sábado, 7 de noviembre de 2015

Dragon Ball Z: La resurrección de Freezer

El ataque de la paleta de colores.

"Vamos a hacer otra película de Dragon Ball y vamos a sacarla en el cine, a ver si cuela". Y coló, claro. Y seguirá colando mientras me pongan el cebo de poder ver Dragoi Bola en el cine, y naturalmente en euskera (no concibo verla de otra manera). Si además añaden el reclamo de uno de los villanos más emblemáticos de la saga, el cruel Freezer, pues entonces sí que es complicado resistirse.

¿Argumento consistente? ¿Calidad cinematográfica? Bah, he ido a verla por nostalgia pura y dura, porque quiero ver kamehames y porque quiero ver a Krillin, Ten Shin Han, Piccolo (perdón, Satantxiki) y compañía repartiendo estopa. ¿Que la película es inconsistente con la serie y argumentalmente pobre? Naturalmente, he venido a ver Dragoi Bola.

Aquí la cosa va de que Sorbet, uno de los secuaces de Freezer resucita a su añorado amo, para que vuelva a infundir el terror en la galaxia. Claro que al nivel al que se quedó, hasta el utillero podría pegarle una paliza, así que el resucitado Freezer se mete un curso intensivo de aprenda usted a matar en 4 meses y multiplica exponencialmente su fuerza, hasta el punto de ser capaz de adoptar su propia versión de super sayajin (imperdonable que no respetaran la expresión "goi gerlari" de la traducción original), para curtirse el lomo, como dictan las costumbres, primero contra los amigos de Goku, que siempre llega con la pelea empezada, y luego contra Goku y Vegeta, que estrenan tinte capilar, y con ello poderes nuevos.

Lo que viene siendo la excusa para una batalla épica, adornada por toques humorísticos (le quitan epicismo, pero es lo que hay, a Toriyama le ha hecho gracia la tontería del gato superpoderoso), y cuando todo parece haberse ido irremisiblemente a la mierda, spoiler, gana Goku.

Como dije con La batalla de los dioses, un producto destinado únicamente a fans irredentos que tengan muy claro a lo que van. El resto, huid.
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