viernes, 11 de abril de 2014

La guerra que no conocí

El merecido premio.

Lo que viene a continuación no está escrito por mí, sino por mi madre, Itziar Laborda Otaduy, y es un relato que compuso a partir de lo que le contaba su madre (y por tanto mi abuela) Pastora Otaduy, sobre sus recuerdos de la Guerra Civil, que le pillaron siendo una niña. Mi madre presentó el relato a un concurso literario (donde participaba bastante gente) y fue elegido en segundo lugar.

Seguramente muchas de las anécdotas que se cuentan aquí no sean tal cual, pero en todo caso, el texto es bonito y merece la pena preservarlo.

Los chiquillos del barrio estaban aquel día muy alborotados, sabían que algo ocurría, los mayores no despegaban sus oídos de las radios, y apenas se percataban de las trastadas que ellos hacían, ninguna madre les preparaba el consabido pan con chocolate barato, incluso en algunos hogares había dejado de prepararse la comida del mediodía.

—Dicen que viene Franco, contó a sus amigos el larguirucho.
—A mí me han dicho que es una guerra, dijo la marisabidilla, dándose aires de importancia.
—Mi padre dice que vendrán los moros, aventuró uno de los más pequeños.

...Y así iban desgranando los retazos de información que captaban.

Ninguno de ellos había oído antes hablar del tal Franco, no tenían ni idea quienes eran los moros, y apenas comprendían el significado de la palabra Guerra, pero, por alguna razón barruntaban que aquel verano iba a ser diferente.

Aguardaban los acontecimientos con expectación, no sabiendo si alegrarse por romper la monotonía de las vacaciones, o, por el contrario tener miedo, viendo las caras sombrías de sus padres. Era el verano del 1936.
1

Ella, una niña como las demás, tal vez un poco más inteligente y despierta que lo que correspondía a sus once años, se atrevió a preguntar en casa.
—Tía, ¿qué es la guerra?
—Tío, ¿quiénes son los moros?
Con infinita dulzura la tía le explicó lo que sabía, como buenamente pudo. Ella misma no comprendía el alcance del anuncio de que se encontraban en guerra, pero no quiso mentir a la chiquilla.
—La guerra es algo muy malo, las personas se matan entre sí, todos los hombres deben convertirse en soldados, y las mujeres se quedan en casa con los niños, sin poder salir.

El tío, al ver el semblante lívido de la pequeña, intento suavizar algo la información.

—Pero es muy difícil que lleguen hasta aquí, están muy lejos, a mí no me harán soldado porque soy demasiado mayor, y, aunque nos tengamos que encerrar en casa, somos muy afortunados porque en la tienda tenemos todo lo necesario.
—¿Volveré a ver a mi madre? Preguntó, temerosa de que la tal guerra le impidiera tomar el autobús que recorría los ocho kilómetros que separaban a madre e hija.

Los mayores intercambiaron una mirada preocupada, pero no dijeron nada.


Fueron pasando los meses, aparentemente, la vida no cambió demasiado, la chica pudo seguir yendo a la escuela, que tanto le gustaba, continuó jugando con los demás niños, y viendo a su madre de cuando en cuando.

Sin embargo, las conversaciones de los mayores dejaron de ser distendidas, éstos hablaban en susurros, y, aún cuando no oía lo que decían comprendía que hablaban de la Guerra. Ahora ya sabía lo suficiente como para saber que los del otro bando se llamaban Nacionales, que su jefe se llamaba Franco, y que todos temían que éste entrara al pueblo con sus moros.

Jugaba con otros niños a Guerras, a moros, muchas veces se juntaban en la escalinata de las monjas, y, excluyendo a los más pequeños, se contaban lo que sabían.

—Yo creo que los Nacionales están avanzando.
—Sí, pero no podrán entrar aquí, no les dejarán.

El invierno fue avanzando, y los alimentos comenzaron a escasear, incluso en la tienda de los tíos. Empezaron a comer algo, que no habían conocido hasta entonces, algo parecido a las patatas, pero con otro nombre, se llamaban boniatos.

La tía iba quedándose cada vez más delgada, el tío en cambio no perdió nada de su oronda figura, a pesar de las penurias. Ella salía a veces a pasear por la calle de arriba, cogida de su mano, y, con disgusto soportaba las burlas de los otros niños.

—Aquí viene, el tanque ruso.

Nadie sabía donde quedaba el país de los rusos, pero si habían oído decir que algunos padres enviaron a sus hijos a Rusia en un gran barco, para que éstos no tuvieran que soportar las penalidades de la guerra. La muchacha confiaba en que a ella no le ocurriera lo mismo, ya que no podía soportar la idea de que la alejaran de los suyos.

El tío siempre la consolaba y le pedía que no hiciera caso de lo que los críos decían. Era un hombre alegre, y optimista.

Sin embargo, un día, avanzada ya la primavera, entró en casa con la cara desencajada y dijo a su mujer y a su sobrina.

—Ya están aquí, lo acaban de decir en la radio.

Pocos día más tarde, los habitantes de aquel pueblo escucharon con espanto que, un pueblo, no muy lejano, había soportado un terrible bombardeo en el que había muerto mucha gente.

Fue un 26 de Abril, ese día cumplió doce años.

3

Y así comenzó un periodo de pesadilla, de bombardeos. Las autoridades decretaron que la población se refugiara al escuchar las sirenas que los anunciaban. Empezó a resultar algo cotidiano.

Un día la tía le preparó la merienda con un trozo de pan y algo de miel, y salió la calle, no le dio tiempo a comerlo porque las sirenas iniciaron su triste anuncio.

—Corre, corre a la escuela, en cuanto oigas la sirena, se dijo, recordando las recomendaciones del tío.

Corrió, corrió, corrió.

Aquel día el sonido fue infernal, la chiquilla estaba paralizada de terror, había mucha gente en la escuela, pero no veía a nadie conocido.

Unos jóvenes soldados le hicieron señas para que se sentara a su lado, así lo hizo, no se atrevía a llorar, porque pensaba que era muy mayor, ni a preguntar nada, porque era demasiado pequeña.

Uno de los soldados al verla allí, quieta con su pan en la mano le dijo:
—Anda chica, date prisa que las moscas te van a comer la miel.

Y los demás soldados se rieron de su broma.

4

No es que la guerra fuera algo divertido, pero los niños necesitaban sobrevivir al horror y lo hacían buscando el lado cómico de las cosas.

Una de las diversiones preferidas de los críos era la de bajar hasta la estación del tren a ver las mujeres que venían de las ciudades, llegaban, por la mañana, delgadas, y tras algunas negociaciones con los habitantes de los caseríos volvían, por la tarde, ostentando unas hermosas

tripas de embarazada, todos sabían que llevaban comida debajo de su ropa, y que los alguaciles no se atreverían a cachearlas, a ellos les resultaba gracioso. Era un juego que tenía relación con algo que se llamaba estraperlo.

Pero lo que más regocijo les causaba, eran los moros. Éstos no parecían tan terribles, como habían imaginado, más bien les resultaban seres pintorescos, que llevaban extrañas vestimentas.

Lo más asombroso para la muchacha eran los cánticos que entonaban cuando enterraban a sus muertos. Nunca entendió el significado de las palabras, pero si aprendió aquellos raros cantos, los aprendió de tal manera, que nunca, a lo largo de su vida los ha olvidado.

5

Decían que los Nacionales estaban ganando la guerra. Ella ya sabía localizar en el mapa los lugares por los que, según la radio, estaban pasando. También sabía que habían ganado la batalla del Ebro, y, que, por un tácito acuerdo no debían mencionar en las conversaciones el nombre de Franco.

A sus catorce años, se había convertido en una joven bonita, a quien los pocos hombres jóvenes que se habían librado de ir a la guerra, miraban al pasar.

Sin embargo seguía reuniéndose con los otros en las escalinatas de las monjas, y, aunque todos se estaban haciendo mayores, algo de su, todavía, niñez les impulsaba al juego.

Un día llegó corriendo un chico pelirrojo.
—Eh, vamos al frontón, dicen que allí hay un muerto.
Algunos niños se levantaron a toda prisa, otros, los menos, se quedaron sentados, la chica de las trenzas, el gordito de gafas, y la rubia enfermiza. Ella dudó un momento, no quería marcharse porque pronto tenía que volver a la tienda a ayudar, pero la curiosidad pudo más y corrió con el pelirrojo.

En el frontón no vieron ningún muerto, pero unos minutos más tarde una bomba caía sobre el convento de las monjas, alcanzando a tres niños que jugaban en la escalinata de entrada.

6

La muchacha que corrió en el último momento fue mi madre, durante mi infancia escuché una y otra vez los relatos de ese tiempo tan duro de su adolescencia que transcurrió en tiempos de guerra.

No es un reflejo fiel de los acontecimientos, ni están cronológicamente ordenados sino una forma de expresar como han quedado en mi imaginación.

Es verdad que el día del bombardeo de Gernika cumplió años, y son reales las anécdota del pan con miel, y los cánticos de los moros, aunque contadas a mi manera.

A mi padre no lo enviaron al frente por ser demasiado joven. Creo que él y los de su edad pasaron a ser los chicos mayores que quedaban en el pueblo. Debe de ser cierto que mi madre escapó por poco a un bombardeo.

A mis hermanos y a mi, nos gusta pensar que ella pudo traernos al mundo gracias a que sobrevivió a la cruel guerra, y para no perder la memoria se lo contamos a nuestros hijos, y que éstos se lo cuenten a generaciones venideras.
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