lunes, 9 de febrero de 2009

Memorias de un ex-demandante de empleo. [XIV]

Con mascotas así no me extraña que lo llamen lengua de Mordor

Siguiendo con la ristra de actividades profesionales o pseudoprofesionales que desempeñé, perpetré o cometí, está ésta, de índole académica, a la que me dediqué por un breve periodo de tiempo (aunque comparado con la duración media de los trabajos que relato aquí, casi podría decir que fue todo un mundo), ba neu:

Euskal irakaslea izan nintzen ere.

Que traducido a castellano significa que también fui profesor de euskera. De esto hace unos 4 años, cuando todavía malvivía en el despacho de Pedro, ya colegiado pero sin demasiado trabajo (quebraderos de cabeza todos los del mundo y más, pero lo que es dinero, entre poco y nada) y me llegó por medio de una conocida, que me comentó que un cliente suyo tenía una academia de idiomas, se le había caído la persona que tenía que dar unas clases de euskera, y que como le sonaba que yo tenía el EGA, tal vez pudiera interesarme.

La verdad es que yo nunca había dado clases de euskera (bueno, ni de nada, lo más parecido, enselar a jugar al mus a los compañeros de clase) pero no pagaban mal, así que todo era cosa de probar.

El trabajo consistía en lo siguiente: las clases se impartían a las administrativas de una empresa, dos señoras muy simpáticas, pero con una capacidad de aprender euskera similar a la de Carlos Iturgaiz, y tenía que ir un par de días a la semana, el horario creo que era de 14:30 a 15:30, a un polígono industrial que estaba en Basauri (en Ariz, para más señas). El horario no era muy bueno, pero coincidía que el dueño de la academia también daba una clase a esa hora, por lo que me llevaba y me traía. Lo malo es que era un poco estresante, salir del despacho a todo correr, ir a dar la clase, para volver, comer en casa a toda prisa y de nuevo al despacho. Pero me sacaba un dinerillo, que me hacía falta.

El trabajo en sí, no era muy complicado, ya que era nivel basiquísimo, elemental, y tan fácil como coger un libro, mandarles ejercicios y explicarles las cosas, que había que explicar un día tras otro, porque la capacidad humana de aprender es limitada, pero la de olvidar, es sorprendente. El jueves aún retenían algo de lo explicado el martes, pero el lunes... formateo y vuelta a empezar. (Pocas veces habré podido comprender tan bien a mis señores progenitores, profesores ellos)

Duró poco, ya que cuando acabó el contrato me ofrecieron renovar a la baja, y eso ya no salía tan a cuenta, dado que además quería meterme de lleno en la abogacía, y tanto estrés no era bueno. Pero como experiencia, la verdad, tuvo su gracia.
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