lunes, 4 de agosto de 2008

De vuelta de los ERA

Por repetir la coña del año pasado.

Finalizados ya los ERA, las jornadas de rol de Granada, hállome ahora en Madrid, donde estaré un par de días antes de volver a bajar a tierras sureñas en pos de más jornadas, las Tierra de Nadie, y analizaré lo que han sido las jornadas en las que acabo de estar, y en cada uno de los retos que nos trajo el día a día.

1. El congelador.

Los ERA tienen una cosa muy chula que los caracteriza, que es que el alojamiento es en unos apartamentos muy majos (durante el año es una residencia universitaria) y tienen su cocina, con su neverita y tal. Y cuando llegamos, con la sana intención de introducir nuestras recién adquiridas botellas en la misma, vimos que tanto el congelador, como el resto de la nevera, estaban llenos de hielo, si bien más parecía jodido permafrost, ya que tuvimos que estar cosa de una hora dandole caña para extirpar los generosos tronchos de hielo que contenía el frigorífico, algunos del tamaño de un teléfono móvil, de los de hace 10 años.

2. En busca del taxi.

Una de las cosas buenas de Granada es que está todo bastante barato, y una de las malas es que hace un calor terrible, resultando de la combinación de ambos factores que el uso del taxi era una opción muy presente. O al menos entraba dentro de lo que eran nuestras intenciones el viernes después de comer, donde el amigo Iván hizo uso de su poder mutante de ahuyentar taxis, ya que allá donde íbamos veíamos irse un taxi, y cada vez que siguiendo las indicaciones de Iván cruzábamos de acera, por la otra aparecía lozano y feliz un taxi. Para rematar, y lo que terminó de provocar neustra risa, y aunque soy consciente de que por escrito no tiene ni la mitad de gracia, cuando finalmente paró un taxi, fuimos tan listos de meternos los 3 detrás hacinados, en lugar de aprovechar el asiento de copiloto. También va de taxis lo sucedido el sábado, cuando al taxista se le fue la olla y nos llevó a la otra punta de Granada, aunque al menos tuvo la decencia de no pretender cobrarnos la carrera completa. (Cosa que nos temíamos que iba a intentar).

3. Vasos, vasos, tapones, tapones, todos quieren ser los campeones.

Una cosa buena de estas jornadas es que está permitido el consumo de bebidas alcohólicas en el recinto, con lo que la fiesta se suele organizar ahí mismo, y el ambientillo suele ser mejor que el de cualquier discoteca, o al menos más divertido.

Pero de nada sirve tener bebida si luego no hay un recipiente en el que consumirla, pero cogida la posturita en el sofá, la opción de levantarse y pedirlo era ardua, así que tras mucho intentarlo (y sobornar con ron, que todo hay que decirlo) logramos los vasos, pero no fue ése el desafío del día, sino quitar el tapón a una botella.

Por error pusimos el tapón del brik de zumo a la botella de vodka, y resultó ser la mejor medida de seguridad existente. ¿Que no quieres que venga un fulano a beberse tu vodka? Le pones un tapón de zumo de piña y asunto resuelto. Darle vueltas, tirar del tapón, mordiscos, buenas palabras, disparos de escopeta... todo era inútil. Al final solo una serie de golpes logró quebrar la volun... botella de vodka.

Por lo demás, una divertida noche jugando a etílicos juegos, destacando el caricaturas, con la estelar actuación de Don Gorka, boca de Sauron, que ha destronado a los insignes Gaizka y Javi Rockstone como reyes de este juego. Y no nos olvidamos del lanzagatos en su categoría de gilipollas de las jornadas. Eh, ¿es eso un símbolo de Batman?

4. En busca de las tapas.

Lo mejor de granada, sin duda, es el tema de las tapas. Uno va a coemr y no pide comida. Pide bebida, porque con una consumición te dan una tapa, que va desde un pincho, hasta auténticos bocadillos, raciones, hamburguesas... alucinante, y por unos precios ridículos. Como muestra la comida de sábado, donde 6 personas comimos por 36 euros, y sin quedarnos con hambre.

Pues bien, el desafío del sábado fue buscar un sitio de éstos, ya que éramos mil y la madre, y no hallábamos sitio donde comer todos, y las peripecias de un guía un tanto liante, nos tuvieron de atrás para delante una y otra vez, con jugadas como "vamos a la parada de autobús" para cambiar a un "mejor nos quedamos por aquí" 15 minutos después, justo cuando aparecía el autobús (y todo esto a las 3 de la tarde bajo el sol granaíno) y dar más vueltas que un hamster, pero finalmente, pudimos encontrar un sitio de tapas.

También relacionada con la comida está la historia de la pizza que nunca llegó. Pedimos unas pizzas por teléfono, y una hora después, al ver que no llegaba, llamé y me dijeron que el pizzero había estado, que no había nadie, que estaba cerrado y que el teléfono que les di no sonaba, y bueno, que otra vez vendría. Dimos instrucciones a la guardia de seguridad de que vigilara la puerta y cosa de 15 minutos me llama el pizzero para decirme, y cito textualmente, "ya estoy allí". Bajo y lo más parecido que veo a un repartidor de pizzas son un rabino tocando la pandereta, un lancero bengalí vendiendo cupones de la ONCE y a 3 viandantes polacos, pero del pizzero ni rastro. Le llamo y me dice que "ya estoy allí" significa "acabo de salir, llego en 5 minutos" (el que se queje del euskera es que nunca ha intentado entender el granaíno) y me llama media hora más tarde para decirme que ha venido, que estaba cerrado y que se ha vuelto a marchar, y a ver si quiere que traiga la pizza. Lo más amablemente que me es posible le recomiendo que se frote la pizza con sus cavidades intestinales y que no se moleste en traerla.

Eso es más o menos lo más destacado de estas jornadas, y por si alguien se pregunta ¿el tío este que se supone que ha ido a unas jornadas de rol, a qué coño ha jugado? la respeusta es que algo jugué, destacando el vivo de Padre de Familia, donde el buen hacer de los jugadores hizo que aquello pareciera tal que un capítulo de la serie, y otro vivo, "La tumba de Nintuk", donde aunque no me enteré de gran cosa hasta el final, lo pasé bastante bien (pistola buena).
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