viernes, 30 de enero de 2015

Lo mío con esto del basket

De mis primeros recuerdos baloncestísticos.

El texto que sigue lo escribí hace un par de años como parte del regalo colectivo que hacíamos al amigo Jon Lekue, aficionado al baloncesto; un libro en el que todos escribiríamos algo sobre el deporte de la pelota naranja. Yo por mi parte escribí sobre mis orígenes como aficionado a esto. Téngase en cuenta que el texto es de 2012, por lo que no hay referencias a todas las historias negras de Uxue y la casi desaparición del equipo. 

Lo mío con esto del basket, como otras tantas, es una afición realmente tardía. Nunca fui niño futbolero, pues en casa, a diferencia de en otras tantas casas de Bilbao, no se cataba el fútbol, ya que ni a mi madre ni a mi padre les iba nada. Mi padre, tal vez movido por ese espíritu contracorriente que siempre le ha caracterizado, era más de baloncesto. O como lo llamaba mi abuela (ella más futbolera, o mejor dicho Athleticzale) “eso de los negros saltimbanquis”.

Y sí es cierto que de niño tengo el recuerdo de ver a mi padre viendo el baloncesto, pero no captaba mi interés. Supongo que era una de esas cosas que me parecían “de mayores” y por tanto aburridas. Tendría que hacer memoria para encontrar mis primeros recuerdos de baloncesto, pero sí recuerdo que con 9 años y una enfermedad que me tuvo todo el verano en cama, mi padre me hablaba del “concurso de mates”. No terminaba de entender qué tenía de apasionante ver a unos señores haciendo sumas y restas, y menos aún entendía qué relación tenía con aquellos señores haciendo cosas con la pelota. Aquel año ganó un tal Michael Jordan, y por imperdonable que sea, no guardo absolutamente ningún recuerdo de ello. Probablemente estaría a otras cosas y no a la tele. Algo muy de mí en aquella época.

Algo mejor recuerdo mis primeras experiencias con el baloncesto en directo. Una de las cosas que más mueve al aficionado es el sentimiento de pertenencia, y por aquellos años había una cosa llamada “Caja Bilbao”, donde jugaba un tal Jon Kopiki (sic) que debía de ser muy bueno. Se hablaba algo más de baloncesto, e incluso alguna vez fui a la Casilla a verlo. Aunque no debían de ser muy buenos, porque solo recuerdo derrotas. Incluso recuerdo un partido en el que el marcador fue un raquítico 59-64 o algo así, y a mi padre quejándose por la escasa cantidad de puntos. Pero nunca recuerdo una verdadera pasión por el Caja Bilbao. Alguna vez lo veía por la tele, y recuerdo a mi abuela sacando pecho porque se había ganado al Real Madrid. La buena señora probablemente no tenía ni idea de baloncesto, ni de quiénes eran esos tipos que jugaban. Pero no importaba, “habíamos” ganado al Real Madrid.

Recuerdo también que en aquella época, o tal vez algo más tarde, me aficioné vagamente a la NBA, pero no tanto a los partidos, sino a seguirla por prensa. Los tiempos de los Pistons de Thomas, los Celtics de Bird, los Lakers de Abdul Jabbar, y cómo de cuando en cuando llegaba a casa un ejemplar de la revista Gigantes del basket, la cual guardaba cual tesoro. Pero lo que más me gustaba era la parte de resultados y estadísticas.

Otro recuerdo está en uno de mis juguetes de la infancia: el Exin Basket. Esa especie de futbolín de baloncesto que acompañaba mis largas tardes en solitario. Recuerdo que asignaba a cada botón un jugador, y que anotaba la estadística. Era curioso, no tenía ni idea de baloncesto, pero me encantaba memorizar nombres de equipos y jugadores. Palabras como Cholet o Limoges se me hacían familiares sin saber que eran ciudades francesas, y muchos nombres de jugadores, a los que nunca vi jugar, se me hacían familiares. No necesitaba verlos, me valía con el dictamen de aquellas revistas para saber si eran buenos o no.

En este batiburrillo de recuerdos asociados al baloncesto, es inevitable hablar de finales de los 80 sin hablar de la selección de Díaz Miguel, con aquellos Villacampa, Jofresa, y el que era mi favorito, no preguntes por qué: Andrés Jiménez. Me acuerdo del apasionante preolímpico, donde España tenía que medirse a rivales como Irlanda, y aquel empate a 3 donde una carambola con Italia (dolorosa derrota) y Grecia (dulcérrima victoria) nos mandaría a Seúl. A Seúl cargados de ilusiones, pero derrotas como las de Australia, con un tal Sengstock en plan estelar, que tengo el recuerdo de estar viendo por la mañana en el salón de mi antigua casa, nos devolvía a la realidad.

De momentos agrios vive también la afición, y uno que no se puede olvidar es el play-out contra Granada, que sufrí por la radio, sin saber que estaba siendo televisado, con el doloroso descenso, más lo que vendría después. Pero el baloncesto, como cualquier otra afición, está para traer buenos momentos, y prefiero quedarme, pese a lo irrelevante, con aquella vez que se apalizó (¿pudo ser por 50 puntos?) creo que al Mayoral Maristas de Málaga, germen de lo que después sería el Unicaja. Aunque si volvemos a los recuerdos negativos, es imposible no mencionar aquel no ascenso.

Pero dejemos atrás esa etapa, que recuerdo como difusa, y de la que sin duda he hecho una exposición tremendamente poco rigurosa, para avanzar un poco en el tiempo. Cierto es que podría documentarme un poquito y cotejar fechas, pero no es ese el espíritu de esto. Como decía, corramos un poco en el tiempo y obviemos los años en los que literalmente me desentendí del baloncesto para ir al año 2003.

Sabía que se había refundado el equipo, en lo que parecía otro intento con visos de ser infructuoso, y se acercaba el cumpleaños de mi padre. No sabía qué regalarle, y se me iluminó la bombilla: ya que tantas veces me había llevado él al baloncesto de niño, ¿por qué no hacer lo propio? Y así fue, y tras tantos años volvimos a la Casilla para ver baloncesto. Una cómoda victoria contra Ferrol, y una bonita sensación. Ese año seguimos los resultados por prensa, y casi se sube a LEB. Tentados estamos de hacernos socios, pero al final, entre pitos y flautas ese año no nos llegamos a hacer socios. Aunque en mi cumpleaños mi padre me devuelve el regalo y vamos a ver el crucial partido contra el Plasencia: ganarlo supone evitar al Granada en Playoff y casi asegurarnos el ascenso. Resultado: victoria apabullante y gran animación.

Pero la alegría de ese día chocaba con mi, por otra parte comprensible, escepticismo. ¿Volvía a haber equipo de ACB en Bilbao, o se repetiría la jugarreta de hace unos años? La idea era ilusionante, pero el miedo a que se repitiera la historia podía más. “Me creeré que el Bilbao Basket está en ACB cuando vea el balón subir en la Casilla” era una frase que repetí mucho. Y así fue, cuando aquella tarde de otoño debuté como abonado en partido oficial en aquel catastrófico 57-104 contra el odiado rival (nunca negaré que mis dos equipos favoritos son el Bilbao Basket y el que esa semana juegue contra el Baskonia), en un partido que hacía presagiar un recorrido muy corto por el baloncesto de elite. Pero el vaticinio no se cumplió, y las victorias llegaron.

Sería un poco redundante empezar a contar aquí cómo fueron los partidos, y prefiero hablar de mis sensaciones, como la primera victoria, ante Estudiantes, o la noticia de la permanencia del Bilbao Basket. Recuerdo además que ese día, en que el Bilbao Basket se la jugaba en Tenerife, estaba yo con unos amigos viendo la semifinal de la Copa del Rey, entre el Athletic y el Betis. Y siendo yo por aquel entonces simpatizante del equipo verdiblanco (no pregunten por qué, el deporte es irracional y muchas veces absurdo) había salido yo ataviado con la ajada camiseta del Betis, y recuerdo que al acabar el partido de baloncesto, coincidiendo con el descanso, llegaba la noticia de que el Bilbao Basket por medio de mi padre. Recuerdo entrar al bar y comentar que el Bilbao Basket se quedaba, y tengo grabada la imagen de estar abrazado a un montón de tipos con camisetas del Athletic, todos celebrando la parte baloncestística.

El baloncesto, y concretamente el Bilbao Basket, ha traído recuerdos imborrables, como las canastas sobre la bocina de Salgado, el notapón de Hervelle, o un sinfín de batallitas con las que podría rellenar páginas y páginas. ¿Y qué decir de los viajes? Sevilla, Valladolid, Turín, Moscú... Podría estar escribiendo durante horas. Pero hay que sintetizar un poco, digo yo.

Sin embargo, hay dos hitos que deben ser mencionados en mi trayectoria como aficionado a este deporte, que son el descubrimiento del Foro ACB, y por extensión mi ingreso y posterior renuncia a la Piña Marko Banic. La Piña, con sus más y sus menos, sirvió para ver este deporte de una manera diferente, y verlo tal vez más desde dentro. Y aunque es una etapa que quedó cerrada, sin duda dejó algunos momentos muy positivos. Y negativos, pero esos estaría feos dejarlos por escrito.

Pero volviendo al tema de la afición, no afición, siempre me he considerado un aficionado atípico. Lo que no deja de ser normal, porque al final cada uno es un mundo, y cada cual tiene sus rarezas. Pero yo tengo las mías. ¿Aficionado inquebrantable que sigue al equipo en los buenos momentos y en los malos? Tururú. El baloncesto, como cualquiera de los hobbies por los que pago, está ahí para divertirme, y mi obligación con la entidad se acaba en cuanto pago el abono y respeto las normas del pabellón. Por lo demás, creo haber logrado ese momento zen, en el que me alegro con las victorias y me son indiferentes las derrotas. Esta postura que me permite engorilarme cuando me apetece hacerlo, o ir a los partidos como quien va al cine. Sin que eso me impida vibrar con acciones como la canasta de Raül López al Siena, la cual recuerdo como el que probablemente es uno de los momentos más bonitos que he vivido como aficionado de este deporte.

En cuanto a la práctica, pues no es de extrañar que siendo alto todo el mundo me pregunte si he jugado a baloncesto. Pues no, más allá de pachangas ocasionales no he jugado a baloncesto en mi puta vida. Tuve de niño un balón, con el que me iba a veces a tirar a canasta al colegio, pero ya. Y cualquiera que me vea moverme por una cancha se dará pronto cuenta de que, efectivamente, nunca he jugado a baloncesto.

Va siendo ya hora de dar por concluida esta exposición, la cual es completamente caótica y desestructurada, escrita a vuelapluma y en la que me habré dejado cosas importantes y habré errado en otras. Y sin duda habré incurrido en repeticiones. Pero bueno, esto no pretende ser una tesis doctoral, y estimado Joni·, si quieres las historietas en más detalle, quedamos cualquier día y te las cuento.
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