Japón siempre se me atraganta. No puedo evitarlo pero me da pereza y es uno de esos destinos turísticos que pese a ser muy populares nunca me ha llamado la atención ni un poco. No puedo evitarlo pero es lo que hay, y eso suele hacer que las películas ambientadas en el país del sol naciente me acaben haciendo menos gracia.
Aun así, decidí dejar atrás mis prejuicios e ir a ver la película, pues Brendan Frasier sí me gusta y la premisa era interesante: un actor en horas bajas es contratado por una agencia para hacerse pasar por otros y meterse en el entorno de las personas que directa o indirectamente acuden a la compañía. Entre otros, se hace pasar por el escritor que va a publicar la biografía de un actor jubilado o el padre ausente que vuelve a la vida de una niña. Un poco sórdido pero bonito al fin y al cabo. Y como suele pasar en las películas del estilo, ya sean de poli infiltrado o comedias románticas, el impostor acaba por tener una crisis de lealtades cuando se mete demasiado en el personaje y acaba desarrollando lazos afectivos reales.
La idea me gustaba, y tampoco creo que la película esté mal. Pero no la he terminado de disfrutar, no he conectado con ella e incluso a ratos me aburría. ¿Me habría gustado más si en vez de en Japón fuera en contextos que me son más familiares, como Manhattan o España? Creo que sí, pero eso no tenemos manera de saberlo y en todo caso tampoco es un defecto de la película.
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