miércoles, 18 de agosto de 2010

El hotel del terror

¡Horreur!

Utels Hotel Wangfujing, un nombre a evitar si se viaja a Beijing.

Dedico una entrada al infame hotel en que nos hospedamos en la capital, ya que el cúmulo de despropósitos que de él puedo contar es tal, que ni tan siquiera a mis peores enemigos les recomendaría la estancia aquí (bueno, a lo mejor a Nicholas Cage sí)

Empecemos, pues, por el principio, con nuestra llegada al hotel, donde pese a haberla tramitado por Internet negaron todo conocimiento. Nos decían, eso sí, que tenían habitaciones disponibles... ¡al doble del precio de la reserva!

En riguroso chino, la discusión del que sí que si no, en la que ellos, contradiciendo el cartel de la puerta, y en la que dicen que no tienen Internet, lleva a que acabo sacando el teléfono móvil para conectarme a Internet y buscar el correo con la reserva. Intentan hacerse los tontos, aduciendo que no viene el precio. Le sacamos de su error y le hacemos saber la terrible verdad: "Total Price" no es el nombre de un nuevo personaje de Oliver y Benji.

Todo quedaría en algo meramente anecdótico si no fuera por el aspecto tétrico y maloliente que presentaban los pasillos, tétricos y mal iluminados. Y no creo que la OMS me permitiera hacer una descripción detallada de los baños públicos (suerte que los de la habitación se salvaban) y también en lo anecdótico, o más bien escheriano, queda la habitación.

La habitación perdida, versión china.

Lo que se ve en la foto no parece muy terrible. Vale que la habitación no era especialmente grande, pero tenía un detalle muy curioso. Solo había dos ventanas, y el brillo del flash delata que la foto está sacada a través de una de ellas. Sí, esa foto está sacada desde el cuarto de baño, sentado específicamente en la taza para sacar esa foto, y había una segunda ventana que daba... al pasillo.

Afortunadamente, la ventana que daba al pasillo era coronada por una cortina, pero no podemos decir lo mismo de la ventana que separaba cuarto de baño y dormitorio, que estaba totalmente carente de cortinas, persianas o elementos antilumínicos similares. A ello habría que sumar que dadas las dimensiones y la total ausencia de cortinas de baño, uno podía ducharse y limpiarse los dientes a la vez sin demasiado esfuerzo.

Pero en fin. Esto queda en el terreno de lo gracioso. Menos gracioso es, sin embargo, el tema del desayuno. El primer día, por causas que ya relataré, pues tiene su miga, no nos dieron el desayuno pagado, y el segundo, cuando fuimos al comedor nos dijeron que se acababa de terminar poco antes. Y que me aspen si en ese comedor había habido alguien desayunando alguna vez en los últimos 15 años, pues he leído relatos de Lovecraft con descripciones más alegres que el aspecto de ese comedor.

¿Gracioso? Pues hubo cosas peores.

¿Cómo olvidar el tema de las maletas? El primer día les expusimos nuestra situación: el sábado nos íbamos del hotel pero nuestro vuelo no salía hasta la noche, y necesitábamos que nos custodiaran las maletas a lo largo del día. Todo perfecto, sin problemas.

Como es mejor prevenir que lamentar, al día siguiente volvimos a preguntar. ¿Seguro que podemos dejar las maletas después de haber hecho el checkout? "Sí, sí, fijo".

Y a nadie sorprenderá que cuando el sábado fuimos a abandonar el hotel, cuando preguntamos al encargado dónde podemos dejar las maletas nos dijera que no se podían dejar allí. Un divertido juego de "que sí, que no", en el que finalmente y ante la evidencia, nos dice que podemos dejarlas en la 6ª planta.

Y nos conducen al cuarto de las escobas. Para ser exactos, al cuarto en el que encierran a las escobas cuando se portan mal. Y cuando dejamos nuestras maletas nos preguntan si tenemos algo de valor, consiguiendo por nuestra parte una mirada homicida y un "¿acaso no es seguro?"

Cuando bajamos a recepción, pedimos al encargado un recibo de las maletas, que nos rellena con desgana, pero mágicamente, cuando le pedimos que plante en el recibo el sello del hotel su cara cambia y llama arriba para decir (en chino, claro) "cuidad bien esas maletas".

Las maletas no sufrieron menoscabo alguno, pero todavía quedaban más lindezas por descubrir, ya que para marchar al aeropuerto le pedimos que nos llame un taxi, y un rato después viene un señor con un coche, que dice ser taxista (como yo puedo decir que soy perito agrónomo) y que cuando le pedimos factura, nos dice que no puede. Le explicamos amablemente que necesitamos la factura para que la empresa nos pague el taxi, y al principio mira extrañado pero luego se saca de la guantera un manojo de facturas de a saber qué, y nos pregunta si con eso vale.

Obviamente no, y le decimos al del hotel que nos pida un taxi de verdad. Le explicamos lo de la factura... y nos viene con un manojo de tickets de vayaustedasaberqué diciendo que entre todos suman 150 yuanes, que es el precio del taxi.

Ante nuestra insistencia y miradas de odio, llama un taxi de verdad, y decidimos montar. Pero una vez en trayecto nos damos cuenta de que no ha encendido el taxímetro. Le pedimos que lo haga, y él insiste en que el precio es fijado (y totalmente en B, claro). Al final pone el taxímetro y mientras nos lleva, podemos oír (bueno, yo lo que me traducían) que por la radio le iban dando instrucciones para que diera más vuelta y fuera más despacio, para así poder cobrarnos más.

Finalmente llegamos al aeropuerto, pagando bastante menos de la cantidad que nos quería cobrar, y sabiendo a qué hotel no ir jamás.

Pero la peor parte del hotel la contaré mañana, en una entrada que se titulará:

Colega, ¿dónde está mi muralla?
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