martes, 24 de diciembre de 2013

Me parece que vi un lindo gatito

El gato ninja.

La historia de ayer, que no sabemos si pudo acabar mal la protagoniza un gato negro, de nombre Arimán (dios persa de la destrucción), o como pienso llamarlo desde ayer: Schrödinger.

Los gatos, como todo el mundo sabe, tienen entre otras propiedades, además de ser unos perfectos autobuses de ácaros, la de esconderse y colarse por cualquier sitio, y más si son negros (no es racismo, es un hecho: a oscuras no hay quien vea un gato negro).

La cosa es que estábamos en la lonja e Isa se iba a llevar a su gato a Barcelona, y en un momento dado, se perdió de vista el gato. Al principio no se le dio importancia, ya aparecería, pero cuando pasaba el tiempo y no veía ni oía al gato, la cosa empezó a oler raro (metafóricamente), y comenzaron las labores de búsqueda.

Por la puerta sabíamos que no había salido, ya que estaba cerrada con llave, y cada vez que alguien entraba o salía, mirábamos bien que no hubiera gatos. De haber salido, tenía que ser por otro sitio. Y comenzó la tarea de buscar, rebuscar y requetebuscar: sin éxito.

Prácticamente descartada la hipótesis del agujero en la pared, la teoría que gana puntos es: "se ha metido debajo de la tarima, que hay hueco", así que comienzan todas las estrategias posibles; llamarlo, sobornarlo con comida, golpear la tarima, alejarnos todos menos la dueña... y del gato ni muestra. Además, por lo visto un gato generalmente ruidoso, y que ayer ni se le oía. Pintaba mal la cosa, la verdad.

Solo se nos ocurre una solución: levantar la tarima (por suerte una falsa tarima, que la casera nos dijo que podíamos quitar si no nos gustaba). La casera estaba de acuerdo, pero las leyes de la física decían otra cosa, y sin herramientas no había manera, así que a casa a por un martillo.

Las labores de quitado de tarima eran duras, y había que trabajar con lo que se tenía (briconsejo del día: por mala que sea la calidad de la madera, si la quieres cortar con un cortapizzas, que se puede, vas a necesitar mucha paciencia). Habría venido bien un gato de coche, pero no teníamos ninguno a mano, y no me pareció de buen gusto pedir una herramienta con ese nombre. Pero bueno, tras bastante esfuerzo, las tablas empezaron a salir. Y con ellas, el gato. Asustado pero sano y salvo.

Hubo final feliz.

Hubo final feliz, y ya liberada
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