jueves, 23 de febrero de 2012

¡Sienazo!

Un momento para el recuerdo.

Ayer viví el que sin duda es uno de los momentos más bonitos que he vivido como aficionado al deporte, con la victoria del Bilbao Basket contra el poderoso Montepaschi de Siena.

Poniéndonos en antecedentes, el Bilbao Basket, que hasta hace 4 días era un equipo casi de pueblo, juega este año la Euroliga (como la Champions, pero en baloncesto), y después de pasar a trompicones la primera fase (dejando fuera a todo un Baskonia), se encontraba en un Top-16 (ahí es nada), en el que el premio ya era estar. pero las cosas se han ido haciendo bien. Se ganó a Unicaja y se ganó (apalizó, más bien) al Real Madrid. Sí, esos que acaban de ganar la copa del Rey. Ayer llegaba el Montepaschi, uno de los cocos de la competición, un auténtico equipazo con jugadores impresionantes, algunos, de entre los mejores de Europa en su puesto. Ganar, por difícil que fuera, suponía grandes papeletas de pasar a cuartos de final, quedando entre los 8 mejores equipos de Europa. Y se ganó.

Fue un partido trabado, de grandes defensas y pocos puntos. ¡Qué mal jugaba el otro equipo! ¡Qué malo es este McCalebb, del que tanto hablaban! ¡No la meten en una bañera! No, es que el Bilbao Basket estaba jugando a un altísimo nivel.

Pero el marcador no dejaba espacio a la relajación. Todo el partido punto arriba, punto abajo. Casi siempre nosotros 2-3 puntos abajo. En cuanto un equipo se descuidara, al foso. Y tenía pinta de que íbamos a ser nosotros. Un raquítico 39-39 daba comienzo al último cuarto. Los nervios a flor de piel. Era posible. Fallábamos, fallaban, volvíamos a fallar. De vez en cuándo se ponían 4 arriba, algo fatal en un marcador tan corto. Pero se llega al último minuto con el marcador apretado (pero a nuestro favor), y empieza el show de los tiros libres.

El espíritu de Lllull, jugador al que admiro, pero que se ha convertido en sinónimo de "fallar tiros libres" sobrevuela al Siena. Sufrimiento, pero la cosa va cogiendo forma. Pero aún parecía que podía torcerse. 1 punto arriba, tenemos la bola y... ¡agh, perdemos la bola! Solo queda tiempo para una jugada, y ellos tienen el balón. Canasta de McCalebb, el "ausente".

El sueño amenaza con diluirse, pero aún queda esperanza. Faltan 6 segundos, y tenemos (en ese momento, con los nervios y la euforia contenida, me es imposible no sentirme parte de ello) la bola para Raül López, que tira y... ¡canasta!

Momento indescriptible. Hay que haberlo vivido para estar ahí. Me traslado a una nube, grito, aplaudo, me abrazo con el tipo de al lado, al que no conozco de nada, sigo gritando y aplaudiendo. Me siento uno más de la masa aborregada. Algo irracional, algo estúpido. Desde un punto de vista frío y pragmático es absurdo alegrarse tanto porque una pelotita haya entrado por un aro. Pero no es momento para la frialdad y el pragmatismo, sino de dejarse llevar. De experimentar una euforia superior incluso a la experimentada con el gol de Iniesta en Sudáfrica, superior a la de ganar por primera vez al Tau, o de pasar a semifinales en Turín. Un momento mágico, de esos que no aceptan definición con palabras.

El deporte tiene cosas buenas y cosas malas. Pero momentos como el de ayer...
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