viernes, 9 de noviembre de 2012

Crónicas magiares (IV)

En ocasiones veo buhos. 

Lunes

Nuestro último día completo en Budapest, con todavía unas cuántas cosas por ver. Un cartel había captado nuestra atención, ofreciendo una curiosa actividad, pero no pudimos ir a las 10 según lo planeado, puesto que no quedaban billetes. Teníamos a las 12, lo que nos dejaba dos horas para ver otras cosas.

Eso nos lleva a una parada de autobús, donde cogemos el 16 para subir de nuevo a Buda. Y esta vez sí, podemos entrar en San Matías, donde fuera coronada la famosa emperatriz Sissi. La parte mala, que la nave principal está en obras, pero eso no nos impide disfrutar de su belleza. Al salir, damos una vueltecilla por Buda, y regresamos a Pest, a la plaza Roosevelt, donde estaba nuestra siguiente actividad de turisteo.

Un autobús que hace una visita guiada por Budapest, que nos enseña la plaza de los héroes, la sinagoga, la ribera del Danubio, el parlamento, donde nos explican que las banderas que ondean están agujereadas en conmemoración de la revuelta antocomunista de 1956... Vale, muy bien, una visita guiada en autobús. ¿Y qué tiene eso de original?

 Mola tanto como parece.

La parte divertida es cuando el autobús anfibio se mete en el río, y desde ahí sigue su flotante visita guiada. Algunos pueden permitirse un crucero por el Danubio. Nosotros éramos pobres, y tuvimos que hacerlo en autobús.

Seguimos con nuestro planning, y nuestros pasos nos llevan esta vez a la basílica de San Esteban, que ya habíamos visto por fuera varias veces al estar al lado de nuestro hotel, y la vemos vemos por dentro y por arriba, admirando las vistas desde su cúpula, pero sufriendo un cortante y helador viento.

Saliendo de San Esteban cogemos por primera vez el tranvía, y nos vamos al famoso mercado de Budapest, con mucho bullicio de gente, y bastante hambre, que es alimentada, valga la paradoja, por el olor a comida que emana por todo el edificio. Allí comemos unos ricos crepes rellenos de todo, pero que nos lleva nuestro tiempo. Casi una hora esperando, durante la que entablamos conversación con unos simpáticos señores daneses, y me sorprendo al ver que mi nivel de inglés da para tener una fluida conversación sobre gastronomía. 

Ya con la barriga llena y una sonrisa de felicidad, damos un paseíllo por el mercado, antes de cruzar el río y visitar uno de los sitios que teníamos en la agenda: el balneario de Gellert.

This is spa!

Una piscina de agua caliente entra mucho mejor después de haberse tirado el día andando, y ahí nos tiramos prácticamente hasta que cierran, en un sitio tan bonito como agradable, aunque las partes más bonitas tienen la pega de que no son mixtas. Me gustaron mucho ambos balnearios, pero si tuviera que elegir, aunque este era mucho más bonito, me quedo con el Schezeny.

Después, un último paseo nocturno por Budapest, y aterrizamos en un restaurante italiano, con poco donde elegir en el menú, pero con una comida realmente deliciosa. El sitio, llamado Fausto, lo elegimos por medio de la guía, que lo pintaba como el mejor italiano de la ciudad. Y no sé si será el mejor, pero por servicio y calidad de la comida, era un sitio realmente recomendable (Dohany utca, al lado de la Sinagoga).

Ricolicioso!

Sigue.
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