jueves, 4 de septiembre de 2014

El congreso

Una distopía lisérgica.

¿Me ha gustado esta película? No lo sé, no lo tengo muy claro. Por una parte, ha habido momentos en los que quería levantarme de la butaca y salir corriendo del cine, pero por otra, no podía dejar de verla, y me deja ese regusto positivo de "película que merece la pena ver".

Va de... si es que la he entendido, que no lo tengo muy claro... de Robin Wright, haciendo de Robin Wright (la de "La princesa prometida", por buscar referencias muy conocidas) que se enfrenta a que tiene ya una cierta edad (44 años, suficiente para que no le den papeles de jovencita) y recibe una curiosa oferta: vende su imagen a una productora de cine (Miramount, claro trasunto de Miramax y Paramount) para que usen su imagen digitalmente en películas y a cambio ella renuncia a actuar. Hasta ahí bien, en lo que podría ser un capítulo más de Black Mirror.

Pero más adelante la acción nos lleva a 20 años en el futuro, y una extraña droga transporta a Robin a un mundo en el que... todo es de dibujos animados, y empieza la parte psicodélica, mezclando Steamboat Willie, Popeye y Yellow Submarine con drogas, muchas drogas, transportándonos a un mundo distópico con una historia tan típica como atípica y múltiples capas de realidad, hasta llegar a un desenlace bastante lógico que arregla el sinsabor que deja ese exceso de LSD en las retinas (¿Por qué están de fiesta Jesucristo, Elvis y Frida Kahlo? ¿Por qué no es una metáfora?)

No me atrevo a meterme en exceso con el guión, por miedo a hacer spoilers y por miedo a no haberla entendido del todo, pero así con todo, creo que me ha gustado. No me gustaba el exceso de psicodelia que por momentos se hacía aburrida, pero me ha encantado el estilo de dibujar a los actores conocidos, que eran perfectamente distinguibles, incluso los que eran variantes de gente real, como ese Reeve Bobs, mezcla de Steve Jobs y Bill Gates.

Rara, raruna.
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