domingo, 27 de septiembre de 2009

Nola lortu nuen EGA

Chiste para informáticos vascos

He estado tentado por hacer la entrada íntegramente en euskera, pero eso me habría obligado a traducirla, con el doble trabajo que ello implicaría, y no es plan, así que en previsión de que alguno de mis lectores no domine la lengua de Zerbantes (que era vasco) o Txespir (que también era vasco), aplicaré el mismo idioma que he venido aplicando desde que nació el blog (lo siento por el chino que me hackea, o por el spambot, pero no me veo como para hacerla en japonés o chino).

Sin más preámbulos, la entrada, cuyo título se traduciría por "cómo conseguí el EGA", habla sobre... cómo conseguí el EGA.

El EGA, del que ya he hablado alguna vez, es el título superior de euskera, y algo muy útil, casi imprescindible, para aspirar a ser funcionario en la Comunidad Autónoma Vasca. Aunque curiosamente, cuando lo saqué estaba muy lejos de mi mente la idea de ser funcionario.

Era el año 2002, y recién terminada la carrera, mi mente y mis sueños estaban en la abogacía, y veía mi futuro con una toga en los tribunales, y no en una ventanilla tramitando expedientes (aunque el Jokin del presente señala al Jokin del pasado con el dedo y se ríe) pero como no tenía trabajo ni otro pito que tocar, me apunté al euskaltegi (academia de euskera para entendernos) más por inercia y por tener algo que hacer las mañanas que otra cosa, aunque bueno, una verdad universal es que cuando tienes pocas cosas que hacer no sacas tiempo para nada, y mi motivación era baja, y la mayoría de los días ni iba a clase.

Pero llegó enero, y con él el trabajo en el Ayuntamiento de Gernika. Claro, esto me suponía un problema, y es que si el euskaltegi era de 10 a 12, y por las mañanas estaba en Gernika, no podía ir, y teniendo en cuenta que de 3 a 7 estaba en el máster... solo me quedaba la opción de ir al euskaltegi de 8 a 10.

Difícil tesitura. ¿Me iba a pegar la pechada de levantarme a las 7 para pasarme todo el santo día de casa y no volver hasta las 22:15, hora de meterme en la cama y morir hasta el día siguiente? ¿Así todos los días? ¿Y para qué? ¿Para un papelote que vaya usted a saber qué utilidad tendría?

Pues hay defectos que a veces son virtud, y aunque en ocasiones es mala, lo cierto es que la cabezonería puede tener su lado positivo, y decidí echarle valor y un "por mis cojones que yo me saco el EGA". Aguanté el tute y fue duro, pero hay veces en las que me siento con derecho a sacar pecho, de saber que me puedo enfrentar a algo y superarlo. Ésa fue una de ellas. El resultado es de sobra conocido, pero hablemos de cómo fue el examen en sí.

Consta, o al menos antes constaba de 3 partes. Un test eliminatorio (el atariko proba), el escrito y el oral.

El atariko holgadamente. Nuestro profesor era muy bueno e íbamos estupendamente formados, y en un examen en el que hay que tener un 75% para aprobar (y que a veces se aprueba por la cosa gaussiana con 70% o menos) de nuestra clase nadie bajó de 80 (creo que yo saqué un nada despreciable 82)

Llega el escrito, el verdadero escollo. Una verdadera ginkana con varias pruebas; una prueba de audición, un test de rellenar huecos, una redacción, y los dos cocos; sinónimos y reescritura. La complicación del escrito es que tienes que aprobar cada una de las partes, y que no te sirve tener 10 en todo si sacas un 4 en una de las pruebas, así que había que ir con pies de plomo.

Más o menos todo bien, la redacción llena de topicazos, la audición, correcta, las reescrituras (que aprobé raspadas) bien, pero el horror; los sinónimos. Haciendo cuentas me salía que de 10 tenía bien 4. Pensaba y daba vueltas, mentalmente cuáles pensaba que había acertado, daba vueltas y vueltas, y estaba convencido de no haber aprobado.

Pero hete aquí que estábamos en el máster (en euskera) y me vino el flash a la cabeza, la 5ª palabra que sí había puesto. ¡Había esperanza! Podía no aprobar, pues era posible que hubiera tenido mal la redacción o alguna de las otras pruebas, pero el "no apruebo ni de coña" cambiaba drásticamente de color.

Y en efecto, llegué a clase y me transmitieron la noticia, había aprobado. En ese momento mis dedos ya acariciaban el EGA. Faltaba el oral, pero eso no me preocupaba nada, sabía que no sería difícil. No en vano, llevaba varios meses trabajando en euskera, haciendo un máster en euskera y yendo a clases; en aquella época, no exagero, hablaba más en euskera que en castellano. Por tanto, un examen oral de euskera era tan desafiante como un examen de respirar.

Efectivamente, no fue nada difícil. Mi examen duró un par de minutos, casi sin darme tiempo a lucirme, lo que significaba dos cosas; desastrosamente mal o maravillosamente bien. Y sabía que la primera no podía ser. Básicamente mi cerebro recuerda el examen oral de euskera como un "hola, he venido a que me deis el EGA", "ah, pues toma, puedes marcharte". (Moraleja: en un examen oral la confianza es clave)

Y años después, cuando me pasé al lado oscuro del funcionariado, aquel papelote que saqué por sacar, resultó ser bastante más útil de lo que entonces habría pensado.
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