Todo por la supervivencia.
El Sam Raimi más gamberro vuelve con esta historia de náufrgos que en su planteamiento puede recordar bastante al tercer acto de la genial El triángulo de la tristeza, pues ambas tienen en común que una mujer experta en sobrevivir acaba en una isla desierta con su tiránico jefe, un inútil en estas lides, lo que hace que se inviertan los roles.
Aquí los protagonistas son Linda, la chica rarita de contabilidad y Bradley, el niñato pijo que acaba de heredar la empresa. El avión en el que viajan se estrella y tienen que buscarse las castañas, además de aprender a soportarse y entenderse el uno al otro.
Uno podría pensar, y de hecho la película juega mucho a eso, que esto va a ser la típica comedia romántica con un enemies to lovers de manual. Y cuando hablé de la faceta gamberra de Raimi no lo decía solo por sus momentos gore y escatológicos, a veces hasta el exceso (lo siento Rachel McAdams, por muy guapa que me parezcas no me gustaría que me vomitaras en la cara) sino porque lleva un paso más allá el "ni él no es tan malo ni ella tan buena" a "son los dos unos hijos de puta peligrosos y que se van a pasar media película puteándose el uno al otro", siendo una historia que huye del chicle y las nubes de algodón de azúcar para lanzarse a un humor más negro que la nube de Lost.
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