miércoles, 7 de octubre de 2009

1984 (versión teatral)

Que no se queje Winston, que yo estaba más incómodo.

Si tuviera que decidirme por mi libro favorito, probablemente la novela distópica de George Orwell sería uno de los primeros candidatos en salir a la luz, un libro ágil, audaz y siniestramente intemporal, acerca del cual no me voy a extender demasiado, ya que esta entrada no va tanto por la novela sino por la versión teatral que ayer (y hoy) nos ofrecía Tim Robbins en el teatro Arriaga.

Empezando por lo malo, debo decir que mi localidad era un horror, al fondo del anfiteatro, con una columna delante de los morros y sin espacio para colocar las piernas, que quedaban estrujadas con el asiento de delante. Pero claro, a la velocidad que volaron las localidades, no pude elegir nada mejor, y al menos tuve suerte de poder coger entrada. También criticar los sobretítulos (la obra era en inglés), que eran difícilmente visibles y sobre todo demasiado elevados, por lo que, no exagero, había que elegir entre leer el texto o ver a los actores, y sin haber leído la obra esto podría haber sido un auténtico dolor. Lo cierto es que la barrera idiomática aquí pesaba bastante. Se habría solucionado con unos sobretítulos más cercanos al escenario, más legibles, y que hubieran puesto colores diferenciados para cada actor (que solo eran 6, leñe)

Dicho ya lo malo, es hora de pasar a los aspectos positivos.

La adaptación es obviamente bastante mejor que la película de Michael Radford (la cual es bastante mediocre, por cierto), y pasa dignamente el corte, siendo fiel a la novela, sin separarse demsiado de la obra original. Bueno, una rompedora entrada en escena de los actores, que deja al espectador ojiplático (what the?) y algún detallito suelto, aunque el problema de leer el texto o ver lo que pasa dificulta la tarea de captarlos (y menos mal que en inglés me defiendo, que si no...) pero bastante bien.

La obra se desarrolla en el interrogatorio de Winston, en el Ministerio del Amor, donde por medio de su confesión nos va contando todo lo sucedido, de forma bastante curiosa, ya que presente y pasado conviven simultaneamente, y los actores son a la vez carceleros y recuerdos, todo ello sin cambiarse de ropa. Un poco confuso pero ingenioso. Y tan inquietante como genial, la voz del interrogador, omnipresente, que sale de cualquier parte del teatro, y el respingo que pega el espectador cuando oye la voz profunda de aquél a su espalda, es de aplaudir.


La obra tiene dos actos, con una imprescindible pausa (mis piernas, mis pobres piernas), siendo el primero la ya mencionada confesión, y el segundo lo que sucede después de la captura del protagonista, sin omitir, por supuesto, la siniestra aparición de O´Brien y la aterradora habitación 101.

Todo ello, claro está, aderezado con los triunfales partes informativos que nos informan de las recientes victorias de oceanía contra Eura..., no, no, Asia Oriental, eso, Asia Oriental, y de cómo el fin del enemigo está cada vez más cerca (¿a qué me sonará a mí esto?)

Pese a las incomodidades físicas y la barrera idiomática, la obra recrea perfectamente el espíritu de 1984 y su atmósfera de opresiva paranoia. Y sabes que algo ha ido bien cuando sales del teatro y lo primero que quieres hacer es volver a leer el libro.

Libro que, por supuesto, recomiendo fervientemente.
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