martes, 11 de febrero de 2014

Interraíl (XVI)

Antes del plan de estudios, Bolonia era conocida por esto.

Ya estábamos en Italia, aunque en el viaje de vuelta fue completamente de pasada, y la única pernocta que hicimos fue ferroviaria, con intentos de dormir y ratos de aburrimiento. Sobre todo en uno de los trayectos más cansados:

Trieste-Bolonia: "Otro tren al que subimos, con el culo hecho macedonia".

De este viaje recuerdo muy poco. Sí me acuerdo de que nos agenciamos para dos personas un compartimento de seis, aprovechando que el tren iba vacío, pero aunque no lo recuerdo, anotaciones en la libreta de a bordo me hace sospechar que nos cobraron algún tipo de supelemento, seguramente porque cogimos el Intercity (la otra opción sería hacer noche en la estación, cosa que no molaba).

De la ciudad de los huevos Kinder poco que contar, aparte de que nos llamó la atención una máquina expendedora de discos en la estación de tren. Pero es hora de seguir con el viaje.

Bolonia-Turín: "Nuestra breve incursión por Italia parece que se acerca a su fin". 

 Gracias al eficiente servicio de las ventanillas de información ferroviaria (desde la perspectiva, puede que fuera culpa nuestra) perdemos hasta tres trenes a Paris con el "en esta estación no es, es en la otra", y nos tiramos un par de horas haciendo el osanapio por Turín (ciudad a la que volvería 7 años después, aunque eso no lo sabía). Pero por fin cogemos el tren de París (no estaba previsto, fue una idea de última hora), y alguna fulla debimos de hacer con los billetes (algo de coger el TGV sin que lo cubriera el billete, vamos, lo de siempre), a juzgar por el título del siguiente tramo:

Turín-París: "Si el pica se pone tonto, la cosa se pone muy gris".

Si algo recuerdo de este trayecto es lo desconsideradas y maleducadas que pueden ser algunas personas, que no solo fuman donde les sale del orto, sino que se iban expresamente a la zona de no fumadores a fumar. Sí, no es que fumaran en todas partes, sino que se estaba mejor, con menos humo en no fumadores que en fumadores. ¡De locos!

Por suerte, mis amables gruñidos, mi semblante de haber dormido poco y mi barba de tres semanas, fueron argumento suficiente para que la gente dejara de fumar en la zona de "no fumen aquí, cenutrios".

Lo malo de coger el TGV es que tuvimos que pagar un recargo de 5 euros, Lo bueno, que en menos de 3 horas ya habíamos llegado a París. El viaje se iba acercando a su fin.
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