En solo cuatro capítulos de una hora, la serie no pretende ni mucho menos ser un whodunnit ni un misterio (nos dejan bastante claro desde el principio lo que ha pasado) sino que se enfoca en ver cómo lo viven sus personajes y cómo reacciona el sistema, desde la detención, las investigaciones o los interrogatorios. Aquí no vamos a encontrar un guión lleno de giros locos, porque esta serie no va de eso. Esto va de ver cómo lo viven sus personajes, poniendo especial énfasis en los familiares del chaval. Porque todos sabemos que es terrible que un ser querido sea víctima de un crimen tan atroz, pero pocas veces se pone el foco sobre que no es menos terrible cuando tu ser querido es el victimario.
Las actuaciones brillan a un nivel alto (Stephen Graham es toda una garantía) pero aquí lógicamente hay que destacar a Owen Cooper, quien con solo 15 años da un recital interpretativo digno de quitarse el sombrero. Ese chaval tiene futuro.
Además de eso hay que destacar el otro gran punto fuerte de la serie, que es su hechura técnica, ya que cada uno de sus capítulos es un larguísimo plano secuencia, lo que además de ser tremendamente meritorio consigue generar una inmersión y una sensación de naturalidad muy grande.
Todo un descubrimiento y digna de cada halago que pueda llevarse. Aunque no tengo yo muy claro si la recomendaría a quienes tengan hijos de la edad de Jamie Miller.
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