jueves, 19 de febrero de 2009

Viernes 13 (versión 2009)

Pero ni rastro de los argonautas.

La fórmula clásica, tripas y tetas, atractivas señoritas, drogas y un perturbado que mata todo lo que se mueve, enésima secuela de un clásico del género "teen horror", que llega casi 30 años después a las pantallas y la verdad, no aporta absolutamente nada al género.

Viernes 13 (2009) no es un remake, pero tampoco es exactamente una secuela, o sí lo es, pero sería más apropiado decir que es una reinvención de las secuelas. Da como válida la original, pero omite por completo todas las secuelas, con toda la parafernalia resurrectil (o resurrectal) del amigo Jason Voorhees (señor que mata porque sí, con una careta de hockey), y teóricamente adaptada a los nuevos tiempos. Jason es más moderno, mata por igual gente de todas las razas y condiciones sociales; el friki de la clase tiene un GPS, y hablan sin problemas de sexo, drogas y demás tabúes. La película redunda en lo explícito, y no tiene reparos en enseñar a las futuras víctimas del asesino en acttitudes que en una película de terror son mortales de necesidad.

Vamos a ver, por el amor de Dios, si vas a un sitio con asesino psicópata, no te pongas a fumar drogas y no te pongas a echar un polvo en el campamento donde hace años una señora asesinó a todos los campistas. Eso en una película de terror es como limpiar la escopeta a lenguetazos y sin poner el seguro.

La película es perfectamente prescindible, ya que no tiene ningún aliciente. Tiene su cierta gracia el giro que da a media película, cuando parece que va a ser una cosa (un truño) y resulta ser otra (otro truño distinto), y bueno, por destacar algo positivo, el final, en claro homenaje a la entrega original de Viernes 13.

Por lo demás, los personajes son todos y cada uno de ellos tan sumamente odiosos y estereotípicos, que la sensación que produce verles morir uno tras otro es nula, es tan emotivo como ver a alguien tirar bolas de papel a la papelera, y los medios de ejecución tampoco son cosa del otro mundo. La tensión abusa demasiado del sobresalto musical, que tiene al espectador más pendiente de "tachán" sonoro que del tontín de la careta, que pese a su omnipresencia y talento de matarife, no consigue intimidar demasiado. No es que en la vida real no me fuera a acojonar un señor de 2 metros con una máscara de hockey y un machete, pero como espectador, me dejaba frío.

Vamos, que ni para pasar el rato.

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