domingo, 13 de noviembre de 2011

Crónicas monegras

Tras cazar una planta rodadora.

Efectivamente, la casa era la de la foto. Como anuncié el viernes, este fin de semana me iba de turismo rural a Leciñana (Zaragoza), y me tocaba a mí llevar el coche. Así que tras recoger al comando Bilbao, nos fuimos al Bilbondo a hacer la compra y tomamos la autopista hacia Zaragoza. Allí teníamos que recoger al Sr. Hugo, que venía de Barcelona una hora más tarde de lo previsto, al haber perdido el autobús. Por lo que nos tiramos todo ese rato esperando en la Estación de las Delicias. Eso, unido a que nos perdamos varias veces en el dédalo de calles de la capital maña hasta que empieza a funcionar el GPS, hace que el otro coche, el grupo de los madrileños, llegue antes que nosotros.

Allí presentaciones, saludos y cena, para dar paso a juegos de mesa y un killer, por el cual debes "matar" a tu víctima (te dan un papelito con víctima, otro con sitio y otro con forma de matar". La paranoia se implanta en la casa, y a lo largo del fin de semana vamos asesinándonos unos a otros. Yo me cobré 4 bajas y morí de forma más que discutible (¡el porche de la casa no es campo abierto!) :P

El sábado a la mañana aprovechamos para hacer una excursión por las trincheras de la Guerra Civil, en lo que se llama ruta de Orwell, pues es donde sirvió como miliciano el genial autor de 1984 y Rebelión en la Granja. Mucho andar y trepar, para hacer hambre a mediodía.

Pero el verdadero ejercicio viene cuando al bajar del coche vemos una auténtica planta rodadora. Llevados por un infantil impulso, sentimos la necesidad de cazarla, y me lanzo a la carrera tras ella, llevado en volandas por el viento. Nunca creí que fuera capaz de correr tan deprisa, y consigo capturar la pieza. Tras la sobremesa empezamos con una divertida ginkana que nos habían preparado Hugo y Edurne, que nos tiene dando vueltas por la casa, realizando todo tipo de absurdas a la par que divertidas pruebas, y en la que mi equipo se alza con la victoria, lo que siempre mola.

La tarde-noche, parecida al viernes, con la diferencia de que salimos a dar un paseo nocturno, aprovechando lo agradable del tiempo, y nos sumergimos en la negrura de la intemperie, donde alguno se lleva un susto gordo, sobresaltado por el vuelo de un cuervo. Luego volvemos a la casa, donde nos quedamos de risas y charletas (y más asesinatos) hasta las mil y monas.

El domingo por la mañana más de lo mismo, y tras la comida, despedidas y al coche. Pero no acaba ahí el fin de semana, ya que nos toca devolver a Hugo a Zaragoza, donde aprovechamos para saludar al sr. Kostykyan, y nos tiramos media hora dando vueltas por Zaragoza hasta que encontramos su casa, más media hora dando vueltas por Zaragoza hasta que encontramos la salida. Sencillamente, un horror. Pero después autopista y a casa.

Fin.
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