acudió a mí un cliente, relatando que había tenido un accidente de moto yendo para casa, cuando un vehículo se saltó un ceda el paso y le derribó, sin causarle, afortunadamente, ningún daño grave. Algo en el brazo, pero nada en la cabeza, gracias al casco.

La historia no debería haber tenido mucho aquel, ya que firmaron el parte amistoso, en el que se reconocía la culpabilidad del conductor del coche, pero las cosas divertidas comienzan cuando descubrimos que el vehículo no tiene el seguro, y que hay que meter por medio al Consorcio de Compensación de Seguros. Y la cosa se tuerce cuando nos comunican del Juzgado que ha sido imposible notificar la denuncia, al no existir en la dirección indicada ninguna persona con el nombre del denunciado.

Pero el cúmulo de despropósitos no acaba ahí, ya que un par de días después me comenta el cliente que por un despiste había apuntado mal la matrícula y por tanto el nombre, la dirección y los datos del seguro, y que al mirar mejor la matrícula (que sí estaba bien puesta en el parte amistoso) pudimos rectificar la denuncia, y comprobar que el coche sí tenía seguro.

La cosa termina al poco tiempo cuando las aseguradoras de denunciante y denunciado, siguiendo sus cauces habituales, acuerdan la indemnización correspondiente, y deja de tener sentido la actuación judicial, con lo que mi concurso en todo este asunto deviene totalmente innecesario.

Total, que al final no le cobré casi nada al cliente y acabé con 60 euros en el bolsillo y muchas horas de trabajo tiradas a la basura.

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