martes, 15 de mayo de 2012

Interraíl (III)

Viajar es una oportunida constante de sorprenderse.

Tenía un poco abandonada esta sección, y la retomo donde la dejé, para seguir narrando tan maravilloso viaje. Lo habíamos dejado en Pisa, donde tras una larga caminata llegamos a la estación de tren e iniciamos nuesra siguiente etapa:

Pisa-Florencia: Nos montamos en el tren, con total indiferencia.

El tránsito en sí resulta ser, en nuestra línea, un cúmulo de desvaríos y amenos debates (algunos más fogosos que otros), pero ya nos llama la atención lo fácil que parece viajar sin billete por Italia, ya que pese a ir nosotros provistos del nuestro, no nos lo piden en ninguna parte.

Una vez en Florencia, bella ciudad donde las haya, visitamos la cúpula del millón de escaleras. Vale, no son tantas, pero sí resultan igual de cansadas. Al salir, una gloriosa tormenta de verano nos sorprende, pero menos de lo que nos sorprende ver, en el puente viejo, unos auténticos Hare-Krishna, repartiendo galletitas y todo.

Vista Florencia (la idea era hacer la excursión de un día), volvemos a la estación, con la idea de hacer alguna parada aleatoria.

Florencia-Empoli: Nos vamos a una ciudad, que no la conoce ni la poli.

Gran e indescriptible el atractivo turístico el de esta ciudad. No podría definirla con palabras. Sigamos.

Empoli-Pisa: Nos marchamos de una ciudad que no tiene ni cornisas.

El viaje en tren resulta ser más divertido que la propia visita a Empoli, en la que lo más destacable es tomarnos una en el bar Azzurro (la cabra tira al monte). En el viaje, un tipo de aspecto chungo (de esos que ahora llaman perroflautas) nos pide un porro, y nos pasamos medio viaje fabulándonos su vida.

Cuando por fin llegamos a Pisa, nos acostamos prontito, sabiendo que al día siguiente toca madrugar. Pues nos espera ROMA, la Ciudad Eterna.
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