miércoles, 4 de junio de 2008

Memorias de un ex-abogado (XXII)

Como un casa a medio hacer.

Capítulo XXII: Los casos inconclusos

No son graciosos, no son espectaculares, no contienen anécdotas especialmente dignas de mención, o simplemente por razones de secreto profesional no puedo contar nada, pero eran el pan de cada día en la profesión, y una de las cosas que más quemaban.

Individualmente ninguno de ellos era nada especial. Cuando uno ejerce una profesión libneral, asume que cada entrevista, cada llamada, cada cuestión que se nos plantea, puede ser un potencial cliente, o quedar en nada. Pero cada uno es como es, y cada uno los tolera mejor o peor. En mi caso, lo llevaba bastante mal, ya que era una constante incertidumbre, y el no saber si cada nuevo encargo o protoencargo iba a suponer trabajar para nada, era el goteo que al final hace darse cuenta a uno de que ese no es el camino a seguir. No era nada del otro mundo, y antes de empezar lo sabía, pero me sirvió para darme cuenta de que no quería hacer de ello mi vida.

Cuando uno es abogado (o comercial, o fontanero, o tendero) es sana costumbre hacerlo saber, ya que tener clientes es la base del sustento, y por eso se suele dar la tarjeta por doquier. Creo que no dejé a ningún conocido sin mi tarjeta profesional, por algo se llaman de presentación. Y bueno, eso supone que las tarjetas a veces hacen su trabajo, y llegan a conocimiento de quien necesita un abogado.

A veces fue para bien, y me llegaron casos que sí fueron exitosos (los menos) o que al menos me sirvieron para trabajar y ganar algo de dinero, pero la mayoría de las veces eran simples dudas, cuestiones legales, gente que te plantea sus problemas (incluyendo temas tan truculentos como una agresión sexual, o una posible negligencia médica con luctuoso resultado), que dan trabajo y no dan dinero. El más recurrente, el posible cliente que te expone el tema, le dices cuánto podría costarle (o simplemente pedirle más información del asunto) y no vuelve a dar señales de vida. Absolutamente nada que reprochar a nadie, pero quema.

Otro orden de asuntos inconclusos fueron aquellos temas que habiéndolos empezado me vi obligado a derivar por no verme capaz de llevarlos, bien por desconocimiento de la materia, bien por estar ya dejando la profesión, temas que para no llevar al 100% preferí dejar en manos de otros abogados, aunque quede claro que nunca dejé colgado a ningún cliente, y toda derivación que hice fue siempre con el beneplácito de los mismos, y asegurándome de dejarlos en buenas manos, que ya es mejor que lo que habría pasado si hubiese seguido yo con ellos. Puede que lo más cómodo hubiera sido quedarme los asuntos, hacer cualquier chapuza y cobrar la pasta. Aunque, francamente, no habría sido lo más ético.

Al principio de la entrada dije que de éstas no había ninguna especialmente reseñable, pero mentí, pues hay una que recuerdo, que no quedó en nada, pero que es clara prueba de lo jeta que puede llegar a ser la gente. Me sonó un día el teléfono, y era un fulano, que debía de ser amigo de un amigo, a quien en una ocasión yo le había dado mi tarjeta, y el asunto que me exponía era básicamente que tenía que pagar una factura, creo recordar que de Telefónica, y quería saber si tenía alguna fórmula o resquicio para no pagarla. Atónito le pregunté "pero el servicio te lo han prestado satisfactoriamente". Me dijo que sí, pero que si podía librarse prefería no pagar. Lo que no recuerdo es si le colgué el teléfono diréctamente o mandarle (educadamente) al carajo, pero a veces pienso que se habría merecido que le cobrara 500 euros y le embarcara en un absurdo juicio contra la compañía acreedora, por caradura.

Y bueno, con esto concluirían, creo, mis memorias de ex-abogado, en la que he ido narrando los episodios más destacados de una etapa de mi vida que di totalmente por cerrada, pero a la que no puedo negar el mérito de haberme servido para aprender cosas importantes. El libro está cerrado y no me gustó nada, pero es innegable su legado.

Las anécdotas abogadiles, donde hubo violencia, deudas, odios, intrigas y absurdos kafkianos terminan aquí, pero no así mis batallitas, ya que aún queda por contar qué hubo después de la abogacía. Pero como decía Michael Ende, esa es otra historia y tendrá que ser contada en otra ocasión.

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