lunes, 17 de febrero de 2014

El lobo de Wall Street

Di Caprio mostrando su pene.

Putas y barcos. Muchas drogas drogas, prostitución y coches caros. Excesos, dinero a raudales y una vida fácil. Eso, durante tres horas, es lo que ofrece "El lobo de Wall Street", basado en la historia real de Jordan Belfort, un estafador que se hizo rico vendiendo humo y acciones basura, llegando prácticamente a nadar en dinero, drogas y excesos.

Supongo que con el primer párrafo ya he dejado claro que la película va de un tipo que se hace rico y se pega la vidorra padre, y se pasa el día drogándose y follando porque es muy rico. Habrá en este punto quien opine que estoy siendo un tanto repetitivo, y que ya ha quedado claro a la primera. Si es así, he conseguido trasladar la idea que quería trasladar: la película se excede en contar algo que se podía contar con menos. Y a ver, que ver jamelgas semidesnudas, cochazos y fiestas decadentes es divertido, pero 3 horas se acaban haciendo algo largas. Ojo, que la película me ha gustado, pero tal vez no hacía falta tanto. 


También es verdad que no ayuda mucho que tanto el personaje de Di Caprio como muchos de sus compinches sean unos completos gilipollas, a los que puedes acabar cogiendo manía. Aunque por otra parte, en el caso de sus secuaces, sí que puedes tener una cierta simpatía, ya que no dejan de ser una panda de cazurros perdedores con dinero. Pero el protagonista, paradigma del sueño forochero, era difícil no cogerle ojeriza.

Ahora bien, la película tiene puntos realmente buenos, como cierta escena en la que Di Caprio vuelve conduciendo del club de golf a su casa, o la mejor escena de la película, la respuesta a la pregunta "véndeme este bolígrafo", con una sencilla genialidad, de esas que dices "¿por qué no se me habrá ocurrido a mí?".
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