viernes, 7 de mayo de 2010

2084 - Capítulo 3


Siguiendo lo narrado aquí.

Tras el incidente, fui trasladado a una vivienda unipersonal, y fui recompensado por mi fidelidad con más puntos para el siguiente examen de ciudadanía. Mi siguiente solicitud a la Administración sería bonificada, y los rumores de que un desajuste de población iba a requerir nuevas pruebas eran inminentes. Me sentía bien, era un buen ciudadano, tenía puntos, cumplía en mi trabajo, todos me felicitaron por ello, y tenía bastantes puntos, con los que podría conseguir beneficios, incluso un ascenso.

Pero me sentía vacío. No podía quitarme la mirada de Tammy de la cabeza.

Y no tenía a quién contárselo.

Un ciudadano, no recuerdo quién, me contó en cierta ocasión que antaño, antes de la Catástrofe, los psicólogos no se limitaban a motivar a los trabajadores y a ayudarles a creer en la Terraformación. Escuchaban los problemas de la gente, y trataban de darles solución. No los problemas tangibles, sino eso llamado "sentimientos". Naturalmente, no están prohibidos, y todo el mundo tiene sentimientos, pero se consideran algo "no útil", y recuerdo que cuando de niño pregunté a uno de mis profesores qué eran los sentimientos, su respuesta fue "un sentimiento es algo que no te va a ayudar a Terraformar".

Me acordé de aquel hombre, 13.000.874. Era bastante anciano, incluso se rumoreaba que había conocido el mundo de antes de la guerra, y recordaba cosas de esa época, de la Edad Oscura. Sentí el impulso de reunirme con él, de hablarle de mis dudas, de la mirada de Tammy, de por qué odié a Elías... de por qué estaba empezando a dejar de creer en la Terraformación, y sobre todo del miedo. Tenía... sentía miedo de convertirme en aquello que más odiaba.

El ciudadano 13.000.874 vivía en una pequeña casa, un poco alejada del resto. Una casa para él solo. Era obvio que tenía contactos en el Ministerio, y por lo que contaban, esto se debía a que era de los pocos ciudadanos que podían hacer su trabajo. Tal vez también por eso es que no le hubieran pedido aún que renunciara a su estatus de ciudadano para dejar una licencia libre. Siempre recibía a quien fuera a visitarle, y me sorprendió muchísimo que me llamara por mi nombre cuando me vio. Recuerdo que me presenté, como dictan las normas, como ciudadano 13.263.055, y que él me contestara con una sonrisa y un "¿pero no te importa que te llame Randy, verdad? no soy muy bueno con los números".

Aquel hombre tenía un aura. Inspiraba confianza, y me era fácil hablar con él, no me costó transmitirle mis miedos, mis dudas, mis inquietudes, no me importó confesarle cosas que socialmente serían muy embarazosas. Y mientras se lo contaba me di cuenta de una cosa, de que odiaba a las Naciones Unidas, odiaba a los Cascos Azules, y odiaba esa estúpida Terraformación. Y cometí la estupidez de decírselo.

-No te preocupes, Randy, es normal lo que sientes. Aunque te hayan enseñado que no, los seres humanos, porque así es como deberíamos llamarnos, tenemos sentimientos. Hubo un tiempo en el que éstos eran normales, y eran el motor que movía el mundo. No debes avergonzarte por ello.

-Pero esos sentimientos trajeron la Guerra, y destruyeron el mundo- respondí.

-No Randy, algunos sentimientos trajeron la guerra. No te negaré que hay gran parte de verdad en el mensaje de las Naciones Unidas. La falta de recursos, el egoísmo, el odio irracional, fueron causas para la guerra. Es cierto que existen sentimientos nocivos.

-¿Y cómo podemos controlarlos?

-No puedes. Odias lo que te han enseñado a odiar, temes lo que no conoces... es natural al ser humano.

-Pero nadie me ha enseñado a odiar a las Naciones Unidas- protesté.

-No, pero no puedes evitar sentirte defraudado -su voz era suave y calmada, llena de sabiduría- Ves que lo que te han enseñado es mentira. Te hablan de libertad, cuando lo único que te dan es libertad para hacer lo que ellos te dicen que tienes que hacer.

-Eso no es cierto, nunca se nos ha negado el derecho a hacer nada, o casi nada.

-¿Acaso permitieron que tu esposa tuviera el hijo?

-Eso es diferente -protesté- las normas sobre superpoblación son tajantes, y ella -sin saber muy bien por qué, noté una extraña y desagradable sensación en la garganta- las conocía perfectamente, así como sus consecuencias.

-Sí, y tú cumpliste con tu deber, o con lo que creías que era tu deber. Lo hiciste porque decidiste hacerlo, ¿o porque ellos te enseñaron a decidir? Dime, Randy, ¿hay una sola cosa en tu vida que hayas decidido hacer porque hayas querido hacerlo?

-Creo que sí... -de alguna manera aquello me abrió los ojos- estoy aquí hablando con usted, porque lo he decidido.

-Exacto. Has decidido saltarte las normas, has decidido venir aquí y hablar de ello. Has decidido arriesgarte a que yo te delate, ¿y no necesitas que te explique las consecuencias que podría tener tu infracción, verdad?

-No soy ningún héroe. Si vine fue porque tenía miedo y buscaba respuestas, y si he confesado lo que pasaba por mi cabeza es simplemente porque he sido incapaz de ocultarlo.

-Lo sé, Randy, pero lo has hecho. Y tú sabes que las cosas han cambiado para ti. Naturalmente, podrías ir mañana a la fábrica, hacer tu trabajo, estudiar, conseguir puntos en el examen, conseguir un ascenso, otra esposa. Incluso podrías denunciarme, no son pocos los peces gordos del Ministerio que estarían gustosos de liquidar a un viejo que se dedica a esparcir ideas peligrosas. Eso te daría muchos puntos. Te podrían conceder uno, o incluso dos hijos, tal vez hasta te concederían el enorme privilegio de ser clonado. Has sido un ciudadano ejemplar, y nada te impide seguirlo siendo.

-Pero ya no creo en ello.

-Piénsalo bien, Randy, ¿qué ganas con oponerte a ello? Yo soy viejo, y aunque no me retiren la licencia para vivir, porque no te olvides de eso, vivimos porque nos lo permiten, tampoco me quedan muchos años, y sé que nunca volverá el mundo tal y como yo lo conocí. Pese a mis aparentes privilegios, no tengo nada que perder. Pero tú, Randy, te juegas mucho.

-¡No es justo que me abra los ojos para luego obligarme a cerrarlos!

-¿Es como si te diera una libertad que no te permito usar?

-Más o menos...

-Exacto. Veo que ahora sí lo has entendido. Ahora, por favor, Randy, necesito estar solo un rato, y además, ya llevas aquí dentro el tiempo suficiente como para que empiecen a sospechar. Como imaginarás, los cascos azules vigilan esta casa noche y día, así que sal por esa puerta, duerme bien, y mañana por la mañana deberás tomar una decisión.

-¿Cuál?

-Cierra los ojos, ve a trabajar, sé un ciudadano modelo. Asciende, aprueba los exámenes, gánate un clon, trabaja por la Terraformación, gánate el derecho a ser clonado, y sobre todo, olvida que esta conversación existió jamás, y no vuelvas aquí nunca.

-¿Y si decido que mis ojos permanezcan abiertos?

-Entonces, Randy, ve al colegio abandonado del sector 57 a las 8:00. Te pediría que rezaras algo, pero me temo que es un concepto demasiado difícil de explicar ahora.

El camino a casa fue extraño. Obviamente no podía dejar de pensar en las palabras del anciano... ¿por qué no le preguntaría su nombre? Sabía que tomara la decisión que tomara me iba a arrepentir. Una suponía poner en juego mi vida, y la otra... la otra era renunciar a ella.

Estos pensamientos monopolizaban mi actividad mental, cuando una patrulla de cascos azules me interceptó por el camino.

-¡Alto! -su voz sonaba metálica tras la máscara que cubría su cara- ¿ciudadano, sabe usted que está vulnerando el toque de queda? ¿De dónde viene?

-Lo siento, oficial, soy el ciudadano 13.263.055. He cometido un imperdonable error. Me desorienté, he tenido un día especialmente duro en la fábrica, y quería tomar un poco el aire antes de dormir, pero sé que no es excusa, dígame cuál es mi sanción.

-Sin duda -guardaba su porra al ver que yo no iba a suponer un problema- la sanción por infracción leve es de 5 puntos, que serán descontados en su siguiente oposición.

¡5 puntos, qué abuso!

-Sí, oficial, disculpe oficial, lo tendré en cuenta, y ahora mismo me dirijo hacia mi casa.

-No se disculpe, ciudadano, le recuerdo que todo esto es por su seguridad. Y ahora, circule.

-Gracias, oficial.

Aquella noche no dormí. El incidente con los Cascos Azules fue el empujoncito que necesitaba para abrir del todo los ojos, y cuando sonó el despertador a las 7, mi impulso fue golpearlo contra la pared, una y otra vez, mientras la lastimera voz del aparato pasaba de su vitalista y entusiasta mensaje pro-Terraformación a un casi inaudible "ciudadano 13.263.055, la sanción por dañar material de trabajo es de 5 puntos que..."

¡Al cuerno con sus estúpidas sanciones! La decisión estaba tomada. No iría a la fábrica, nunca. ¿Tenía derecho a decidir, verdad? Pues estaba dispuesto a hacer uso de él.

Capítul0 4
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