Daniel Sánchez Arévalo y Javier Gutiérrez. Nada puede salir mal.
Una rondalla es (copio de la Wikipedia) "un conjunto musical conformado por instrumentos de cuerda que se tocan generalmente con el plectro y se conocen como instrumentos de cuerda pulsada. Tiene su origen en la España medieval, especialmente en la antigua Corona de Aragón: Aragón, Valencia y Cataluña, y también en la región de Murcia. La tradición pasó a la América española y a otros lugares como Filipinas". Yo no lo sabía, así que por eso lo pongo.
También es, como cabría esperar, el hilo conductor de la nueva obra de Daniel Sánchez Arévalo (director que me conquistó con la genial Primos). En ella, los habitantes de un pequeño pueblo gallego tienen que sobreponerse a la tragedia que hace dos años hundió un barco, matando a casi toda la tripulación, y los dos únicos supervivientes al accidente intentan rehacer no solo sus vidas, sino también devolver la ilusión al pueblo y volver a participar en el concurso de rondallas de la región.
Con mucho de película deportiva (a fin de cuentas, lo mismo es una secuencia de entrenamiento que una de ensayos), Sánchez Arévalo consigue de nuevo demostrar que es un grande cuando de hacer películas sensibles y entrañables, a la par que divertidas, se trata. Dibuja personables tremendamente queribles (el guardia rural al que da vida Tamar Novas es 100% abrazable) y consigue emocionar con la escena climática de la actuación final, que casi me saca la lagrimilla. Mucho folk, mucha música de gaita y mucha lluvia en un Sánchez Arévalo, que me hizo ir con grandes expectativas al cine y no me ha decepcionado.
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