lunes, 18 de enero de 2010

El loro delator


El protagonista de esta historia ha preferido mantenerse en el anonimato.

Puede parecer sorprendente, pero a veces se dan casos de gente malintencionada que tiene a bien estafar al dinero público y cobrar ayudas que no le corresponden, y como es el caso, de gente que, teniendo trabajo (y por tanto ingresos) prefiere omitir tan incómodo detalle para poder así seguir cobrando, de forma fraudulenta, las ayudas sociales.

Lamentablemente la Administración no es omniscente, y la facultad de saber si alguien trabaja con solo mirarle a los ojos, aún no la tenemos, y es por eso que muchas veces las denuncias ciudadanas a veces son útiles para cazar a algunos sinvergüenzas. Como sinvergüenzas son los malos de esta historia, un clan de, erm, "escoceses", a los que llamaré "la familia McCaradura".

Pues resulta que los McCaradura vivían felices gastando en telefonía móvil y televisores de plasma el dinero de la renta básica, ya que para cosas como comer y vivir en general utilizaban el dinero proviniente de su negocio, una frutería que regentaban, y de la que obtenían pingües beneficios. Frutería sobre la que, descuidadamente, habían olvidado pronunciarse.

Por desgracia para los McCaradura, su feliz idilio con el fraude terminó cuando un vecino tuvo a bien denunciar su actuación, y lo que tiró la manta fue que lo que inicialmente molestaba al vecino era el ruido que los McCaradura organizaban todas las mañanas (lógico, tenían que madrugar para atender su negocio)

Y bueno, esta algarabía despertaba al loro de los McCaradura, que con su ruido despertaba al vecino, que harto de los ruidos del ave, optó por denunciar. Y tirando, tirando del hilo, los McCaradura fueron descubiertos y por suerte se les acabó el chollo. Y es que a veces, a los más granujas se les acaba cogiendo por la cosa más tonta.

Moraleja: Si quieres hacer pufos no tengas loro. O mejor aún: no lo hagas.


¡Os lo advertí!
Publicar un comentario