miércoles, 10 de marzo de 2010

Una historia "original".

El Caballero Negro

Érase una vez un mundo medieval, dominado por un malvado Imperio, regido por un malvado emperador, tan temido que la gente de bien se estremecía al escuchar su nombre. Este emperador se dedicaba a las artes oscuras, y acababa de invocar a un poderoso demonio, capaz de arrasar reinos enteros, y su secuaz era el no menos temido Caballero Negro. Alguien que podía matar a alguien con solo mirarlo.

Pero quedaban unos pocos héroes, llamados Forajidos, que se atrevían a enfrentarse al Imperio, entre ellos una audaz princesa que logró hacerse con un conjuro que podría expulsar al demonio del Emperador de este plano. Aunque fue capturada por el caballero negro, para que entregara el conjuro y desvelara dónde se escondían los Forajidos.

Ella se negó, aunque fue interrogada por el Caballero Negro, quien llegó a utilizar, como medida de presión, el demonio, para que arrasara ante los ojos de la asustada princesa su reino y todos sus seres queridos.

¿Pero dónde estaba el conjuro? Antes de ser capturada, la Princesa había conseguido escamotearlo y entregar el pergamino a su Mascota, dándole instrucciones para que llegara a donde el Mago. Él sabría qué hacer.

El Mago vivía en un país desértico, donde también residía el joven protagonista de la historia, un Campesino con sueños de ser algún día caballero o soldado. Este joven encuentra a la mascota de la princesa y decide llevar el mensaje al Mago. Éste le cuenta que antiguamente, antes del Imperio, había sido un caballero, al igual que el Caballero Negro, que era un renegado traidor. El Campesino sabía bien esto, pues su padre había sido asesinado por el mezquino Caballero Negro.

Cuando el Campesino regresó a su granja vio con horror que había sido arrasada y sus tíos, con los que vivía, asesinados. No le quedaba nadie en el mundo, salvo el mago, así que decidió acompañarlo en su peligrosa misión: deberían colarse en el castillo del Caballero Negro y rescatar a la Princesa.

Pero ese castillo estaban en una isla, y necesitaban un barco para llegar, así que fueron a la posada a buscar alguien que pudiera llevarles. Y allí estaba el Marinero, orgulloso y cínico, junto con su leal amigo, un Gigante, fuerte y leal pero mudo. El Marinero estaba deseoso de alejarse de ahí, pues debía una ingente cantidad de dinero al señor de los piratas, y accedió a llevarles a la isla. Y no sin suerte, pues gracias a que el barco del Marinero era el más rápido de los mares, pudieron burlar a los soldados del Emperador.

Tras pasar por varias aventuras menores, en un largo viaje en el que el Mago comenzó a instruir al Campesino, llegaron al castillo del emperador, donde se colaron. Robaron trajes de soldado y se colaron hasta las mazmorras, donde liberaron a la Princesa. Mas cuando estaban a punto de huir, fueron interceptados por el Caballero Negro, que retó a duelo al Mago. -¡Huid, insensatos!-gritó éste, para permitir a sus amigos que escaparan- Y con lágrimas en los ojos, el Campesino vio por última vez al Mago en el preciso instante en el que éste caía bajo la espada del Caballero Negro.

Nuevamente consiguieron escapar y llegar a la base de los Forajidos, escondida en un templo oculto en lo más profundo de la jungla. Allí, comandados por la Princesa, decidieron que era hora de plantar batalla al Imperio. Tal vez no podrían destruirlo de una vez, pero sí evitar que el horror que suponía su demonio siguiera arrasando reinos enteros. Pero se enfrentaban a un problema, pues nadie era capaz de descifrar el pergamino y formular el conjuro que expulsaría al Demonio.

¿Nadie? Estaban en un error, pues durante el viaje el Mago, habiendo visto un gran potencial en el Campesino, le había enseñado a formular el conjuro. Era difícil y peligroso, pero él sabía cómo hacerlo. Tenía que buscar su espalda, subir por su pierna y encontrar el único resquicio que había en su espalda de flamígera quitina.

La misión era suicida, y cada barco, cada espada, cada hombre y mujer, cada flecha, era imprescindible. La Princesa, líder de los Forajidos, lo sabía, e intentó convencer por todos los medios al Marinero para que se uniera a su causa. Apeló a su honor, a su bondad, a su misericordia... pero el Marinero era un hombre egoísta y no pensaba arriesgar su pellejo por algo que no iba con él. "No me la juego por nadie que no sea yo".

La batalla era desesperada. Las huestes del Imperio superaban en número. Soldados feroces y bien armados, montados en bestias y dragones, frente a los Forajidos, algunos de los cuales iban montados en grifos y pegasos, pero muchos iban a pie. Por fortuna, y dado lo peligros de su misión, el Campesino iba montado en un buen grifo, y le acompañaba la Mascota de la Princesa. Combatió valientemente, bien ayudado por sus amigos y compañeros, y finalmente llegó al Demonio.

Su mera presencia inspiraba terror, y derribaba Forajidos con terrible facilidad. Exudaba lava y la hierba se marchitaba a sus pies. No se veía capaz de hacer frente a ese horror. Pero recordó las enseñanzas del Mago, recordó a sus tíos muertos, la pena de la Princesa por haber visto su reino destruido, el odio que sentía por el Imperio y el Caballero Oscuro por haber asesinado a su padre, y se armó de valor.

Corrió hacia el Demonio y dirigió a su montura hacia su espalda. Pero el Demonio, aunque grande era ágil, y dándose la vuelta, agarró rápidamente al Campesino, que gritó de dolor, mientras con la otra mano golpeaba al grifo malhiriéndolo. El Caballero Oscuro reía al ver cómo el Demonio se llevaba al Campesino a la boca.

Pero de pronto algo descentró al Demonio. Era una enorme flecha de balista que se había clavado en su hombro, insuficiente para acabar con él, pues nada podía destruirlo, pero suficiente para distraerlo. ¿Quién había disparado? Era el Marinero, que en el último momento había cambiado de opinión y se había unido a los Forajidos.

Ese momento fue aprovechado por el Campesino para acercarse como pudo a la espalda del demonio, y usando sus últimas fuerzas lanzar el conjuro. Con una gran explosión el Demonio se desvaneció, y el Campesino perdió el conocimiento.

Cuando despertó ya estaba a salvo. Gracias al valor del Marinero habían conseguido escapar, y aunque muchos valientes habían caído en la batalla, el Demonio había sido expulsado, y el Imperio había sufrido un duro revés. La guerra solo acababa de empezar, pero se había encendido una nueva luz. Una Nueva Esperanza.


1. Todo parecido con cualquier película u obra literaria existente es mera coincidencia.
2. La frase anterior es manifiestamente falsa.
3. Me reservo la opción de escribir la secuela.
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