jueves, 17 de julio de 2008

El monstruador

Estas cosas van en el sueldo, pero quejarse es gratis.

Ayer me tocaba bajar al mostrador, donde se puede ver lo más granado de la sociedad humana, y cada caso es un mundo.

Por fortuna, la inmensa mayoría de la gente es educada, pide las cosas de buenas maneras, pregunta cosas normales y entiende a la primera lo que se le dice, pero como en todo, hay excepciones, y al final es con las que nos quedamos.

Están por ejemplo un tipo de los que más detesto, y creo que como yo, cualquiera que trabaje cara al público. No tengo problemas con ser paciente con la gente mayor, ni tampoco los tengo con los extranjeros que no dominan bien el idioma, como tampoco los tengo con aquellas personas que bien por incapacidad o bien por incultura no captan conceptos que para otros resultan básicos. Los que me dan rabia son los que van por el mundo como si su caso fuera el único del mundo mundial.

Vamos a ver, alma cándida... si tu expediente es el número 50.000 y pico, ¿se te ha ocurrido pensar que igual es porque hay otros 49.999, y por eso no te pueden hacer lo tuyo ahora-ya, como pides, sino que te tienes que ajustar al procedimiento?

Esto viene a raíz de una chica que (por simplificarlo) traía un papel y quería saber si se lo iban a dar por bueno, y no entendía que la única manera que tendría de saberlo era esperar al día del cobro, y si había cobrado es que sí, valía, y si no, pues no. Y como no le gustaba la respuesta, insistía en que le dieran un teléfono al que llamar, y no entendía que no, que así no van las cosas, y se marchó no sin antes decirme de todo y dejarme con las ganas de responder a su pregunta de "¿tú me has visto a mí cara de imbécil? Nunca me ha costado tanto esfuerzo no decir "sí".

Otros elementos son aquellos que viven en una especie de país de la piruleta, como una señora a la que se reclamaba un cobro indebido por haber estado cobrando la renta básica a la vez que trabajaba. Empezó diciendo que no la había cobrado, para seguir diciendo que no estaba segura, pasar a decir que en aquella época no sabe si estaba trabajando (y hablamos de un periodo de 5 meses seguidos) mientras decía "no sé lo que hice ayer, como para saber lo que hice en septiembre". Por supuesto, consultado el expediente, sí había estado trabajando y sí había cobrado.

De difícil trato son también, físicamente difícil, algunos de nuestros usuarios (dejémoslo así) que descuidan su higiene personal hasta unos extremos difícilmente comprensibles para la razón humana, algunos de los cuales parece que lo más parecido que hayan visto nunca a una pastilla de jabón sea una rata muerta, y en momentos así uno agradece la vitrina de cristal que hay en medio, pese a la cual a veces el hedor traspasa y se inserta en las fosas nasales llegando a producir auténticos mareos (mientras pones la cara de poker y bendices al que instaló el cristal al ver que el usuario lo está dejando perdido de babas). Para que veáis que no exagero, la semana pasada el olor de una era tan impregnante y profundo, que lo primero que hice nada más llegar a casa fue ducharme.

También hacen agradecer el cristal algunos especímenes, los que pasan de la indignación al enfado, algunos con cierta razón, otros sin pizca de ella, pero que suponen una prueba a la paciencia. Ya que en un bar o en la calle, siempre puedes darle un tortazo, responderle cualquier barbaridad (pa chulo yo) o, la más recomendable, darte media vuelta y pasar) pero en el trabajo ninguna de las 3 opciones es válida, así que toca escuchar, mostrar empatía, y bueno, a veces se consigue que se tranquilicen y todo.

Luego siempre está el clásico pesado, al que le explicas todo una y otra vez y no lo entiende, porque no lo quiere entender. Una persona a la que le había llegado una resolución, una extinción por no haber presentado una documentación que se le había requerido. Sus opciones eran bien simples, A) aguantarse B) formular un recurso, y en el recurso poner que A) no le llegó la carta o B) sí presentó los papeles.

Simple, creo que no hay mucha más historia, pues nada, erre que erre a contar cosas que no vénían al caso, mientras una larga hilera se iba formando detrás. La solución era fácil, se la estaba dando, pero primero, que no sabía si había presentado los papeles, segundo, que cree que no le llegó la carta. Pues hombre, es fácil, si has presentado los papeles los tenemos y si te ha llegado la carta, estará la cartulina rosa, y si no, pues te tendrán que dar la razón al recurso. Pero nada, ¿escuchar para qué? Y claro, la bomba llega cuando dice "es que creo que los papeles no los presenté, y la carta, igual sí me llegó. (¡Pues entonces te jodes!)

Pues bueno, sirva esta entrada más como desahogo que como exhaustiva relación de tipos de usuario de mostrador, porque si me pongo, tengo para escribir una novela. Y de terror.

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