martes, 3 de agosto de 2010

Xi´An

Comandando ejércitos de Terracota.

Siguiendo con el viaje, le toca el turno a Xi´An, antifua capital del imperio, y conocida sobre todo por sus guerreros de Terracota.

No sin antes comentar, claro, el horripilante viaje de casi 20 horas en tren desde Tianjin, donde no fui capaz de pegar ojo entre el aire, los olores, el traqueteo y la incomodidad física del espacio, con lo que llegué a Xi´An como llegué.

Afortunadamente, el albergue era bastante acogedor, y con carteles en inglés, Internet... pero lo más importante, una cama cómoda en la que descansar, para hacer acopio de fuerzas para el día siguiente hacer la excursión a los terracotos.

Pero como era pronto, no era cuestión de ir a dormir a las 3 de la tarde, nos dimos un garbeo por la ciudad, y vimos sus pagodas y el barrio musulmán, mezquita incluida, donde pudimos "disfrutar" de su bazar, sus olores, y sus medidas de seguridad con un chorro de fuego que salía de una tubería, a la altura de mi pantorrilla y que casi me deja sin ídem. Y aún me queda el trauma de una callejuela en la que no tengo muy claro si los chiringuitos vendían higado y fruta o moscas.

Hablaré ahora de la excursión a los Terracota, excursión que era organizada por el propio hostal, y a precio razonable, que incluía guía, desplazamiento y entrada. No comida, pero eso en China no es un dispendio del que preocuparse demasiado. Y allí nos fuimos en alegre comandita con otros turistas alemanes, suizos, malayos y argentinos (¡sí, pude hablar en castellano!), disfrutando de las amenas explicaciones de la guía, que pese a su peculiar forma de pronunciar las palabras inglesas (como la mía, supongo) era a veces complicada de entender. Pero oye, más complicado es cuando hablan en Chino.

Los guerreros en cuestión, muy dignos de ver, y se merecían el montón de fotos que hicimos, tanto por las estatuas en sí, como por la belleza de los paisajes.

 ¡Cielo azul!

Después de los guerreros fuimos al templo de los inmortales, o algo similar, una pagoda no muy bien conservada, pero de gran antigüedad y valor histórico, aunque a esas horas el cansancio empezaba a hacer mella.

Para cerrar el día, al centro a cenar algo, y de rebote, un espectáculo de calle, que empezó con bastante mal pie, con retraso y un par de actuaciones horrífonas, pero que fue mejorando hasta alcanzar su culmen con el número de unos saltimbanquis equilibristas difícil de expresar con palabras pero un verdadero deleite para los ojos, tanto como dolor para la espalda solo de pensar en hacer todas esas cabriolas y contorsiones.

Y lo mejor: gratis. Eso sí, era inevitable que reinara el factor panda, puesto que no pocos de los lugareños prestaban más atención que al espectáculo, a cierto occidental grandote y barbudo que pasaba por ahí.
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