jueves, 23 de abril de 2015

Memorias de un ex-demandante de empleo [XXIV]

La foto definía al sujeto. 

Trabajar en tantos sitios como trabajé en la ETT tiene como consecuencia lógica que conocí a mucha gente. Ahí hubo gente maja, gente no tan maja, gente con la que llegué a tener un cierto trato, y luego estaba el protagonista de esta historia al que bautizaré, por no usar su verdadero nombre como,

Billy el vago

A veces con la ETT me tocaba ir solo y otras con más gente, ya que había trabajos que requrían cuadrillas enteras, y al final vas conociendo a la gente. Con este fulano coincidí la primera vez en un trabajo que consistía en mover pesadas tablas a unas oficinas que se estaban construyendo en el centro comercial de Miribilla. Y esto que al principio no te das cuenta, ya que éramos como 10 personas subiendo cada montón de tablas y uno se nota menos. Pero a lo largo de la mañana te vas fijando y luego a posteriori vas atando cabos de que siempre era el que más paraba a fumar, siempre agarraba menos, siempre tal, siempre cuál... pocas cositas. Pero sin más.

Quiso el azar que coincidiéramos otra vez en el gimnasio al que solía ir bastante a trabajar, moviendo cacharros de un lado a otro, y la sensación que daba era que yo trabajaba y él se dedicaba a tocarse la barriga y a parar para fumar cada cinco minutos. "¿Para qué molestarse"-decía-"Si nos van a pagar igual". Y hombre, no seré yo quien presuma de ser el hombre más trabajador del mundo (lejos estoy de ello), pero sí me gustaría pensar que un mínimo de ética hay que tener, y si nos pagaban por trabajar, pues igual no estaba de más trabajar. Pero él no lo veía así, claro. "Ya aprenderás cómo es la vida", me decía (era algo mayor que yo), y entre sus sabias lecciones estaba la de que opositar no valía para nada, que él se presentó una vez a unas oposiciones y ni le llamaron (si estudiaba como trabajaba, no me extraña). 

Ese mismo día, cuando en teoría nos tocaba acabar el turno, el jefe nos ofreció quedarnos un par de horas más, limpiando unas máquinas, y como andaba bien de tiempo y mal de dinero, acepté. Por desgracia el otro también. Y no contento con no dar ni chapa, se dedicaba a ejercer de jubilado de "Vaya Semanita", dando instrucciones como si fuera el capataz, hasta que se me hincharon las narices y le pregunté si le pagaban po trabajar o por tocarme los cojones, instándole a que si no quería hacer su trabajo, problema suyo era, pero que al menos me dejara hacer el mío.

Ahí quedó la conversación, y tan pronto como salí del gimnasio me fui de cabeza a la ETT a hacer lo que nunca he hecho en mi vida laboral, pedirles que por favor nunca me volviera a coincidir con el tal Billy, que pasaba de trabajar el doble si no iba a cobrar el doble. Casualidad, o tal vez porque me hicieron caso, nunca más volví a coincidir con él, lo cual fue todo un alivio.

Años después, no sé qué habrá sido de él, y tampoco es que me importe demasiado, pero es gracioso recordar sus sabias palabras de "las oposiciones no sirven para nada". ¿Quién sabe? Tal vez es que todavía no he sido capaz de aprender las cosas de la vida que él tan bien parecía conocer.
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